ACTIVIDADES PRESENCIALES CADA 15 DÍAS

ACTIVIDADES PRESENCIALES Y PASES CADA 15 DÍAS - VER

19 noviembre 2022

ESPÍRITUS ERRANTES

 


 ESPÍRITUS EN ERRATICIDAD Y SÓCRATES

El Espíritu retorna al mundo espiritual después de la muerte del cuerpo físico. Después de pasar por las experiencias características del proceso de desligamiento entre el alma y el cuerpo, regresa al mundo espírita que preexiste y sobrevive a todo. (1)

 

Comienza entonces la etapa de reintegración a una nueva forma de vida en otro plano vibratorio. El periespíritu, desligado del cuerpo físico revela con más sutileza sus propiedades las que, bajo el gobierno del pensamiento y de la voluntad del Espíritu, le proporcionan las transformaciones necesarias para su adaptación en el plano espiritual.

 

Después de un período más o menos prolongado en las regiones espirituales, el Espíritu reinicia las experiencias reencarnatorias. En el intervalo de las reencarnaciones el alma recibe la denominación de Espíritu errante, que aspira a un nuevo destino, que espera. (2)

 

El intervalo entre las reencarnaciones es de duración variable: Desde algunas horas hasta algunos miles de siglos. En realidad, no hay un límite establecido para el estado de erraticidad, que puede prolongarse durante muchísimo tiempo, pero que no es perpetuo. Tarde o temprano el Espíritu tendrá que volver a una existencia apropiada que lo purifique de las máculas de sus existencias anteriores. (3)

 

La palabra errante utilizada por Kardec para designar el estado del Espíritu que aún necesita reencarnar, produce a veces muchas dudas. Por eso, es importante tener en cuenta que errante, del francés errant, significa en este contexto, lo mismo que en portugués: lo que vaga, lo que no está fijo. Ese estado de erraticidad cesa cuando el Espíritu llega a la situación de Perfección Moral y se torna Espíritu puro. Entonces ya no es más errante porque llegó a la perfección, que es su estado definitivo. (4)

 

De esa forma, los Espíritus que necesitan mejorarse – intelectual y moralmente – retornan innumerables veces a la experiencia reencarnatoria. En el lapso de tiempo comprendido entre una y otra reencarnación no quedan confinados en un determinado lugar en el plano espiritual, según el aprendizaje que necesiten realizar. En esa situación, reciben la denominación de Espíritus errantes. Aunque se encuentren en la categoría de errantes, los Espíritus tienen oportunidad de progresar. El estudio, los consejos de Espíritus superiores a ellos, la observación, las experiencias vivenciadas, entre otras cosas, les brindan los medios de mejorarse espiritualmente. (5)

 

Una situación diversa se presenta con los Espíritus evolucionados quienes, por no poseer mayores necesidades de reencarnar, según el grado de perfección que hayan logrado, permanecen vinculados a determinadas colonias espirituales. En esas regiones evolucionadas del plano espiritual, actúan como orientadores promoviendo el progreso de la humanidad terrestre.

 

La erraticidad

 

Hay Espíritus errantes de diferentes niveles evolutivos, y ellos constituyen la mayoría de los Espíritus desencarnados de nuestro Planeta. Son más o menos felices o desdichados según sus méritos. Sufren por efecto de las pasiones cuya esencia aún conservan, o son felices en consonancia con el grado de desmaterialización al que hayan llegado. En la erraticidad el Espíritu percibe lo que todavía le falta para ser más feliz, y, desde ese momento, procura los medios de obtener esa felicidad. Pero, no siempre le es permitido reencarnar según su agrado, y esto significa una punición para él. (6)

 

De esa manera, las situaciones de los Espíritus y su modo de ver las cosas, varían a lo infinito, en consonancia con los niveles de desarrollo moral e intelectual en que se encuentren. Generalmente, los Espíritus de orden elevado sólo se aproximan a la Tierra durante un breve tiempo. Todo lo que en ella se realiza es para ellos tan pobre comparado con las grandezas de lo infinito, tan pueriles son a sus ojos las cosas a las que los hombres dan mayor importancia, que casi ningún atractivo les ofrece nuestro mundo, salvo que los guíe el propósito de colaborar en el progreso de la Humanidad.

 

Los Espíritus de un orden intermedio son los que más frecuentemente bajan a este planeta, aunque estén en condiciones de considerar las cosas desde un punto de vista más elevado que cuando están encarnados.

 

Los Espíritus vulgares son los que constituyen la masa de la población invisible del globo terráqueo, y los que más se complacen en estar en él. Conservan casi las mismas ideas, los mismos gustos y las mismas inclinaciones que tenían cuando estaban revestidos por la envoltura corporal. Se inmiscuyen en las reuniones, negocios, diversiones, e intervienen en ellos en forma más o menos activa, según sus caracteres. Cuando no pueden satisfacer sus pasiones, gozan en la compañía de aquellos que se entregan a ellas, y los incitan a cultivarlas. Entre tanto, en medio de ellos, hay muchos Espíritus serios, que miran y observan para instruirse y perfeccionarse. (7)

 

Entre tanto, las ideas y, consecuentemente, los conocimientos de los Espíritus se modifican en la erraticidad. Efectivamente, sufren grandes modificaciones en la medida en que el Espíritu se desmaterializa. Algunas veces éste puede permanecer largo tiempo impregnado de las ideas que tenía en la Tierra, pero, poco a poco, la influencia de la materia disminuye, y ve las cosas con más claridad. Es entonces que procura los medios para mejorarse. (8)

 

Otro punto que merece destacarse es el que se refiere a la sobrevivencia de los animales después de la muerte del cuerpo físico. Los Espíritus Superiores nos esclarecen que el alma del animal queda en una especie de erraticidad, porque ya no se encuentra unida al cuerpo, pero no es un “Espíritu errante”. El Espíritu errante es un ser que piensa y que obra por libre voluntad. Los animales no disponen de esta facultad. La conciencia de sí mismo es lo que constituye el principal atributo del Espíritu. El de los animales después de la muerte, es clasificado por Espíritus que tienen a su cargo esa tarea, y los utilizan casi de inmediato. No se les da tiempo de entrar en relación con otras criaturas. (9)

 

Diferentes categorías de mundos habitados

De la enseñanza dada por los espíritus resulta que los diversos mundos están en condiciones muy diferentes los unos de los otros, en cuanto al grado de adelanto o de inferioridad de sus habitantes. Entre ellos los hay cuyos moradores son inferiores aún a los de la tierra, física o moralmente; otros están en el mismo grado y otros les son más o menos superiores en todos conceptos. En los mundos inferiores, la existencia es enteramente material, las pasiones imperan soberanamente, la vida moral es casi nula. A medida que ésta se desarrolla, la influencia de la materia disminuye, de tal modo, que en los mundos más adelantados, la vida, por decirlo así, es enteramente espiritual.

 

En los mundos intermediarios hay mezcla de bien y de mal, predominio del uno y del otro, según el grado de adelanto. Aun cuando no pueda hacerse una clasificación absoluta de los mundos, sin embargo, se hace atendido a su estado y a su destino y basándose en sus grados más marcados, dividiéndolos de un modo general como sigue, a saber: mundos primitivos, afectos a las primeras encarnaciones del alma humana; mundos de expiación y pruebas, en donde el mal domina; mundos regeneradores, en donde las almas que aun no tienen que expiar adquieren nueva fuerza, descansando de las fatigas de la lucha; mundos felices, en donde el bien sobrepuja al mal, y mundos celestes o divinos, morada de los espíritus purificados en donde el bien reina sin mezcla alguna. La tierra pertenece a la categoría de los mundos de expiación y de pruebas, y por esto el hombre está en ella sujeto a tantas miserias.

 

Los espíritus encarnados en un mundo no están sujetos a él indefinidamente, ni cumplen tampoco en él todas las fases progresivas que deben recorrer para llegar a la perfección. Cuando han alcanzado en un mundo el grado de adelanto que él permite, pasan a otro más avanzado, y así sucesivamente hasta que han llegado al estado de espíritus puros; estas son otras tantas estaciones, en cada una de las cuales encuen- tran elementos de progreso proporcionados a su adelanto. Para ellos es una recompensa el pasar a un mundo de orden más elevado, así como es un castigo el prolongar su permanencia en un mundo desgraciado, o el ser relegado a un mundo más desgraciado cuando se obstinan en el mal.

 

Diferentes estados del alma en la erraticidad

 

La casa del Padre es el universo; las diferentes moradas son los mundos que  circulan en el espacio infinito y ofrecen a los espíritus encarnados estancias apropiadas a su adelantamiento.

 

Independiente de la diversidad de mundos, estas palabras pueden también entenderse del estado feliz o desgraciado del espíritu en la erraticidad. Según esté más o menos purificado y desprendido de los lazos materiales, el centro en que se encuentra, el aspecto de las cosas, las sensaciones que experimenta, las percepciones que posee, varían hasta lo infinito; mientras que los unos no pueden alejarse de la esfera en que vivieron, los otros se elevan y recorren el espacio y los mundos; mientras que ciertos espíritus culpables van errantes en las tinieblas, los felices gozan de una claridad resplandeciente y del sublime espectáculo del infinito; en fin, mientras que el espíritu que insistió en comportamientos inadecuados consigo mismo y los demás es atormentado por los remordimientos, por los pesares, muchas veces solo, sin consuelo y separado de los objetos de su afecto, gime bajo el peso de los sufrimientos morales, el justo, reunido con los que ama, saborea las dulzuras de una indecible felicidad. También allí hay diferentes moradas, aun cuando no estén circunscritas ni localizadas.

 

Destino de la tierra. - Causas de las miserias humanas

Nos maravillamos de encontrar en la tierra tanta maldad y malas pasiones, tantas miserias y enfermedades de todas clases, y de esto sacamos en consecuencia que la especie humana es una triste cosa. Este juicio proviene del punto de vista limitado en que nos colocamos y que da una falsa idea del conjunto.

 

Es conveniente considerar que en la tierra no se ve toda la humanidad, sino una pequeña fracción de ella. En efecto, la especie humana comprende todos los seres dotados de razón que pueblan los innumerables mundos del universo; así, pues, ¿qué es la población de la tierra con respecto a la población total de estos mundos? Mucho menos que una aldea al lado de un grande imperio. La situación material y moral de la humanidad terrestre nada tiene de extraordinario si nos hacemos cargo del destino de la tierra y de la naturaleza de los que la habitan.

 

Nos formaríamos una idea muy falsa de los habitantes de una gran ciudad si los juzgásemos por la población de los barrios más ínfimos y sórdidos. En un hospital, sólo se ven enfermos y lisiados; en un presidio sólo se ven todos los vicios, todas las torpezas reunidas; en las comarcas insalubres la mayor parte de los habitantes están pálidos, enfermizos y achacosos. Pues bien, figurémonos que la tierra es un arrabal, una penitenciaría, un país malsano, porque es a la vez todo esto, y se comprenderá por qué las aflicciones sobrepujan a los goces; por qué no se llevan al hospital a los que tienen buena salud, ni a las casas de corrección a aquellos que no han hecho daño; pues ni los hospitales ni las casas de corrección son lugares de delicias. Pues así como en una ciudad, toda su población no está en los hospitales o en las cárceles, tampoco toda la humanidad está en la tierra; de la misma manera que uno sale de un hospital cuando está curado y de la cárcel cuando ha sufrido su condena, el hombre deja la tierra por mundos más felices, cuando está curado de sus dolencias morales. (10)

 

Mientras que tengamos nuestro cuerpo y el alma se encuentre sumergida en esta corrupción, nunca poseeremos el objeto de nuestros deseos: la verdad. En efecto, el cuerpo nos suscita mil obstáculos por la necesidad que tenemos de cuidarle; además, nos llena de deseos, de apetito, de temores, de mil quimeras y de mil tonterías, de manera que con él es imposible ser prudente ni un instante. Pero si es imposible conocer nada con pureza mientras el alma está unida al cuerpo, es necesario que suceda una de estas dos cosas: o que nunca jamás se conozca la verdad o que se conozca después de la muerte. Desembarazados de la locura del cuerpo, entonces conversaremos, es de esperar, como hombres igualmente libres, y conoceremos por nosotros mismos la esencia de las cosas. Por esto los verdaderos filósofos se preparan a morir, y la muerte no les parece espantosa.

 

El alma impura, en este estado, es arrastrada e impelida de nuevo hacia el mundo visible por el horror que tiene a lo invisible e inmaterial: entonces está errante, se dice, alrededor de los monumentos y de los sepulcros, cerca de los cuales se han visto a veces tan tenebrosas, como deben ser las imágenes de las almas que han dejado el cuerpo sin estar enteramente purificadas, y que conservan algo de la forma material, lo que hace que puedan verse. Estas no son las almas de los buenos, si la de los malos, que están obligadas a permanecer errantes en estos parajes, adonde llevan consigo la pena de su primera vida y en donde permanecen errantes hasta que los apetitos inherentes a la forma material que ellas se han dado, las conducen a un cuerpo, y entonces vuelven, sin duda, a tomar las mismas costumbres que durante su primera vida eran objeto de sus predilecciones.

 

No solamente se explica aquí el principio de la reencarnación con claridad, sino que está descrito, del mismo modo que lo demuestra el Espiritismo en las evocaciones, del estado de las almas que aun están bajo el imperio de la materia. Hay más, y es que dice que la reencarnación en un cuerpo material es consecuencia de la impureza del alma, mientras que las almas purificadas están dispensadas de hacerlo.

 

El Espiritismo no dice otra cosa; añade solamente que el alma que ha tomado buenas resoluciones en el estado errante, y que se halla en conocimientos adquiridos, tiene, al renacer, menos defectos, más virtudes y más ideas intuitivas que no tenía en su precedente existencia; y que de este modo, cada existencia implica para ella un progre so intelectual y moral. Después de la muerte, el genio (Daimón, demonio) que nos ha sido destinado durante nuestra vida, nos lleva a un paraje, en donde se reúnen todos aquellos que deben ser conducidos al Hades para ser juzgados. Las almas, después de haber permanecido en el Hades el tiempo necesario, vuelven a ser conducidas a esta vida "en numerosos y largos períodos.". Esta es la doctrina de los ángeles guardianes y espíritus protectores, y de las reencarnaciones sucesivas después de intervalos más o menos largos de erraticidad.(11)

 

 

BIBLIOGRAFÍA

 

1. KARDEC, Allan. El Libro de los Espíritus. Pregunta 85.

2. __________. Pregunta 224.

3. __________. Pregunta 224 a.

4. __________. Pregunta 226.

5. __________. Pregunta 227.

6. __________. Pregunta 231.

7. __________. Pregunta 317. Comentario.

8. __________. Pregunta 318.

9. __________. Pregunta 600.

10. KARDEC, Allan. Evangelio según el Espiritismo

11. KARDEC, Allan. Cielo e Infierno. 1ª parte, cap. II; 2ª parte, cap. I

 

 


12 noviembre 2022

ESPÍRITUS SUFRIENTES

  


SENSACIONES Y PERCEPCIONES DE LOS ESPÍRITUS


Todas las religiones y todas las filosofías nos han dejado ignorar aquello que los Espíritus vienen en tropel a enseñárnoslo. Nos dicen que las sensaciones que preceden y siguen a la muerte son infinitamente variadas y dependen sobre todo del carácter, de los méritos y de la elevación moral del Espíritu que abandona la Tierra. 


La separación es casi siempre lenta y el desprendimiento del alma se opera gradualmente. Empieza a veces mucho antes de que sobrevenga la muerte y no es completo hasta que las últimas ligaduras fluídicas que unen el cuerpo al periespíritu queden rotas. La impresión sentida por el alma es tanto más penosa y prolongada cuanto más fuertes y numerosas son estas ligaduras. Causa permanente de la sensación y de la vida, el alma experimenta todas las conmociones, todos los desgarramientos del cuerpo material.


Dolorosa y llena de angustias para unos, la muerte no es para otros más que un dulce sueño seguido de delicioso despertar. El desprendimiento es pronto, el pasaje fácil para el que se ha despegado con anticipación de las cosas de este mundo, que aspira a los bienes espirituales y ha llenado sus deberes. Hay, por el contrario, lucha y agonía prolongada, en el Espíritu apegado a la tierra, que sólo ha conocido los goces materiales y ha descuidado prepararse para la partida.


Sin embargo, en todos los casos, a la separación del alma y del cuerpo sigue siempre un tiempo de turbación, transcurriendo con rapidez para el Espíritu justo y bueno, que se despierta pronto a todos los esplendores de la vida celeste. 


Sin embargo, para las almas culpables, impregnadas de fluidos groseros es muy largo, hasta el punto de abarcar años enteros. Entre éstas, muchas creen vivir con la vida corporal largo tiempo aún después de la muerte. El periespíritu no es a sus ojos más que un segundo cuerpo carnal, sometido a los mismos hábitos, y a veces a las mismas sensaciones físicas que durante la vida.


Otros Espíritus de orden inferior, se creen sumergidos en una noche oscura, en un completo aislamiento en el seno de profundas tinieblas. La incertidumbre, el terror les oprimen. Los criminales están atormentados por la horrible e incesante visión de sus víctimas.


La hora de la separación es cruel para el Espíritu que sólo cree en la nada. Se agarra con desesperación a esta vida que se desvanece, la duda se apodera de él en tan supremo momento; ve un mundo formidable abrirse como un abismo y quisiera retardar el instante de su caída. De aquí nace una lucha terrible entre la materia que se desvanece y el alma que se empeña con furor en retener este cuerpo miserable. A veces queda como clavada a él hasta la descomposición completa y aun siente, según la expresión de un Espíritu, los gusanos roer su carne.


Apacible, resignada y hasta gozosa, es la muerte del justo, la partida del alma que habiendo luchado y padecido mucho aquí abajo, deja la Tierra confiando en el porvenir. Para ella, la muerte no es más que la libertad, el fin de las pruebas. Los débiles lazos que la unen a la materia se destacan nuevamente. 


Su turbación no es más que un ligero entorpecimiento semejante al sueño. Al dejar su morada corporal, el Espíritu depurado por el dolor y el sacrificio, ve su existencia pasada retroceder, alejarse poco a poco con sus amarguras y sus ilusiones, y disiparse luego como las brumas que se arrastran por el suelo al amanecer y se desvanecen ante el resplandor del día. El Espíritu se encuentra entonces suspenso entre dos sensaciones, la de las cosas materiales que se borran y la de la nueva vida que se delinea ante él. 


Esta vida, la entrevé ya como al través de un velo, llena de encanto misterioso, temida y deseada a la vez. La luz aumenta pronto, no ya esa luz astral que nos es conocida, sino una luz espiritual, radiante, difundida por todas partes. Progresivamente le inunda, le penetra, y con ella un sentimiento de felicidad, una mezcla de fuerza, de juventud, de serenidad. El Espíritu se sumerge en esa oleada reparadora. En ella se despoja de sus incertidumbres y de sus temores.


Luego su mirada se aparta de la Tierra y se eleva hacia las alturas. Vislumbra los cielos inmensos y otros seres queridos, los amigos de otro tiempo, más jóvenes, más vivos, más hermosos, que vienen a recibirle y a guiarle por el seno de los espacios. Emprende el vuelo con ellos y sube hasta las regiones etéreas que su grado de pureza le permite alcanzar. Allí cesa su turbación, nuevas facultades se despiertan en él y empieza su feliz destino.


La entrada en una vida nueva produce impresiones tan varias como la situación moral de los Espíritus. Aquellos, muy numerosos, cuya existencia ha transcurrido indecisa, sin faltas graves, ni méritos señalados, se encuentran al principio sumidos en un estado de estupor y de profundo abatimiento. Luego viene un choque a sacudir su ser. El Espíritu sale lentamente de su envoltura como una espada de la vaina. Recobra su libertad, pero tímido y vacilante, no se atreve aún a hacer uso de ella y permanece adherido por el temor y la costumbre a los sitios en que ha vivido. Continúa sufriendo y llorando con aquellos que han participado de su vida. El tiempo pasa para él sin que se dé cuenta. Pero finalmente otros Espíritus le asisten con sus consejos, le ayudan a disipar su turbación, a librarse de las últimas cadenas terrestres y a elevarse hacia centros menos oscuros.


En general, el desprendimiento del alma es menos penoso después de una larga enfermedad, teniendo esta por efecto desatar poco a poco las ligaduras carnales. 


Las muertes repentinas o violentas que sobrevienen cuando la vida orgánica está en su plenitud, producen en el alma un desgarramiento doloroso arrojándola en una prolongada turbación. Los suicidas son presa de sensaciones horribles. Experimentan durante años enteros las angustias de la última hora y reconocen con espanto que no han hecho más que cambiar sus padecimientos terrestres por otros más vivos aún. 


El conocimiento del porvenir espiritual y el estudio de las leyes que rigen la desencarnación, son de gran importancia para la preparación a la muerte. Pueden suavizar nuestros últimos instantes y facilitarnos el desprendimiento permitiendo que recobremos antes conocimiento de nosotros mismos en el mundo nuevo en que entramos.


CONSIDERACIONES DE ALLAN KARDEC SOBRE 

LAS SENSACIONES DE LOS ESPÍRITUS


En cierta forma, a través de numerosas observaciones, se tuvo que considerar a la sensación como un hecho. Después de estas consideraciones registradas por Allan Kardec en la Revista Espírita del mes de diciembre de 1858, el Codificador solicita una explicación al Espíritu San Luis sobre la penosa sensación de frío que un Espíritu dice que siente. Ese relato intrigó de tal forma a Kardec, que lo llevó a indagar a San Luis: Concebimos los sufrimientos morales como pesares, remordimientos, vergüenza, pero el calor y el frío, el dolor físico, no son efectos morales, ¿sentirán los Espíritus estas sensaciones?


El Espíritu entonces le respondió con otra pregunta: ¿Tu alma siente frío? No. Pero tiene conciencia de la sensación que actúa sobre el cuerpo. Reflexionando sobre estas informaciones, Kardec nos informa: De eso parece que hay que llegar a la conclusión de que ese Espíritu avaro no sentía frío real, sino un recuerdo de la sensación del frío que había soportado, y ese recuerdo que él considera como realidad, se torna un suplicio. Y el benefactor espiritual enfatiza: Es más o menos eso. Pero quede bien entendido que hay una diferencia, que comprendéis perfectamente, entre el dolor físico y el dolor moral. No hay que confundir el efecto con la causa.


Allan Kardec presenta con su peculiar lucidez el siguiente análisis de este tema, tan útil como necesario para la práctica mediúmnica. El cuerpo es el instrumento del dolor. Si bien es cierto no es su causa primera, sí es, por lo menos, su causa inmediata. El alma tiene la percepción del dolor; esa percepción es el efecto.


El recuerdo que el alma conserva del dolor puede ser muy penoso, pero no puede tener una acción física. De hecho, ni el frío ni el calor tienen capacidad para desorganizar los tejidos del alma, que carece de la facultad de congelarse o de quemarse. ¿No vemos todos los días que el recuerdo o la aprehensión de un mal físico produce el efecto de ese mal como si fuera real? ¿No vemos que hasta causan la muerte?


Todos saben que aquellos a quienes se les ha amputado un miembro suelen sentir dolor en el miembro que les falta. Es verdad que allí no está la sede del dolor, ni siquiera, su punto de partida. Lo que allí sucede es sólo que el cerebro guardó la impresión de ese dolor. Por lo tanto, es lícito admitir que suceda algo análogo en los sufrimientos del Espíritu después de la muerte. 


Un estudio profundizado del periespíritu, que desempeña tan importante rol en todos los fenómenos espíritas; en las apariciones vaporosas o tangibles; en el estado en que se encuentra el Espíritu producido por la muerte; en la idea tan frecuentemente manifestada de que aún está vivo; en las situaciones tan conmovedoras que nos revelan los suicidas, los que fueron víctimas de suplicios, los que se dejaron absorber por los gozos materiales, y tantos otros hechos innumerables, arrojan mucha claridad sobre esta cuestión y dan lugar a explicaciones que se facilitan en forma resumida.


Las sensaciones y percepciones que sienten y que relatan los Espíritus, se efectúan por intermedio del periespíritu, que es el principio de la vida orgánica, pero no el de la vida intelectual, que reside en el Espíritu. Es, además de eso, el agente de las sensaciones exteriores. En el cuerpo, esas sensaciones se localizan en los órganos, que les sirven de conductos. Destruido el cuerpo, las sensaciones se tornan generales. De ahí que el Espíritu no diga que le duele más la cabeza que los pies, o viceversa. Pero, no se deben confundir las sensaciones del periespíritu que se ha independizado, con las del cuerpo. A estas últimas sólo se pueden tomar a modo de comparación, no por analogía.


Liberado del cuerpo, el Espíritu puede sufrir, pero ese sufrimiento no es corporal, aunque tampoco es exclusivamente moral como el remordimiento, ya que se queja de frío y de calor. Tampoco sufre más en invierno que en verano: lo hemos visto atravesar llamas sin sentir ningún dolor. Por consiguiente, la temperatura no les causa ninguna impresión. El dolor que sienten no es un dolor físico propiamente dicho: es un vago sentimiento íntimo que el mismo Espíritu no siempre comprende bien, precisamente, porque el dolor no está localizado y porque no lo producen agentes exteriores; es más una reminiscencia que una realidad, reminiscencia sí, pero igualmente penosa.


Entre tanto, algunas veces, sucede más que eso, como se verá a continuación. Actualmente este tema es de fácil comprensión aún para el ciudadano común, debido al progreso alcanzado por las ciencias psíquicas en el siglo veinte y en el actual. Además, este hecho nos hace reflexionar sobre la increíble capacidad de análisis de Kardec pues, sin contar con los conocimientos que hoy tenemos, logró comprender este tema con nitidez.


Al continuar con las explicaciones, nos esclarece el Codificador: La experiencia nos enseña que como consecuencia de la muerte el periespíritu se desprende más o menos lentamente del cuerpo; que durante los primeros minutos después de la desencarnación el Espíritu no encuentra explicación a la situación en la que se halla. Cree que no está muerto porque se siente vivo; ve el cuerpo a un lado, sabe que le pertenece, pero no comprende que esté separado de él. Esa situación perdura mientras existe algún lazo de unión entre el cuerpo y el periespíritu. Nos dijo cierta vez un suicida: “No, no estoy muerto”. Y agregaba: “Entre tanto, siento que los gusanos me roen.”


 Indudablemente, los gusanos no le roían el periespíritu y menos aún el Espíritu, sólo le roían el cuerpo. Pero como la separación del cuerpo y del periespíritu no era completa, se producía una especie de repercusión moral que transmitía al Espíritu lo que estaba sucediendo en el cuerpo. Tal vez el término repercusión no sea el más apropiado porque puede inducir a la suposición de un efecto muy material. Era más bien la visión de lo que pasaba en el cuerpo, al cual el periespíritu aún se mantenía unido, lo que le causaba la ilusión que él tomaba como realidad. Así pues, en este caso no habría una reminiscencia, porque él en vida, no había sido roído por los gusanos: se trataba del sentimiento de un hecho actual.


Esto demuestra qué deducciones se pueden extraer de los hechos cuando se los observa con atención. Durante la vida, el cuerpo recibe impresiones exteriores y las transmite al Espíritu por intermedio del periespíritu que constituye, probablemente, lo que se llama fluido nervioso. Cuando el cuerpo está muerto, no siente nada más porque ya no están en él el Espíritu ni el periespíritu. Éste, desprendido del cuerpo, siente la sensación, pero como ya no le llega a través de un conducto limitado, esa sensación se torna general.


Ahora bien, como el periespíritu en realidad no es más que un simple agente transmisor, porque es en el Espíritu donde radica la conciencia, lógico será deducir, que si pudiera existir el periespíritu sin el Espíritu, aquel no sentiría nada, exactamente como ocurre con el cuerpo que murió. Del mismo modo, si el Espíritu no tuviera periespíritu sería inaccesible a toda clase de sensación dolorosa. Esto es lo que sucede con los Espíritus totalmente purificados. Sabemos que cuanto más se depuran, tanto más etérea se torna la esencia del periespíritu, de donde se llega a la conclusión de que la influencia material disminuye en la medida en que el Espíritu progresa, es decir, en la medida en que el propio periespíritu se torna menos grosero.


Cuando decimos que los Espíritus son inaccesibles a las impresiones de la materia que conocemos, nos referimos a Espíritus muy elevados cuya envoltura etérea no tiene analogía en este mundo. No sucede lo mismo con los de periespíritu más denso, los cuales perciben nuestros sonidos y olores, pero no a través de una parte limitada de sus individualidades, como les sucedía cuando estaban vivos.


Se puede decir que las vibraciones moleculares se hacen sentir en todo su ser, y de esa manera, les llega al “sensorium commune”, que es el propio Espíritu, pero de un modo diverso, y, tal vez, también, con una impresión diferente, que produce la modificación de la percepción. Ellos oyen el sonido de nuestra voz, pero nos comprenden solamente por la transmisión del pensamiento, sin el auxilio de la palabra. Para apoyar lo que decimos está el hecho de que esa comprensión es tanto más fácil cuanto más desmaterializado sea el Espíritu.


En lo que concierne a la vista, el Espíritu no depende de la luz como nosotros para ver. La facultad de ver es un atributo esencial del alma para la cual la oscuridad no existe. Con todo, esa facultad es más amplia, más penetrante, en las almas de mayor purificación. El alma o Espíritu tiene pues en sí misma la facultad de poseer todas las percepciones. Éstas se obstruyen en la vida corporal por la índole grosera de los órganos del cuerpo; en la vida extracorpórea se van amplificando en la medida en que la envoltura semi material se hace más sutil.

Considerando estas enseñanzas ¿qué viene a ser la idea de la muerte? Pierde todo carácter espantoso. La muerte no es ya más que una transformación necesaria y una renovación. En realidad, nada muere. La muerte no es más que aparente. Tan sólo cambia la forma exterior: el principio de la vida, el alma, permanece en su unidad permanente e indestructible. Más allá de la tumba se encuentra en la plenitud de sus facultades, con todas las adquisiciones, luces, virtudes, aspiraciones y potencias con que se ha enriquecido durante sus existencias terrenas. Estos son los bienes imperecederos de que habla el Evangelio, cuando nos dice: «Ni los gusanos ni las polillas los corroen, ni los ladrones los roban.» Son las únicas riquezas que podemos llevarnos y utilizar en la vida futura.


Entonces, podemos llegar a esta conclusión junto con Kardec: los Espíritus poseen todas las percepciones que tenían en el Tierra, pero en grado más elevado, porque sus facultades no están amortiguadas por la materia. Tienen sensaciones desconocidas para nosotros, ven y oyen cosas que nuestros sentidos limitados no nos permiten ver ni oír. Para ellos no hay oscuridad, a excepción de aquellos que, por punición, están temporariamente en tinieblas.





BIBLIOGRÁFIA

1. KARDEC, Allan. El Libro de los Espíritus. Pregunta 257. Comentario.

2. __________. Ibídem.

3. __________. Ibídem.

4. __________. Ibídem.

5. __________. Qué es el Espiritismo. Capítulo II: Nociones elementales de Espiritismo. Ítem 17: Sobre los Espíritus.

6. __________. Revista Espírita. Periódico de Estudios Psicológicos. Año 1858. Año I. diciembre de 1858. Nº 12. Ítem: Sensaciones de los Espíritus.

7. __________. Ibídem

8. DENIS, LEÓN. En lo invisible. Cap. 17.La última hora.

29 octubre 2022

REGRESO AL MUNDO ESPIRITUAL

 


 

En el instante de la muerte o desencarnación, el Espíritu regresa al mundo de los Espíritus que había dejado momentáneamente. (9)

 

La individualidad del desencarnado se mantiene gracias a su periespíritu que conserva los rasgos y apariencia característicos de sí mismo y aprende a relacionarse con otros desencarnados. (10)

 

La muerte es un fenómeno natural, por lo general la persona lo que se lleva es el recuerdo y el deseo de ir a un mundo mejor, recuerdo éste lleno de dulzura o de amargura, según cómo haya utilizado su vida. Cuanto más pura es el alma, mejor comprenderá la futilidad de lo que deja en la Tierra. (11)

 

1. Individualidad del Espíritu después de la desencarnación

Existen interpretaciones filosóficas y religiosas que defienden la hipótesis de que después de la desencarnación el Espíritu pierde su individualidad y se incorpora al todo universal, como así llaman algunos a Dios, y otros, al “Alma Universal”. El Espiritismo se manifiesta de esta manera respecto de este tema: ¿El conjunto de los Espíritus no forma un todo? ¿No constituye un mundo completo? Cuando estás en una asamblea, eres parte integrante de ella, no obstante, conservas siempre tu individualidad. (12)

 

Los que piensan que mediante la muerte el alma reingresa al todo universal, suponen, que a semejanza de la gota de agua que cae en el Océano, pierde su individualidad; tienen razón, si entienden como todo universal al conjunto de seres incorpóreos, conjunto del cual cada alma o Espíritu es un elemento. Si las almas se confundieran en una amalgama, sólo tendrían las cualidades del conjunto, no se distinguirían unas de otras. Carecerían de inteligencia y de cualidades personales, mientras que por el contrario, en todas las comunicaciones (mediúmnicas) demuestran tener conciencia de su yo y voluntad propia.

 

Si después de la muerte sólo existiera lo que se llama el gran Todo que absorbiera las individualidades, ese Todo sería uniforme, y, por lo tanto, las comunicaciones que se recibieran del mundo invisible serían idénticas. Pero, desde el momento en que nos encontramos en ese mundo invisible con seres buenos y malos, sabios e ignorantes, felices o desdichados; que los hay de todos los caracteres: alegres y tristes, frívolos y reflexivos, etc. es evidente que son seres diferentes.

 

La individualidad se torna más evidente aún, cuando esos seres prueban su identidad mediante demostraciones indiscutibles, con particularidades individuales respecto de sus vidas terrestres, que se pueden verificar. Tampoco se puede dudar cuando se presentan en forma visible en las apariciones. Se nos había enseñado teóricamente la individualidad del alma como un artículo de fe. El Espiritismo la torna evidente y, en cierto modo, material. (13)

 

2. Separación del alma del cuerpo en la desencarnación

En general, la separación del alma del cuerpo no es dolorosa. Casi siempre el cuerpo sufre más durante la vida que en el momento de la muerte; el alma no participa de ese momento. Los sufrimientos que se sienten algunas veces en el instante de la muerte son un gozo para el Espíritu, que ve llegar el término de su exilio. (14)

 

Es importante tener en cuenta, que como la muerte es un fenómeno biológico natural que se produce por el agotamiento general del sistema, el alma se libera del cuerpo. (15)

 

Por ser exclusivamente material, el cuerpo sufre las vicisitudes de la materia. Después de funcionar durante algún tiempo, se desorganiza y se descompone. Cuando el principio vital (que animaba los órganos del cuerpo), no encuentra más elemento para su actividad, se extingue, y el cuerpo muere. Éste, carente de vida, se torna inútil, y el Espíritu lo deja, como se deja una casa en ruinas o una ropa en desuso. (1)

 

El fenómeno de la desencarnación es lo opuesto al de la encarnación. Así, cuando el Espíritu tiene que encarnar en un cuerpo humano en vías de formación, un lazo fluídico, que no es más que una extensión de su periespíritu, lo une al germen que lo atrae irresistiblemente desde el momento de la concepción. Bajo la influencia del principio vital material del germen, el periespíritu, que posee ciertas propiedades de la materia, se une molécula a molécula al cuerpo que se está formando. De ese modo, se puede decir que el Espíritu, por intermedio de su periespíritu, se enraíza de alguna manera en ese germen, como una planta en la tierra.

 

Por efecto contrario, cuando el principio vital deja de actuar debido a la desorganización del cuerpo, cesa la unión del periespíritu con la materia carnal que se efectuara bajo la influencia del principio vital del germen. Antes esa unión era mantenida por una fuerza actuante, pero se deshace en cuanto esa fuerza deja de actuar. El periespíritu entonces se desprende, molécula a molécula, según se uniera, y el Espíritu recobra la libertad. De ese modo, no es la partida del Espíritu lo que causa la muerte del cuerpo, sino que ésta determina la partida del Espíritu. (2) De esa forma, durante la reencarnación, el Espíritu está unido al cuerpo mediante su envoltura semimaterial o periespíritu. La muerte es solamente la destrucción del cuerpo, no la de la envoltura que se separa del cuerpo cuando cesa en éste la vida orgánica. (16)

 

3. La desencarnación

3.1 – Separación del alma del cuerpo

Generalmente, la desencarnación no provoca sufrimiento al Espíritu que desencarna. El alma se desprende gradualmente, no se escapa como un pájaro cautivo al que se le restituye la libertad repentinamente. Aquellos dos estados (la vida y la muerte del cuerpo), se ponen en contacto y se confunden, de modo que el Espíritu se va liberando poco a poco de los lazos que lo retenían. Esos lazos se deshacen, no se rompen. (15)

 

La observación demuestra que en el instante de la muerte, el desprendimiento del periespíritu no se completa en forma repentina, sino que, por el contrario, se procesa en forma gradual y con lentitud variable, según los individuos. En unos es bastante rápida, con lo que se puede decir que el momento de la muerte es más o menos el momento de la liberación. En otros, sobre todo en aquellos cuya vida fue muy material y sensual, el desprendimiento es mucho más lento; a veces dura algunos días, semanas y hasta meses, lo que no implica que en el cuerpo haya el menor indicio de vitalidad ni la posibilidad de volver a vivir, sino que se trata de una simple afinidad con el Espíritu que siempre será proporcionada a la importancia que éste le diera a la materia durante la vida.

 

Efectivamente, es razonable concebir que cuanto más se haya identificado con la materia, tanto más penoso será para el Espíritu separarse de ella, mientras que la actividad intelectual y moral, los pensamientos elevados, producen un comienzo de desprendimiento, aún durante la vida del cuerpo, de modo que cuando llega el momento de la muerte, ese desprendimiento es casi instantáneo. (16)

 

Durante los estertores de la desencarnación o agonía algunas veces el alma ya ha dejado el cuerpo; no hay más que vida orgánica. El hombre ya no tiene conciencia de sí mismo. Entre tanto, aún le queda un soplo de vida orgánica. El cuerpo es una máquina que el corazón pone en movimiento, y esa vida existe mientras el corazón hace circular la sangre por las venas, para lo cual no necesita del alma. (17)

 

En los últimos instantes de la separación, muchas veces el alma siente que se deshacen los lazos que la retenían en el cuerpo. Entonces emplea todos sus esfuerzos para deshacerlos totalmente. Cuando ya está casi desprendida de la materia, el futuro se desdobla ante ella, y goza anticipadamente del estado de Espíritu. (18)

 

Vale la pena destacar que por lo general, el momento del último suspiro no es doloroso, porque, comúnmente, se produce en un estado de inconsciencia, pero el alma sufre antes de ese instante la desagregación de la materia durante los estertores de la agonía, y después, las angustias de la turbación. Apresurémonos a afirmar que ese estado no es general, porque la intensidad y duración del sufrimiento está directamente relacionada con la afinidad que exista entre el cuerpo y el periespíritu. (aumento endorfinas)

 

Así, cuanto mayor sea esa afinidad, tanto más penosos y prolongados serán los esfuerzos que realizará el alma para desprenderse. En algunas personas la cohesión es tan débil, que el desprendimiento se produce naturalmente; es como cuando un fruto maduro se separa del árbol, y es el caso de las muertes serenas y de pacífico despertar en el mundo espiritual. (3)

 

La causa principal de la mayor o menor facilidad con que se produce el desprendimiento es el estado del alma. La afinidad del cuerpo con el periespíritu está íntimamente relacionada con el apego a la materia, y alcanza su máxima expresión en el hombre cuyas preocupaciones están dirigidas exclusiva y únicamente a los gozos materiales de la vida. Por el contrario, en las almas puras que se identifican anticipadamente con la vida espiritual, el apego es casi nulo, ya que la lentitud del desprendimiento depende del grado de pureza o desmaterialización del alma. Solamente a nosotros nos compete tornar más fácil o penoso, agradable o doloroso ese desprendimiento. (4)

 

3.2 - Separación del alma del cuerpo por muerte natural

Cuando se trata de muerte natural, es decir, cuando ésta se produce como la resultante de la extinción de las energías vitales por causa de la vejez o de una enfermedad, el desprendimiento se realiza gradualmente. Para el hombre cuya alma se ha desmaterializado y cuyos pensamientos se apartaron de las cosas terrenas, el desprendimiento es casi completo antes de la muerte real, es decir, que mientras el cuerpo aún tiene vida orgánica, el Espíritu ya penetra en la vida espiritual unido solamente por un vínculo tan frágil, que se desliga con el último latido del corazón.

 

En esa contingencia, el Espíritu pudo haber recobrado su lucidez y haber sido testigo consciente de la extinción de la vida del cuerpo, y se siente feliz por haberlo dejado. Para ese ser, la turbación es casi nula, o no es más que un ligero sueño sereno del cual despierta con intraducible sensación de esperanza y ventura. En el hombre materializado y sensual que vivió más para el cuerpo que para el Espíritu; en aquel para el cual la vida espiritual no significa nada y ni siquiera pensó en ella alguna vez, los vínculos materiales se estrechan, y, cuando se aproxima la muerte, el desprendimiento, aunque también se procesa en forma gradual, le exige grandes esfuerzos. Las convulsiones de la agonía son indicios de la lucha que sostiene el Espíritu, que a veces procura deshacer ligamentos resistentes que lo retienen, y otras veces, se une al cuerpo del cual una fuerza irresistible lo expulsa con violencia, molécula a molécula. (5)

 

En esta situación, el hombre deja la vida sin percibirlo: es como una lámpara que se apaga por falta de combustible. (14)

 

 3.3. Separación del alma del cuerpo por muerte repentina

La muerte repentina puede o no estar asociada a un acto de violencia. Son muertes violentas: los homicidios, torturas, suicidios, desastres, calamidades naturales o provocadas por el hombre, etc. Esas muertes provocan en la persona que desencarna sufrimientos que varían a lo infinito. En la muerte violenta, las sensaciones no son las mismas. Ninguna desagregación inicial ha comenzado previamente la separación del periespíritu.

 

La vida orgánica, en toda la plenitud de su fuerza, es aniquilada en forma repentina. En esas condiciones, el desprendimiento sólo comienza después de la muerte y no se puede completar con rapidez. El Espíritu, tomado por sorpresa, queda confundido, y siente, piensa y cree que está vivo. Esta ilusión se prolonga hasta que comprende su nueva situación. Este estado intermedio entre la vida corporal y la espiritual es un período muy interesante para ser estudiado, porque presenta la singular situación de que un Espíritu considere que su cuerpo fluídico es material, y al mismo tiempo, siente todas las sensaciones de la vida orgánica. Además de eso, hay, dentro de ese caso, una serie infinita de modalidades que varían según los conocimientos y progresos morales del Espíritu.

 

 Para aquellos cuya alma está purificada, este estado dura poco tiempo porque ya poseen en sí una especie de desprendimiento anticipado cuyo término la muerte sorpresiva no hace más que apresurar. En otros, ese trance se prolonga durante años. Esta es una situación muy frecuente, aún en los casos de muerte común, que para los Espíritus adelantados no es penosa, pero que se torna horrorosa para los atrasados. En el suicida principalmente, excede a toda expectativa. Prisionero del cuerpo a través de todas sus fibras, el periespíritu transmite al alma las repercusiones de las sensaciones de aquel, con sufrimientos atroces. (6)

 

El estado del Espíritu en el momento de la muerte puede resumirse así: El sufrimiento es tanto mayor cuanto más lento sea el desprendimiento del periespíritu. La rapidez de ese desprendimiento depende del progreso moral del Espíritu. Para el Espíritu desmaterializado, de conciencia pura, la muerte es como un leve sueño, libre de agonía, cuyo despertar es muy suave. (7)

 

Para que cada uno se esfuerce por su purificación, combata las malas tendencias y domine las pasiones, es necesario que abdique de las ventajas inmediatas en pro del futuro, ya que, para identificarse con la vida espiritual y encaminar hacia ella todas las aspiraciones prefiriéndola a la vida terrena, no basta con creer, sino que también es necesario comprender.  

 

Hemos de considerar esa vida desde un punto de vista que satisfaga al mismo tiempo a la razón, a la lógica, al buen sentido y al concepto en que tengamos la grandeza, la bondad y la justicia de Dios. Teniendo en cuenta este punto de vista, el Espiritismo es, de todas las doctrinas filosóficas que conocemos, la que ejerce una influencia más poderosa por la fe inquebrantable que proporciona.

 

El espírita serio no se limita a creer, porque comprende, y comprende, porque razona. La vida futura es para él una realidad que se desarrolla incesantemente ante sus ojos, una realidad que palpa y ve, por así decir, a cada paso, de modo que la duda no puede llamar su atención ni albergarse en su alma. La vida corporal, tan limitada, queda disminuida ante la espiritual, que es la verdadera vida. ¿Qué le importa los incidentes de la jornada si comprende la causa y utilidad de las vicisitudes humanas cuando se las soporta con resignación? Su alma se eleva en sus relaciones con el mundo visible; los lazos fluídicos que lo vinculan a la materia se debilitan, y se va produciendo anticipadamente un desprendimiento parcial que le facilita el tránsito a la otra vida. La turbación que se produce como consecuencia de la transición perdura poco tiempo porque, al haber franqueado el límite, se reconoce enseguida sin que esto le cause sorpresa, y comprende su nueva situación. (8)

 Ver también en nuestro canal:

DESPUÉS DE LA MUERTE LA VIDA CONTINÚA - YouTube

CENTRO ESPIRITA ANA FRANCO BENIDORM: EDUCACIÓN PARA LA VIDA ANTE LA MUERTE

CENTRO ESPIRITA ANA FRANCO BENIDORM: LOS FAMILIARES QUE PARTIERON


ANEXO

APRENDIZAJE PARA LA MUERTE *

Preocupado por la supervivencia después de la sepultura preguntas, atemorizado, cómo se puede realizar el aprendizaje de un hombre para afrontar las sorpresas de la muerte. La indagación es curiosa y da realmente qué pensar. Con todo, créeme que, por el momento, no es muy fácil preparar técnicamente a un compañero ante esa peregrinación infalible. Los turistas que proceden de Asia o de Europa prepararon futuros viajeros con eficacia, porque no les faltaron los términos analógicos necesarios. Pero nosotros, los desencarnados, tropezamos con obstáculos casi insalvables.

 

En rigor de verdad, la Religión debería orientar las realizaciones del espíritu así como la Ciencia dirige todo lo que concierne a la vida material. Entre tanto, la Religión, hasta cierto punto, permanece sometida a la superficialidad del sacerdocio, sin alcanzar la profundidad del alma. Es importante tener en cuenta también, que tu consulta, en vez de ser enviada a los grandes teólogos de la Tierra que hoy habitan en la Espiritualidad, fue dirigida justamente a mí, pobre comunicador de noticias sin méritos para tratar semejante indagación. A pesar de que me encuentro nuevamente aquí desde hace casi veinte años, siento aún el asombro de un indígena que fuera traído repentinamente de la selva del Mato Grosso hacia alguna de nuestras Universidades, con la obligación de inscribirse, inopinadamente, en los más elevados estudios y en las más complicadas disciplinas. Debido a eso, no puedo dirigirme sino a mi propio punto de vista, con las deficiencias del salvaje sorprendido ante la corona de la Civilización.

 

Preliminarmente, admito que debo referirme a nuestros antiguos malos hábitos. La cristalización de ellos, aquí, es una plaga que influye cruelmente. Comienza a renovar tus costumbres por el plato de cada día. Disminuye gradualmente el placer de comer la carne de los animales. El cementerio en la barriga es un tormento después de la gran transición. El lomo de cerdo o el bife de ternera condimentados con sal y pimienta, no nos alejan mucho de nuestros antepasados los tamoios y los ciapós, que se devoraban unos a otros. Los estimulantes ingeridos en abundancia, son otra peligrosa obsesión. He visto a muchas almas de origen aparentemente primorosa dispuestas a cambiar el cielo por un aristocrático whisky o por la cachaça brasileña. Cuanto te sea posible, evita los abusos en el fumar. Infunde mucha pena la angustia de los desencarnados amantes de la nicotina.

No te rindas a la tentación de los narcóticos. Por aflictivas que te parezcan las crisis de la estadía en el cuerpo, soporta firme los golpes de la lucha. Las víctimas de la cocaína, de la morfina y de los barbitúricos se detienen largo tiempo en la celda oscura de la sed y de la inercia.

¿Y el sexo? Ten mucho cuidado en la preservación de tu equilibrio emotivo. Aquí tenemos mucha gente que lleva consigo el infierno con el rótulo de “amor”.

Si tienes algún dinero o algún bien terrestre, no postergues su donación en caso de que realmente estés dispuesto a hacerlo. Grandes hombres que admirábamos en el mundo por su habilidad y por su poder de concretar importantes negocios, en muchas ocasiones aparecen junto a nosotros como niños desesperados porque ya no pueden disponer más de sus chequeras. En el ámbito de la familia, ten cautela con los testamentos.

Las enfermedades fulminantes llegan en forma sorpresiva, y si tus papeles no estuvieran en orden, padecerás muchas humillaciones a través de tribunales y escribanías. Sobre todo, no te apegues demasiado a los lazos consanguíneos. Ama a tu esposa, a tus hijos y a tus parientes con moderación, teniendo la seguridad de que un día estarás ausente y que, por eso mismo, generalmente, actuarán en desacuerdo con tu voluntad, aunque respeten tu memoria.

No te olvides que en el actual nivel educativo terrestre, si bien es cierto que algunos de sus aprendices registran la presencia extra terrena, después de los funerales, los intimarán a descender a los infiernos, temiendo un regreso inoportuno. Si ya posees el tesoro de la fe religiosa, vive de acuerdo con los preceptos que abraces. Es muy grande la responsabilidad moral de aquel que ya conoce el camino y que no se equilibra dentro de él. Haz todo el bien que puedas sin preocuparte por satisfacer a todos.

Convéncete de que si no sientes simpatía por determinadas criaturas, hay mucha gente que te soporta con mucho esfuerzo. Por esa razón, en cualquier circunstancia, conserva tu noble sonrisa. Trabaja siempre, trabaja sin cesar. El trabajo es el mejor diluyente de nuestras angustias. Ayúdate mediante el leal cumplimiento de tus deberes. En cuanto a lo demás, no te agobies ni indagues en exceso, porque con más o menos tiempo, la muerte te ofrecerá su tarjeta de visita imponiéndote el conocimiento de aquello que por ahora, no te puedo decir.

 

* XAVIER, Francisco Cândido. Cartas e Crônicas. Por el Espíritu Irmão X. Capítulo 4.

 

REFERENCIA BIBLIOGRÁFICA

1. KARDEC, Allan. La Génesis. Capítulo XI. Ítem 13.

2. __________. Ítem 18.

3. __________. El Cielo y el Infierno. Segunda Parte. Capítulo I. Ítem 7.

4. __________. Ítem 8.

5. __________. Ítem 9.

6. __________. Ítem 12.

7. __________. Ítem 13.

8. __________. Ítem 14.

9. __________. El Libro de los Espíritus. Pregunta 149.

10. __________. Pregunta 150 a.

11. __________. Pregunta 150 b.

12. __________. Pregunta 151.

13. __________. Pregunta 152- Comentario.

14. __________. Pregunta 154 y Pregunta 154- Comentario.

15. __________. Pregunta 155 a.

16. __________. Pregunta 155 a- Comentario.

17. __________. Pregunta 156. 18. __________. Pregunta 157.

 

 


Reflexiones

Reflexión 18/5/19

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