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06 agosto 2022

AUSÓ Y MONZÓ



Manuel Ausó Monzó, (8 de diciembre de 1814, Alicante – 25 de enero de 1891, Alicante), fue un médico, catedrático de Historia Natural, homeópata, escritor, articulista, político, y por encima de todo un pionero y destacado defensor de la filosofía espírita.

 

El Médico

De inteligencia brillante y gran afición al estudio desde la niñez, pudo obtener una educación conforme a sus aspiraciones y aptitudes, gracias al esfuerzo de sus padres, a pesar de sus escasos recursos.

Estudió latinidad en el convento de San Francisco de Alicante, y filosofía en Santo Domingo de Orihuela. Estudio Medicina en Madrid, logrando doctorarse a los 29 años, cursando asignaturas en la Universidad de Valencia y habiendo hecho las prácticas en la de Barcelona.

Establecido en Alicante, no tardó en adquirir numerosa y escogida clientela.

 

El Homeópata

A los 37 años contrajo una larga y penosa enfermedad pulmonar, con grandes y frecuentes hemorragias. Alcanzando casi el umbral de la muerte llegó a estar desahuciado por la medicina alopática, y buscó en la medicina homeopática lo que no encontró en la medicina convencional logrando restablecerse. Según sus propias palabras «conseguí con la suavidad y dulzura de sus racionales tratamientos restablecer completamente mi estado normal».

Desde entonces se hizo ferviente partidario de la doctrina de Hahnemann, en cuya defensa sostuvo luminosas polémicas y escribió notables trabajos. Emprendió una campaña de difusión en revistas y periódicos sobre la capacidad curativa de este método.

Los debates con médicos alópatas fueron bastante importantes en la prensa de aquellos años. Concretamente, El Graduador y La Unión Democrática, se hicieron eco de la controversia establecida entre Ausó y el también médico Matías Doménech. Llegaría a publicar una obra recopilatoria sobre estos artículos en 1881. Sus dos primeros capítulos resultan muy esclarecedores sobre el pensamiento de Monzó, no sólo como homeópata sino como un hombre de su tiempo. 

Las continuas alusiones al progreso y a la ciencia «que rompe los lazos de las preocupaciones escolásticas que la aprisionan» y aparece como «regeneradora de la humanidad», a las «añejas instituciones, deterioradas y consumidas por el tiempo y por la podredumbre que entrañan», a los «intransigentes, ciegos y negros fanatismos, origen de tantos males, que han caracterizado en todos los tiempos a las religiones positivas» constituyen una muestra de la pervivencia de sus ideales revolucionarios a través del tiempo.

Otro caso de un médico espiritista, de esos grandes espiritistas pioneros que se cuentan con los dedos de una mano, que se inclina de lleno a la homeopatía, junto a Anastasio García López, y Bezerra de Menezes; coincidiendo con éstos la vertiente de médico, espírita, escritor, articulista y político.

La homeopatía aún tan denostada contiene soluciones, en las diluciones de las disoluciones, que todavía hoy no ha recibido el suficiente aval de la comunidad médica, a pesar de numerosos estudios experimentales de evidentes resultados (Publicados en el Journal of the French Academy of Sciences, en The Lancet, o en el British Medical Journal), todavía no se entiende la postura de rechazo de los críticos. 

Vivimos en una sociedad que acepta mayoritariamente los medicamentos alopáticos, que están reconocidos científicamente, que reciben grandes sumas de dinero para avalar su eficacia, a pesar de que muchos de ellos excedan lo permisible en cuanto a efectos secundarios, que tras ellos hay grandes industrias más preocupadas con los dividendos que con la curación, y esta misma sociedad, desde diversos ámbitos, hasta políticos y periodísticos, se precipita en  llamar de pseudociencia a esta alternativa de Samuel Hahnemann, no porque no funcione, simplemente porque no saben por qué funciona. Para ignorar el conjunto de datos experimentales que existen actualmente sobre los medicamentos homeopáticos y negar el cuerpo de la experiencia clínica de homeópatas y pacientes homeopáticos, uno tendría que ser virtualmente ciego. Seguro que esta ceguera es una aflicción temporal, que pronto se curará.

 

El Profesor

A los 30 años opositó a la Cátedra de Historia Natural en el Instituto de Segunda Enseñanza de Alicante, puesto que ejerció hasta su desencarnación, con 76 años, siendo modelo de profesores, y llegando al cargo de director de dicho Instituto.

Era profesor de las asignaturas de Historia Natural y de Fisiología e Higiene. Dirigió la organización del precioso gabinete de Historia Natural, donde había ejemplares de todas clases.

José Milego, en sus Apuntes Biográficos afirma que “explicaba de un modo sencillo y reposado, sin incurrir en trivialidades y poniendo la sana doctrina al alcance de todas las inteligencias”. Indica que entre los notables discípulos que tuvo se encontraban Castelar, Maisonnave, Esquerdo, o Gallostra.

 

Hombre social y político

Demócrata ferviente, durante muchos años ocupó los primeros lugares entre los republicanos históricos de su región.

Militó en las filas el Partido Republicano Federal, identificándose siempre con la tendencia que representaban Emilio Castelar y Eleuterio Maisonnave. En 1864 colaboró con este último en la creación del Círculo de Artesanos de Alicante, centro de reunión de los demócratas alicantinos y, al triunfar la revolución, fue vocal de la Junta Revolucionaria Provincial que presidía Tomás España y también vocal del Comité Republicano de Alicante, ostentando diversos cargos en el partido a lo largo del sexenio. Durante la Restauración siguió ligado al Partido Republicano Posibilista y fue miembro del Comité Democrático Posibilista en 1879.

Esta militancia política queda constatada tras el estallido de la septembrina, con su rúbrica en documentos tan importantes como La Declaración de Derechos de la Junta Revolucionaria de la Provincia de Alicante y la Autodisolución de la Junta Revolucionaria. Ya en la Restauración siguió manifestando su ideología republicana en el seno de la masonería. Concretamente en la logia Constante Alona, bajo el nombre simbólico de Hus, junto a otros prohombres del republicanismo alicantino, como Armando Alberola, Eleuterio Maisonnave, Primitivo Carreras o Rafael Sevilla entre otros.

En el ámbito de las actividades económicas fue socio fundador de la Caja Especial de Ahorros de Alicante (la futura CAM) y vocal de su Consejo de Administración, y socio de La Exploradora. Asimismo, fue miembro de las siguientes entidades de carácter económico: El Fomento (1878) y la Sociedad Económica de Amigos del País (1859), de la que fue presidente de su sección de ciencias en 1886.

En muchas áreas como son la espiritista, revolucionaria, republicana, política, económica, mejoras sociales y científico-culturales trabajó activamente junto con sus más que amigos, el referido Maisonnave, que fue ministro, y el Capitán de la Marina Mercante Ramón Lagier y Pomares, cabeza de la revolución del 68 y primero en leer e importar El Libro de los Espíritus.

Sus grandes conocimientos médicos y su valor cívico, le pusieron de relieve sobre todo durante las epidemias de 1854, 1865, 1870 y 1885.

 

El Espiritista

Manuel Ausó y Monzó escuchó hablar por primera vez de Espiritismo en 1871 a través de su hermano (ver más adelante el apartado "Cómo me hice espiritista"), cuando fue junto a su hijo también homeópata a pasar unos días de semana santa a la casa que el hermano tenía en Aspe. Después de hablarles mucho al respecto, y mostrarles los libros de Allan Kardec, les invitó a la casa de uno de sus amigos que llevaba a cabo sesiones de comunicación a través del trípode, y tras evocar a espíritus conocidos, no solo entrevió, como Kardec con las mesas giratorias, algo digno de estudio, más aún:

Desde aquel instante el hecho de la comuni­cación con los espíritus fue para mí indudable, y convencido de esta gran verdad me declaré espiritista. Mi conversión a esta nueva doc­trina debía estar preparada con mucha antelación, ya que tan fácil me fue recorrer con rápida y vertiginosa mirada sus vastos y lumi­nosos horizontes.

Aquellas experimentaciones le llevarían al estudio de las obras de Allan Kardec y a expresar sus impresiones a algunos de sus más íntimos amigos, en los cuales encontró la cooperación que deseaba, dando finalmente por resultado la fundación de un centro espiritista en Alicante, que al poco de su fundación contaría con más de 400 socios. Siguiendo este ejemplo se fundaron varios centros de estudio en la ciudad y en la provincia alicantina, pero antes de esa fecha había ya numerosos grupos.

 

Sociedad Alicantina de Estudios Psicológicos

En Abril de 1872 se fusionan los centros de la ciudad La Reunión AlicantinaEl Círculo EspiritistaLa Sociedad de Estudios EspiritistasLa Caridad, dos círculos privados y la Sociedad de Estudios Psicológicos logrando así llevar a cabo el pensamiento que hacía tiempo germinaba en varios de sus socios.  Se había constituido una potente asociación denominada Sociedad Alicantina de Estudios Psicológicos, que nombró a Manuel Ausó su presidente, y entre los vicepresidentes se encontraba el gran Ramón Lagier, el famoso marino y revolucionario. Según palabras del Vizconde Torres-Solanot llegó a ser aquella quizá la más importante y seguramente la más numerosa asociación espiritista que ha habido en España. Siendo destacable los más de mil socios el mismo día de su fundación.  Como reza la carta que enviaron al director de la Revista de Estudios Psicológicos, pretendían dar muerte a la hidra indiferentismo, cuyas tres cabezas son la ignorancia, la pereza y la maldad. Sin duda lo consiguieron, preocupando en grado sumo a los poderes eclesiásticos de la región, que veían vaciarse sus templos mientras se llenaban las diarias clases magistrales de la Sociedad Alicantina de Estudios Psicológicos. La mayor parte de los sermones era para condenar a los espiritistas, bajo amenazas de excomunión y herejía a aquellos que osasen leer La Revelación, que si a alguno de sus feligreses le llegaba algún número debían entregarlo directamente a la iglesia o destruirlo por sus propios medios.

 

Federación Espiritista Valenciana

El 26 de agosto de 1889 tras una reunión de 100 hermanos de diferentes localidades,  se constituye la Federación Espiritista Valenciana, que comprendía las provincias de Alicante, Valencia, Murcia, Albacete y Castellón de la Plana. Se acordó que su órgano oficial fuese La Revelación y su presidente efectivo Manuel Ausó y Monzó. Figuraban como presidentes honorarios: Amalia Domingo Soler, el Vizconde Torres-Solanot, Anastasio García López, José Amigó y Pellicer y Juan Chinchilla.

 

El Periodista y la Revelación

La Revelación era el órgano oficial de la Sociedad Alicantina nacida algunos meses antes de la fusión y que también dirigió Manuel Ausó y Monzó casi hasta su postrer momento, y en la cual se mostró el profundo pensador y el austero espiritista que era.

Colaboró periodísticamente también con otras revistas como El Criterio Espiritista.

La Revelación merece un artículo aparte, que subiremos a continuación de éste, y que incluirá la posibilidad de descarga de todos los números con los que contamos.

Óleo Manuel Ausó y Monzó
Manuel Ausó y Monzó con la luenga barba que lo caracterizaba en sus últimos años

 

Homenajes póstumos

Muchos coincidieron en resaltar su conducta moral y una honradez intachable, junto a sus virtudes cívicas, lo cual le harían merecedor del respeto de todo el mundo, sin distinción de credo político o religioso. Una prueba de ese respeto fue el comentario que realizo el diario liberal conservador La Patria, haciéndose eco de su muerte:

Ayer por la tarde a las tres y media se verificó el entierro del que fue en vida nuestro respetable amigo D. Manuel Ausó Monzó, director del Instituto provincial de segunda enseñanza y distinguido médico, muy querido por las excelentes prendas personales que le adornaban, en las clases todas de la sociedad. El acto público fue muy lucido, pues asistió numerosa y distinguida concurrencia, hasta la calle de Alfonso el Sabio, donde se despidió el duelo. La redacción de La Patria, se asocia al justo dolor de la distinguida familia del finado.

El Graduador, de Alicante, apareció con orla negra rindiendo el último tributo al amigo del alma, venerable maestro, sabio doctor, integérrimo patricio y consecuente demócrata.

Aún lo estamos viendo.­ Tal como vivió, llegó al postrer momento, y su patriarcal semblante no se puede borrar de nuestra imaginación. Ni una contracción de agonía dolorosa en su rostro, ni un estremecimiento convulsivo en su cuerpo, ni estertor horrible, ni dolores agudos. Envuelto en amplísima bata de abrigo, sentado en un sillón del despacho, la cabeza suavemente reclinada sobre almohada pequeña, la luenga barba blanca cubriéndole hasta la mitad del pecho, los ojos cerrados como de cuerpo dormido, el tenue resuelto precursor de un plácido descanso y después… ¡el postrer suspiro!

Relatando el entierro, escribía aquel colega:

Verdadera explosión de sentimiento, sincera manifestación de dolor, fue la de ayer tarde. Todo Alicante, sin distinción de jerarquías, ni rangos sociales, se vio representado en el imponente fúnebre cortejo, agrupándose alrededor del modesto féretro que, por disposición expresa del finado, sólo ostentaba una sencilla cruz de cinta morada sobre fondo negro.

Así ha sabido despedir el pueblo de Alicante al hijo ilustre que nos ha abandonado para siempre. El imponente acto de ayer tarde dice más, mucho más, que cuanto nosotros pudiéramos escribir, queriendo reflejar en nuestras frases el general sentimiento que ha causado en Alicante la muerte del Dr. D. Manuel Ausó.

El Globo correspondiente al 29 de Enero, le dedicó largo y sentido suelto necrológico, haciendo resaltar las bellísimas prendas del venerable anciano que, a los ojos de los alicantinos, pobres y ricos, reaccionarios y demócratas, era un amadísimo patriarca. En el número del 12 de Febrero publicó su retrato y biografía, que terminaba con esta frase:

Si hay santos de la Humanidad, sin duda que D. Manuel Ausó y Monzó ha sido uno de ellos.

Encontramos referencias similares en diversas publicaciones de lo más variopintas en su género y procedencia, como El Magisterio Español, de Madrid, un periódico de instrucción pública que venía a ser el órgano oficial de los establecimientos de enseñanza.

Actualmente el doctor Ausó y Monzó tiene una calle dedicada en el barrio de Princesa Mercedes de Alicante.

 

Homenajes Espíritas

Durante muchos años, los últimos días de enero, varias sociedades espíritas españolas llevaban a cabo algún acto de homenaje a Manuel Ausó y Monzó. Hoy, entre los espíritas españoles, es simplemente un nombre que suena, en el mejor de los casos. Me temo Manuel que aunque hayan transcurrido más de 100 años aún no hemos podido dar muerte a la hidra indiferentismo, cuyas tres cabezas son la ignorancia, la pereza y la maldad, a tal punto que en estos días una u otra abunda entre los propios espíritas, encontrándose singulares casos en los que se reúnen las tres juntas.


Recapitulando:

  • Participó activamente de un sueño revolucionario que puso en jaque en este país a los que durante siglos lo oprimieron, y aunque el mate de las injusticias aún no ha visto la luz, llegará, sí, llegará, pero aún no, porque aún nos encontramos en la ignorancia, la pereza y la maldad.
  • Fundó la Sociedad Espiritista más numerosa que nunca haya visto este país, convirtiéndola en una cátedra diaria de ciencia y conocimiento.
  • Curó a Amalia Domingo Soler, con esa medicina todavía denostada, pero también aquí nos mostró un camino que los hombres podremos recorrer cuando salgamos de la ignorancia, la pereza y la maldad. Fue el primero en admitir los ensayos literarios de Amalia Domingo Soler en la prensa espiritista.
  • Escribió auténticos ríos de tinta propagando las nuevas ideas, enfrentándose dialécticamente contra el fanatismo, con singular sabiduría y nobleza.
  • Puso en riesgo su vida como pocos, ante cuatro epidemias, con ese valor que solo se encuentra entre los que no temen a la muerte, porque a ciencia cierta saben que ésta no existe.

Al contemplar vidas y biografías como ésta, sentimientos de regocijo, admiración y gratitud se entremezclan en el espírita con la esperanza de que un día volverán, si es que no se encuentran ya entre nosotros, y si así fuera por sus obras, tarde o temprano, los reconoceremos.

Salvador Martín

Copyright cursoespirita.com

Bibliografía

Rico García, Ensayo biográfico, t. II.

Ausó y Monzó, M.: La Homeopatía. Colección de artículos publicados en el periódico El Graduador, en contestación a los que D. Ricardo Fajarnés y D. Matías Doménech insertaron en los diarios El Eco de la provincia y La Unión Democrática, imprenta de José Marcili, Alicante, 1881.

Milego, J.M. y Galdo López, A.: Alicantinos Ilustres. Apuntes Biográficos, Imprenta de El Graduador, Alicante, 1907.

Almanaque del Espiritismo para 1873

La Irradiación, 1893

La Revelación, 1872-1903

Cómo me hice espiritista (por Ausó y Monzó)


Si yo hubiese aceptado como buena e indiscutible la educa­ción religiosa que recibí de los autores de mis días, único alimento que se dio a mi espíritu para su adelanto, y a su vez el fanatismo de aquellos tiempos, tan feroz como intransigente, hubiera sentado sus reales en el santuario de mi con­ciencia, ahogando en sus primeros albores la noble y constante aspi­ración al progreso que sentía bullir incesantemente en el fondo de mi alma, yo hubiera sido, como tantos otros de mi época y de mis años, un católico, apostólico, romano, cortado a la usanza de los tiem­pos que corren y siempre refractario a toda idea grande y regene­radora; y sentados estos precedentes yo no hubiera sido jamás es­piritista.

Pero contra los deseos y las voluntades ajenas, nuestro es­píritu, libre como el aire y la luz, se encuentra ligado a las condi­ciones esenciales que le caracterizan, incomprensibles si se quiere, pero que le ayudan a levantarse potente por sus propios esfuerzos, para salirse fuera de la norma trazada por la voluntad y el capricho de los hombres, impulsándole a marchar impávido por el camino que su propia intuición le señala, para realizar más tarde cuanto le sea necesario a la consecución del fin providencial porque vino a la tierra.

Y si así no fuese. ¿Cómo se explicaría esa inclinación irresis­tible, esa fuerza superior a la voluntad, que siente latir en lo más profundo de su ser y que le obliga a ver las cuestiones más trascen­dentales y de comprensión más difícil, de un modo distinto, y con­trario a veces, de cómo se quieren imponer y grabar en el entendi­miento? Problema es este de solución difícil para las diferentes es­cuelas filosóficas, pero que el espiritismo aclara y resuelve fácilmente, poniéndolo al alcance de cuantos quieran examinar con recto a im­parcial criterio sus obras fundamentales y las doctrinas y las ense­ñanzas de los espíritus. Ni la educación religiosa que se recibe desde los primeros años de la vida en el seno de la familia, ni los conocimientos científicos que suelen adquirirse en las escuelas oficiales, son ni pueden ser en todos los casos, los factores que han de constituir el carácter moral é in­telectual del individuo.

O el espíritu acepta de buen grado y sin previo examen la edu­cación que recibe, o la rechaza con energía después de serio y dete­nido estudio. En el primer caso es como el ciego del Evangelio, que se deja guiar por otro ciego para precipitarse los dos en el hoyo. En el segundo, es el libre pensador que busca la verdad, y aprovechán­dose de su luz purísima admira extasiado la obra grandiosa y sublime de la Creación. El primero huye de Dios y de sus obras, que mira con desdén. El segundo le busca por todas partes, le sale al encuentro por todos los caminos, procura comprenderle en lo que le es posible y le alaba y glorifica contemplando sus encantadoras ma­ravillas.

Ansiando alcanzar mayores y más positivos progresos, viene el es­píritu a la vida material acompañado de intuiciones, más o menos claras, que han de servirle de guía en todo aquello que se propone realizar en esa nueva etapa de su eterna existencia, y en la que, si consigue curarse de los defectos e imperfecciones que entorpecieron su marcha en anteriores encarnaciones y al mismo tiempo borrar, me­diante el trabajo, la meditación y el estudio, los grandes errores que ofuscaron su entendimiento y le hicieron caminar por desconocidos y tortuosos senderos, habrá dado un gran paso en el camino de su adelanto y se habrá aproximado a Dios. En el caso contrario, que­dará estacionado, y después de perder todo el tiempo de una vida material, le pasará lo que al estudiante que perdió el curso y ha de empezarle de nuevo forzosamente. Volverá, pues, a la erraticidad, donde, por medios que nos son desconocidos, se preparará y fortale­cerá con voluntad y decisión más firmes, para encarnar de nuevo, con intuiciones más claras, en el mismo mundo o en otros acomoda­dos a las necesidades que reclame su situación, y conseguir, por medio del trabajo y la práctica del bien, su necesario e indispensable perfeccionamiento.

He aquí explicado, en breves palabras, el porqué yo he venido rechazando desde las primeras alboradas de mi inteligencia todo aque­llo que no se armonizaba con mi razón ni con el fin providencial que me trajo a este mundo, y porque también, sin grandes esfuerzos, he abandonado aquellas absurdas enseñanzas y aceptado con fe y en­tusiasmo la doctrina espiritista. Y caminando siempre en dirección de hacia la verdad en todos los órdenes de ideas, he militado sucesivamente y siguiendo siempre los impulsos de mi corazón, en las filas más avan­zadas de todo racional progreso, habiendo sido en política antiguo progresista primero, demócrata después y hoy republicano histórico. En medicina, después de conseguir los grados de licenciado y Doctor, principié mi práctica sin fe en las doctrinas que me enseñaron mis maestros, en las que no veía la luz que mi espíritu ansiaba, y cuan­do a consecuencia de un padecimiento crónico del pecho, con grandes y frecuentes hemorragias pulmonares, llegué hasta los umbrales de la muerte; desahuciado y sin esperanza alguna de recuperar mi salud, busqué en la medicina homeopática los consuelos que la alopatía me había negado, y conseguí con la suavidad y dulzura de sus racionales tratamientos restablecer completamente mi estado normal.

Esto pasaba el año 1851 y desde aquella época, y cada vez con más entusiasmo y fe, he seguido ejerciendo la medicina homeopática, consolando y aliviando a la humanidad en sus dolencias, así en tiem­pos normales como en las varias y horrorosas epidemias, tanto del cólera morbo como de la fiebre amarilla, que diezmaron varias veces esta desgraciada población, mi país natal, y que tan tristes recuerdos dejaron grabados en la memoria de sus habitantes.

En religión he sido siempre racionalista, y por esta causa acepté el Espiritismo en cuanto tuve la más ligera noción de esta doctrina, que está en perfecta armonía con las divinas enseñanzas de Jesús; que tantos consuelos dan incesantemente al peregrino de la tierra, y cuyos fulgores, si iluminaran como fuera debido la conciencia de los pueblos, mejorarían las condiciones de la humanidad y regene­rarían completamente el mundo.

El año 1871, acompañado de uno de mis hijos, medico homeó­pata también, nos trasladamos a la inmediata villa de Aspe, donde mi hermano mayor tenía su residencia, con objeto de pasar en su compañía los últimos días de la semana santa. Mi hermano, que ya no está en este mundo, era también libre pensador, conocía muy bien la Biblia y defendía, cuando la ocasión se presentaba, con muy buen criterio y abundancia de datos bíblicos, la doctrina de Jesús, contra las absurdas enseñanzas de los hombres. Le pasaba lo que a mí; nin­gún vestigio guardaba en su alma de la educación religiosa que, como yo, había recibido en el hogar doméstico, ni nada tampoco de aquellas absurdas y ridículas doctrinas que había recibido de los frailes. Él había tenido, antes que yo, la dicha de conocer el Espi­ritismo, y al vernos en su casa sin previo aviso y en días de reco­gimiento para la generalidad de las gentes, creyó que aquella visita tan inesperada tenía otro objeto, y que éste era el averiguar lo que respecto del Espiritismo había de verdad, recelando por qué extraño conducto podía haber llegado este asunto a nuestra noticia. Mas, al ver nuestro silencio y nuestra indiferencia para todo lo que se re­lacionaba con esta idea que tanto llamaba su atención, se vio en la necesidad de declararse, refiriéndonos toda la historia de su rápida y firme conversión al Espiritismo. Nos enseñó El Libro de los EspíritusEl Libro de los MédiumsEl Evangelio según el Espiritismo, obras de Allan Kardec fundamentales de la nueva doctrina y a cuyo estudio se hallaba entonces dedicado. Y después de hablarnos mucho sobre este particular, que ya nos iba atrayendo y preocupando también, para que no nos quedase género alguno de duda, nos acompañó a casa de uno de sus amigos, donde había una médium y se recibían comunicaciones por medio del trípode. Nuestra sorpresa y nuestro asombro fueron tan grandes, como grande era y trascendental el asunto que lo motivaba. Yo evoqué sucesivamente a los espíritus de mi madre y mis hermanos, recibiendo de ellos saludables consejos y consoladoras frases; y desde aquel instante el hecho de la comuni­cación con los espíritus fue para mí indudable, y convencido de esta gran verdad me declaré espiritista. Mi conversión a esta nueva doc­trina debía estar preparada con mucha antelación, ya que tan fácil me fue recorrer con rápida y vertiginosa mirada sus vastos y lumi­nosos horizontes.

¿Quién había de esperar ni de creer que de un pequeño pueblo de la provincia había yo de traer a la capital, grabada ya en el fondo de mi alma, la idea espiritista para propagarla y defenderla? Así es que, en cuanto volví a Alicante encargué libros y al poco tiempo y dada publicidad a la idea, se crearon centros que funcionaron con orden y regularidad, se desarrollaron médiums y más tarde veía la luz un periódico, La Revelación, propagador y defensor de las nuevas ideas, y de cuya publicación, aunque inmerecidamente, fui luego y continúo siendo director.

Los que aceptan y propagan ideas basadas en un error, el más funesto y trascendental de todos los errores, y en los asuntos de la más alta importancia para el bienestar presente y futuro de la humani­dad, la dirigen con los ojos vendados, adormecida y esclavizada la inteligencia, por tortuosos senderos que han de conducirla más tarde al abismo de su perdición, se hacen reos de lesa conciencia y faltan a sus más sagrados deberes, aprisionándola con su torpe conducta en las redes de la superstición y del fanatismo y saturando su alma de los errores más funestos. ¿Por qué en vez de esto no enseñan la luz radiante de la verdad que brilla inextinguible en las páginas del Evangelio, en ese libro tres veces santo, cuyas cristalinas aguas re­generarían el mundo si se ofrecieran en su nativa pureza como sa­ludable bebida al sediento peregrino de la tierra? ¡Oh! Si esa doctrina bienhechora, única que ha brotado de los divinos labios de Jesús, la hubieran enseñado en todos tiempos los que tienen el deber ine­ludible de extenderla y propagarla por el mundo, otra sería la suerte de la generación actual, que no puede verse libre de la funesta le­vadura que tiene contaminada su sangre y que ha menester siglos y esfuerzos sobrehumanos para verla completamente regenerada. Sien­do esta la causa de mayor influencia y el más grande obstáculo que se opone hoy al triunfo rápido y definitivo del Espiritismo.

¡Ley santa del progreso, yo te saludo con la más dulce emoción de mi alma y te bendigo con júbilo! Tú te reflejas en todos los ac­tos de nuestra vida, inundas de vivísima luz nuestra alma y con tus claridades purísimas, estereotipas en lo más recóndito de nuestro ser tus divinos y sacrosantos preceptos. Tú, con la magia poderosa de la verdad que difundes, levantas del cieno de la superstición y del fanatismo a cuantos en ti se inspiran, destruyendo en brevísimos instantes cuanto el trabajo de una educación sin fundamento y de una enseñanza hipócrita levantaran en el transcurso del tiempo. Tú regeneras el mundo y las generaciones que pasaron, cegadas por el sol de tu justicia, huyen todavía despavoridas y avergonzadas, para ocultar en los abismos insondables del no ser, su torpe conducta, sus punibles veleidades, sus grandes vicios, sus funestos errores y su asquerosa hipocresía, para dar paso a la luz que brilla, como nuevo y esplendoroso sol, en las doradas páginas del Espiritismo.

Me manifiesta usted, señor Director, en apreciada carta, que mi firma hace falta en el Álbum biográfico espiritista que viene publi­cando la ilustrada revista que usted tan dignamente dirige y en la cual reputados escritores, con galana frase, elevados conceptos y correcto estilo, siguen embelleciendo con general aplauso y gran contenta­miento sus interesantes páginas. Y como una sola palabra de usted la entiendo como si fuese un mandato y son, por otro lado, tan grandes el cariño y la amistad que le profeso, no he titubeado un sólo ins­tante en dar satisfacción a sus deseos, en la medida de mis fuerzas y en lo que ha permitido el tiempo de que actualmente puedo dis­poner, sintiendo que la escasez de mis luces, mi   insuficiencia y mi pobre palabra, no me hayan permitido decir más y mejor de cómo he venido al campo del Espiritismo. Pero si así y todo he consegui­do llevar mi grano de arena al suntuoso edificio que se levanta, para bien del mundo, en el vasto océano de la conciencia universal, y del cual es usted uno de sus más valiosos y esclarecidos obreros, yo que­daré recompensado de este pequeño e insignificante trabajo y com­pletísimamente satisfecho.

Manuel Ausó Monzó

Alicante, Enero de 1884

ESPÍRITAS ILUSTRES

 ALVERICO PERÓN




Enrique Pastor y Bedoya, economista, político, escritor y filósofo espiritista español utilizó el seudónimo de Alverico Perón en sus obras espíritas.

Nació en Madrid el 29 de diciembre de 1883, en una familia acomodada. Hijo de Luis María Pastor Cox, economista y Ministro de Hacienda en el Gobierno del General Lersundi, en 1853.

Enrique estudió Economía y Trabajo como funcionario público en el Ministerio de Hacienda.

En 1858 conoció el Espiritismo, dedicándose a la lectura de todo lo que había escrito hasta ese momento. En este temprano conocimiento del Espiritismo intervino su padre, quien en un viaje a los Estados Unidos supo del movimiento del Nuevo Espiritualismo, en auge en aquel país desde 1848, después de los fenómenos protagonizados por las hermanas Fox, y que había iniciado estos estudios en Cádiz en 1852, frecuentado también las reuniones que, con este motivo y fines experimentales, se celebraban en Cádiz desde 1854. A partir de dicha época, su principal ocupación fue el estudio y propaganda de la Doctrina Espiritista.

En 1861, en el periódico madrileño La Razón, publicó “Carta de un espírita a Don Francisco de Paula Canalejas” donde incluía un folleto de “¿Qué es el Espiritismo?” de Allan Kardec, y que fue el primer trabajo en salir a la luz pública sobre esta materia. En 1865 se hace una edición en la imprenta de Manuel Galiano en Madrid y en 1868 El Criterio Espírita, la publicó en los números I  y II, correspondientes a Noviembre y Diciembre.

Alverico Perón fundó la Sociedad Espírita Española en 1865 y de la que fue su primer presidente. En 1871 se unió a la Sociedad Progreso Espírita de Zaragoza, ya que la mayoría de los socios activos se trasladaron a la capital Española, instalando la sociedad nueva en la Calle Cervantes.

En Enero de 1868 fundó en Madrid la revista El Criterio, con el subtítulo “Revista Quincenal Científica” porque al principio la censura prohibía cualquier alusión al espiritismo, pero más adelante inaugura una nueva era de libertades públicas en España, y en el número XVII de la publicación anuncia el cese de la revista para dar salida al “El Criterio Espírita”. En Noviembre de ese año sale el primer número como órgano de la Sociedad Espírita Española, siendo más tarde Centro General del Espiritismo en España, fundado en 1873 por el Vizconde Torres-Solanot.

En los años 1867 y 1868, Alverico  Perón mantuvo el movimiento espírita a pesar de la guerra, ayudado por el pintor Ángel Alonso Martínez, el General Juan Montero Gabuti, y de otras muchas personas.

Gracias a él, se fundaron en Madrid muchos círculos privados con grandes resultados de la magnetización y gracias a su hermano Manuel, que fue uno de los grandes médiums escribientes de la Sociedad Espírita Española.

Viajó varias veces a París a dar conferencias con Allan Kardec, quien le consideraba uno de sus más inteligentes discípulos.

En Londres trabajó como Comisario de Hacienda de España, y mantuvo una estrecha relación con Daniel Douglas Home, un gran médium y espírita inglés.

Realizó labores de corresponsal de diferentes periódicos de Madrid, entre ellos “La Correspondencia de España”, “El Día” donde firmaba con el pseudónimo “B. de Oya”.

Tradujo libros al español, del francés Xavier Montepin ,“Resumen de la Filosofía Espírita” de Allan Kardec, del italiano “Manual del Magnetizador práctico” de Regazzoni.

En 1857 y 1858 dirigió La Tribuna de los Economistas y la Revista de Estudios Psicológicos (Barcelona), después de José María Fernández Colavida y el Vizconde de Torres de Solanot.

Escribió las siguientes obras espíritas:

  • “El Infinito Estudio Espírita”,
  • “La Fórmula de Espiritismo”, “Miscelánea Espiritista”,
  • “El Espiritismo al alcance de todos” y
  • “La Dote de Margarita”.

También escribió temática no espírita: “Un libro más”, “La Democracia Monárquica”, “Sarasale”, “Una broma pesada de Miguel de Cervantes Saavedra: Anécdota Histórica”.

Fue un incansable defensor de la filosofía espírita, su lema siempre fue la ley del amor y del deber.

Enrique Pastor y Bedoya, desencarnó en 1897, no se sabe bien si en Madrid o Huesca.

Alverico Perón junto a José María Fernández Colavida, son dos figuras muy importantes a la hora de estudiar los primeros pasos del espiritismo en nuestro país. 

05 agosto 2022

ESPIRITAS PIONEROS


CAPITAN LAGIER





 






Forma parte el capitán Lagier de esa pléyade de personajes hoy en día desconocidos que alcanzaron fama en su tiempo para dormir luego el sueño del olvido pero mereciendo que su trayectoria se recuerde y perpetúe en obras como la presente, más teniendo en cuenta las labores humanitarias que desempeñó, unas veces por propia iniciativa y otras por encargo de otros, inmerso en una vida plena de aventuras y desgracias propias de cualquier novela.

Quien esto escribe también lo incluyó en su serie de personalidades alicantinas que injustamente pasaron al anonimato y que fuera publicada desde hace más de tres décadas en los domingos del diario 'Información'. Precisamente fue Ramón Lagier el que iniciara esta colección el 29 de octubre de 1978.

Ya entonces descubrí la fecha exacta de su nacimiento pues, al existir una carencia grande de bibliografía, ciñéndonos fundamentalmente al libro del erudito ilicitano Pedro Ibarra Ruiz titulado 'Ramón Lagier. Apuntes para ilustrar la biografía del bravo capitán del Buenaventura', figuraban datos contradictorios tanto en el día como en el año. Se da la circunstancia de que él mismo, en artículo publicado en 'La Irradiación' en 1894 manifiesta tener setenta y cinco años; y en carta dirigida al director del periódico 'La Justicia' un año después, afirma "yo vine a este mundo el año 20".

También ha habido textos en los que se ha considerado a este personaje originario de Elche, ciudad con la que sí estuvo muy vinculado, cayendo en este error el mismísimo Benito Pérez Galdós cuando lo hace protagonista destacado en unos de sus Episodios Nacionales, tema del que hablaremos más adelante.

En fin, consultada la partida de bautismo en el Archivo Parroquial de la alicantina concatedral de San Nicolás de Bari, podemos certificar que "a la 1,30 de la madrugada del 12 de marzo de 1821 fue alumbrado un niño que, al recibir las aguas del bautismo de manos del cura Miguel Lugar, tomó los nombres de Ramón Eulogio Bonaventura, siendo sus apellidos Lagier Pomares Calpena Sánchez". Curiosamente sería el barco 'Buenaventura' quien más fama le daría en su vida como marino.


Vino al mundo en el número cuatro de la calle de la Princesa, rotulada desde 1910 como de Rafael Altamira, justo entre las actuales Rambla de Méndez Núñez y calle de Alberola Romero. En la fachada de su casa lució tiempo una placa que recordaba tal circunstancia; casualmente, en esa misma finca nacería dos décadas después el abogado y ministro de la I República Eleuterio Maisonnave con quien mantuvo Lagier relación personal y política, teniendo ambos un apellido de origen francés. Era su padre, llamado igualmente Ramón, un acaudalado comerciante capitalino educado en Inglaterra, y su madre, de nombre Teresa, hija de acomodados labradores de la partida ilicitana de Valverde.

Cuando solamente contaba dos años de edad, concluía en España ese fugaz respiro progresista que se llamó el Trienio Liberal y los huesos de su padre, Ramón Lagier Calpena fueron a parar a los calabozos del castillo de San Fernando con otros muchos enemigos del absolutismo de Fernando VII. Aquello se convirtió en la primera dura vivencia de nuestro personaje que iba allí a visitarlo y con el tiempo abrazaría los mismos ideales de su progenitor que consiguió fugarse de su prisión, huir en una embarcación holandesa que naufragaría y sin embargo sobrevivir exiliado en Londres.

Tal circunstancia obligó poco después a su madre a marchar con su familia a Elche donde pasó la infancia. Enamorado de ese mar por el que había conseguido su padre la libertad, cursó estudios de Náutica en Alicante y con sólo catorce años embarcó en el pailebote 'San José' que se vino a pique en la Nochebuena de 1836. Dos años más tarde consiguió el título de tercer piloto y en los albores de 1840, sin haber cumplido aún los 19 años, ya capitaneó su primer barco, el laúd de nombre 'La Esperanza' al que siguieron otros que le fueron granjeando fama de hábil y capacitado navegante.

En 1854 sufrió Alicante una de sus terribles epidemias de cólera, tristemente famosa ésta por diezmar a la población, muriendo hasta el propio gobernador civil Trino González de Quijano cuya labor humanitaria alcanzó una repercusión nacional, erigiéndosele un monumental panteón que hoy perdura, como es bien sabido, junto a la plaza de toros. En 47 días de agosto y septiembre fallecieron 1.864 personas sobre una población de 10.000, parte de la cual había huido al campo. Una de aquellas víctimas sería la mujer de Lagier el cual también perdió a sus suegros, cuñados y sobrinos.

Como pasara buena parte de su vida embarcado, tuvo que hacerse cargo de sus cuatro hijos. Dolorosamente impactado por la viudedad y la desaparición de toda su familia política, marchó a Roma. Allí recibió la noticia de su nombramiento como capitán del 'Hamburgo', el primer vapor mercante con el que contó España y con el que sufriera un grave percance al abordar, a la salida de Southhampton, a una fragata holandesa que quedó partida en dos y de la que salvó milagrosamente la vida toda la tripulación. Ello ocurriría también en otra Nochebuena, la de 1856.

Convertido en uno de los más reputados marinos mercantes de España, lo contrató la potente compañía de Antonio López y López, marqués de Comillas, que le permitió realizar trayectos entre Alicante y Marsella, ciudad ésta en la que pasaba tres días libres lo que le animó a trasladar allí a sus cuatro hijos para poder estar el mayor tiempo posible con ellos. Quedaron al cuidado de Emmanuel Olivieri, consignatario de la naviera antes citada en aquel puerto francés, hombre célibe de reconocida honorabilidad vinculado a la Compañía de Jesús y banquero de todas las instituciones religiosas marsellesas.


Su valor ilimitado unido a su talante generoso y heroico, hicieron posible el que en 1859 el gobierno francés le concediera, por sus actos de salvamento y servicios a la humanidad, una medalla de plata con la efigie del emperador Napoleón III y la siguiente dedicatoria: "A Raymond Lagier, capitán de navío español de Alicante. Servicios a la marina mercante francesa 1859". En el diploma que se le acompañaba se hacía constar que la concesión se hacía por el socorro prestado al navío francés 'Victor Henriette' el 4 de diciembre de ese precitado año.

Con posterioridad también se le recompensaría por los actos de heroísmo y abnegación mostrados en el salvamento de la tripulación y viajeros del bergantín 'Salvador' y el vapor 'Marsella', siendo igualmente distinguido por el rey Guillermo I de Prusia

Pero volvamos a la vida cotidiana del capitán Lagier que aún se vería sacudida por terribles acontecimientos del que fueron dolorosas víctimas tres de sus descendientes. En efecto, su hijo Vicente fallecería a los doce años en la buhardilla de 'le petit seminaire' jesuita de Marsella, en extrañas circunstancias, sin médico que quisiera certificar las causas de la defunción y con evidencias claras de haber sido sodomizado. De otro lado, sus dos hijas, Teresa y Esperanza, cayeron víctimas de los abusos sexuales de Olivieri que, haciendo pública gala de virtudes cristianas, escondía un carácter depravado y libidinoso que descargó sobre las chicas que sufrieron tal trauma que las llevó a la tumba. Ello ocurriría en 1861 y estas horribles circunstancias generaron en Ramón Lagier un lógico y profundo anticlericalismo, sobre todo contra los jesuitas.

El escándalo propiciado por estos hechos tuvo su repercusión en toda Europa; pero finalmente las influencias del todopoderoso Olivieri y de la propia Compañía de Jesús, hicieron que no se declarase ningún culpable de pederastia o violación y que se llegara a tildar a Lagier de loco y a sus hijas de llevar una vida licenciosa, perdiendo en los pleitos muchísimo dinero en abogados y sufriendo campañas de desprestigio.

Tal desesperación le llevaba a deambular sin rumbo fijo por Marsella en busca de "un socorro que no venía" hasta que un día observó en el escaparate de una librería de la calle Saint Ferreol una obra que se acababa de recibir y cuyo título le llamó la atención: 'El libro de los Espíritus' del que era su autor Allan Kardec. Su lectura le embelesó de tal manera que el espiritismo fue su tabla de salvación que le hizo, a través de su práctica, mantener su fe en Dios y "la comunicación con sus queridos parientes". Llegó a decir: "El espiritimo es el derrotero más seguro para llegar al puerto de salvación en el viaje de esta vida, rodeada de escollos y tormentas que nadie ha experimentado más que este humilde".


Volvió Lagier en 1863 a capitanear un barco, en esta ocasión un vapor llamado 'Le Monarch' (El Monarca) con el que, paradójicamente, iniciaría sus intrigas antimonárquicas. En sus bodegas escondía a revolucionarios y traía las obras espiritistas de Kardec, que luego difundía por Barcelona discretamente, al estar prohibidas.

Fue ganando tal fama en los ambientes progresistas que Emilio Castelar, más adelante presidente de la I República, le solicitó ayuda económica al haberle impuesto el Gobierno de Isabel II un total de 47 sanciones por un artículo titulado 'El Rasgo' que atacaba una actitud de la reina y que había publicado en su periódico 'La Democracia' en abril de 1865, costándole además la pérdida de su cátedra de Historia de España en la Universidad Central, lo que desencadenó una revuelta estudiantil. Castelar, muy vinculado con Elda, llamó a Lagier "paisano mío, antiguo amigo de mi casa".

Abortada por O´Donnell la insurrección de 1866 comandada por Prim, Pierrard y Contreras, escribió Lagier al primero de ellos, exiliado en Londres, ofreciéndole su viejo vapor para lo que dispusiera. El conde de Reus le contestó diciéndole textualmente "es usted mi hombre". Desde entonces mantendrían una férrea amistad.

Enseguida le encomendó el general Prim una valiosa misión, la de salvar al comandante Benito Ferré, condenado a muerte y oculto en el campo de Tarragona, cumpliendo su tarea con eficaz presteza.

Pero 'El Monarca' era ya una embarcación vetusta y lenta que pudo cambiar Lagier, tras convencer a los armadores Butler, por otro barco de mayores prestaciones, el 'Buenaventura', anteriormente llamado 'Harrier' y protagonista, como buque de guerra, de la revolución garibaldina. Con él marchó rumbo al puerto canario de La Orotava para liberar al deportado general Serrano que trasladó hasta Cádiz justo el mismo 18 de septiembre de 1868, cuando Prim se acababa de levantar en armas. Triunfante la 'Revolución Gloriosa' que llevó a la reina Isabel II camino de un exilio definitivo, se dirigió Lagier a Lisboa para recoger a doce militares adictos así como a Madeira para rescatar también audazmente a ciento once oficiales deportados en aquella isla.

Como ya apuntamos anteriormente, las hazañas de Lagier figuran descritas por Galdós en 'La de los tristes destinos', último de los Episodios Nacionales de la cuarta serie, tras 'Prim', donde narra las vicisitudes de la Revolución de 1868. Ese año publicó en Marsella su libro autobiográfico 'Algún miedo tuve' donde también incluye reflexiones políticas y filosóficas, llegando su fama a tal nivel, que le obligó a viajar por diferentes capitales como Madrid, Barcelona o Sevilla para impartir conferencias.

La enorme amistad con Prim le hizo hasta desistir de criticarle la determinación de aquél encaminada a darle una salida monárquica al conflicto de España, trayendo de Italia a Amadeo de Saboya como nuevo rey. Lagier quería por encima de todo la solución republicana. Siendo Juan Prim y Prats jefe del Gobierno, mandó en 1870 a Lagier a Nueva York para pactar con el líder independentista cubano Carlos Manuel de Céspedes, proclamado presidente de la República en Armas, y en funciones de mediador gubernamental, una solución pacífica al conflicto secesionista de la isla caribeña. Se iban a llevar las negociaciones con tal secreto que fue con nombre falso y esperando enlaces en la ciudad norteamericana. Cuando llegó a ella, se enteró del asesinato de Prim, nadie se puso en contacto con él, se costeó la estancia y tuvo que volver a España.


Ya en Alicante rehusó los cargos y honores que se le ofrecían aunque fue en 1872 teniente de alcalde de su Ayuntamiento y, según su propia confesión, fugaz alcalde de la ciudad antes de proclamarse la I República, aunque esta circunstancia no consta en documento alguno, tal vez por ejercerlo de manera accidental.



A pesar de su comprobada animadversión hacia los jesuitas, se presentó como candidato del Comité Democrático a diputado a Cortes por Orihuela, "la ciudad más levítica de España", según dijera, y cuyo colegio de Santo Domingo estaba regentado por la Compañía de Jesús. Salió elegido por un amplio margen de votos pero Sagasta invalidó aquellas elecciones por lo que Lagier se desengañó definitivamente de la política, marchó con su segunda mujer, médium y espiritista ilustrada de la que tuvo un hijo, a su finca de Valverde, en el campo de Elche, rodeado de la naturaleza. Entonces llegó a escribir, parafraseando a Dumas: "En el campo está Dios y en el mar se conoce".

A pesar de su vida retirada y tranquila, siguió participando en actos del Partido Republicano Progresista que fundara en 1880 Ruiz Zorrilla, presidió la Unión Labradora ilicitana y colaboró en asociaciones espiritistas alicantinas.


En 1894 se instaló definitivamente en el casco urbano de Elche donde murió el jueves 28 de octubre de 1897. Su entierro constituyó una impresionante manifestación de duelo, pronunciando sentidas glosas a su figura los destacados republicanos locales José López Campello y Joaquín Santo Boix, así como Rafael Sevila Linares, director del diario alicantino 'La Unión Democrática' en el cual escribiera a menudo el finado.

'El Heraldo de Madrid', entre otros periódicos nacionales, publicó una laudatoria semblanza de Lagier al que llamó "honrado demócrata" y cuya azarosa vida estuvo caracterizada por una limpia entrega a ideales nobles basados en el servicio al prójimo, salvando múltiples vidas en la mar y trabajando en tierra por todo aquello que supusiera bienestar y progreso para la humanidad.

El 27 de agosto de 1904 decidió el Ayuntamiento de Elche rotular con el nombre de Capitán Lagier la entonces llamada calle del Mesón de Tadea. El 24 de mayo de 1956 el consistorio cambió el nombre por el de Pío XII, recuperándose de nuevo para el callejero la denominación de Lagier en democracia.

Por su parte en Alicante se llamó Capitán Lagier a la calle actualmente rotulada como de Monforte del Cid en el barrio de Carolinas. La decisión, tomada tras la guerra civil, no se ha hecho cambiar hasta la actualidad del nomenclátor capitalino.


Federación Espírita Española (Biografías)

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