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01 julio 2022

IDEOPLASTÍAS

 


Como se expresa en la Genesis en el capítulo XIV:

Los fluidos espirituales, que constituyen uno de los estados del fluido cósmico universal, son, pues, la atmósfera de los seres espirituales; son el elemento de donde ellos extraen los materiales sobre los cuales operan; el medio en el que ocurren los fenómenos especiales, perceptibles por la vista y el oído del Espíritu, pero que escapan a los sentidos carnales impresionables sólo por la materia tangible; por último, son el vehículo del pensamiento, del mismo modo que el aire es el vehículo del sonido.

  

Los Espíritus actúan sobre los fluidos espirituales, pero no como los hombres manipulan los gases, sino con la ayuda del pensamiento y la voluntad. Para los Espíritus, el pensamiento y la voluntad son lo que la mano para el hombre. Mediante el pensa- miento, ellos imprimen a esos fluidos tal o cual dirección, los aglo- meran, los combinan o dispersan, y forman con ellos conjuntos que presentan una apariencia, una forma, un color determinados; modifican sus propiedades igual que un químico transforma las de los gases o las de otros cuerpos, al combinarlos según ciertas leyes.

 

Se trata del inmenso taller o laboratorio de la vida espiritual. En algunos casos, esas transformaciones son el resultado de una intención; la mayoría de las veces, son el producto de un pensamiento inconsciente. Basta con que un Espíritu piense en una cosa para que esta se produzca.

 

De ese modo, por ejemplo, un Espíritu se hace visible a un encarnado dotado de vista espiritual, con la apariencia que tenía cuando estaba vivo en la época en que este último lo conoció, aun cuando haya tenido, con posterioridad a esa época, muchas encarnaciones. 


Se presenta con la vestimenta, los rasgos externos, enfermedades, cicatrices, miembros amputados, etc., que lo caracterizaban entonces. Así, un decapitado se presentará sin cabeza. Esto no significa que haya conservado esa apariencia; por cierto que no, porque como Espíritu no es cojo, ni manco, ni tuerto, ni está decapitado; pero sucede que, como su pensamiento se traslada a la época en que era así, su periespíritu adopta instantáneamente esa apariencia, que de igual modo deja instantáneamente. Entonces, si una vez fue negro y otra blanco, se presentará como negro o como blanco, de conformidad con la encarnación que se corresponda con la evocación, y a la cual se trasladará su pensamiento.

 

 Por un efecto análogo, el pensamiento del Espíritu crea fluí- dicamente los objetos que él estaba habituado a utilizar. Un avaro manipulará oro, un militar mostrará sus armas y su uniforme, un fumador su pipa, un labriego su arado y sus bueyes, una anciana su rueca. Esos objetos fluídicos son tan reales para el Espíritu, como lo eran en el estado material para el hombre vivo; no obstante, debido a que son creaciones del pensamiento, su existencia es tan efímera como este.

 

La acción de los Espíritus sobre los fluidos espirituales tie- ne consecuencias de importancia directa y fundamental para los encarnados. Dado que esos fluidos son el vehículo del pensamiento, y que el pensamiento puede modificar las propiedades de los fluidos, es evidente que estos deben encontrarse impregnados de las cualidades buenas o malas de los pensamientos que los hacen vibrar, y que se modifican por la pureza o impureza de los senti-mientos. Los pensamientos malos corrompen los fluidos espirituales, como los miasmas deletéreos corrompen el aire respirable.

 

Así pues, los fluidos que envuelven a los Espíritus malos, o los que estos proyectan, son viciados, mientras que los que reciben la influencia de los Espíritus buenos son tan puros como corresponde al grado de perfección moral de estos.

 

No sería posible hacer una enumeración ni una clasificación de los fluidos buenos y los malos, así como tampoco especificar sus cualidades respectivas, dado que su diversidad es tan grande como la de los pensamientos.

 

 CREACIONES FLUÍDICAS E IDEOPLASTÍA

 El fluido espiritual, uno de los estados asumidos por el fluido cósmico universal, provee a los Espíritus el elemento de donde ellos extraen los materiales sobre los que operan. Esa acción se efectúa usando el pensamiento y la voluntad. «(...) Para los Espíritus, el pensamiento y la voluntad son como la mano para el hombre. Por el pensamiento, imprimen a aquellos fluidos tal o cual dirección, los aglomeran, combinan o dispersan, organizan con ellos conjuntos que presentan una apariencia, una forma, una ubicación determinadas; cambian sus propiedades, como un químico lo hace con los gases u otros cuerpos, cuando los combinan según ciertas leyes. Es el gran taller o laboratorio de la vida espiritual. (...)» (02)

 

Es común la realización de esas modificaciones sin que haya un pensamiento consciente. Es el caso de los Espíritus que inmediatamente después de desligarse del envoltorio físico, son percibidos por los videntes con una vestimenta cualquiera, antes de que se hayan dado cuenta de su nueva realidad.

 

 La mayor parte de las trasformaciones, sin embargo, se produce bajo el imperio del deseo, de la manifestación de un propósito consciente. Basta con mentalizar una cosa y ésta se forma. Es por eso que un Espíritu puede asumir diferentes aspectos y presentar diversas apariencias, vestir trajes especiales, llevar los más variados objetos, exhibir defectos físicos, mutilaciones, etc. Son expresiones asumidas teniendo en vista una identificación, generalmente reviviendo situaciones de existencias pasadas. No obstante, así como adopta aspectos del pasado, tan pronto como su pensamiento lo sitúe en el presente o en otra existencia, se opera de inmediato una nueva transformación.

 

Está, por otro lado, el caso de los Espíritus que conservan la mutilación, las deformaciones o las llagas del cuerpo físico que ocupaban, en razón de un condicionamiento. Por ser incapaces, por sí mismos, de volver a asumir la forma normal y sana, son inducidos al cambio mediante un proceso de esclareciendo y, por el mismo principio de manejo de los fluidos espirituales, logran obtenerla.

 

Las sugestiones hipnóticas provocan, también, frecuentes transformaciones en el periespíritu, en el sentido de su humillación. Eso puede ser observado bajo dos aspectos: el primero a través de la autosugestión, motivada por un sentimiento de culpa o rebajamiento voluntario; el segundo por la acción de la mente de otro Espíritu sobre determinada entidad espiritual, explotando los deslices que lo hicieron particularmente vulnerable.

 

Allí encontramos la explicación para los fenómenos conocidos como zoantropía, donde los Espíritus asumen formas de animales, total o parcialmente, en lugar de licantropía que etimológicamente, significa «Estudio sobre el Hombre Lobo». (05)

 

Nos referimos ahora al caso de los Espíritus que, casi siempre con el propósito de amedrentar para alcanzar mejor sus objetivos, se presentan con aspectos monstruosos y atemorizantes, hasta con el de Satanás.

 

 A todas estas transformaciones operadas por la mente se les da el nombre de «Ideoplastía» (del griego «ideo» = idea + «plastos» = forma + «ia» = estudio, análisis), o sea estudio del modelado a través del pensamiento.»

  

Como describe Ernesto Bozzano en su libro Pensamiento y voluntad:

La palabra ideoplastia fue creada por el Dr. Durand (de Gros) en 1860, para designar las características principales de la sugestionabilidad.

 

Más tarde, en 1864, el Dr. Ochorowicz lo utilizó para designar los efectos de sugestión y autosugestión, cuando permite la realización fisiológica de una idea, como en el caso de la estigmatización.

 

Finalmente, lo propuso el profesor Richet, durante sus experimentos con Miss Linda Gazzera y Eva C.. (1912-1914), cuyos testimonios veremos a continuación cuyas experiencias demostraron de manera clara e innegable la realidad de la materialización de los rostros humanos, que eran, a su vez, objetivados y plásticos. reproducciones de retratos y dibujos vistos por médiums.

 

Por supuesto, a partir de estos hechos, uno debe inferir lógicamente que la materia viva exteriorizada está moldeada por la idea .

 

Y ahí radica el significado exacto del término ideoplastia, aplicado a los fenómenos de materialización mediúmnica.

 

Y la sustancia viva, exteriorizada y amorfa, sobre la que se ejercen las ideas y fuerzas, inherentes al subconsciente del médium, fue designada por ectoplasma , por el mismo profesor Richet.

 

En homenaje a la verdad histórica, hay que señalar que las materializaciones ideoplásticas ya eran conocidas medio siglo antes y llamaron particularmente la atención de los investigadores.

 

En cuanto a la sustancia ectoplasmática, ya la conocían los alquimistas del siglo XVII, así como Emanuel Swedenborg.


Según nos enseña André Luiz, al abordar la ideoplastía, «El pensamiento puede materializarse, creando formas que muchas veces alcanzan una larga duración, de acuerdo con la persistencia de la onda en que se expresan.» (06)

 

Las materializaciones constituyen otro ejemplo de la acción modeladora realizada por los Espíritus, en las sesiones de efectos físicos, con la utilización de: elementos plásticos exteriorizados por los Médiums o por los otros participantes de esas reuniones; componentes fluídicos-plásticos de la Naturaleza.

 

 «Por un efecto análogo, el pensamiento del Espíritu crea fluídicamente los objetos que él está acostumbrado a usar». (03) Esto no se restringe a objetos de uso personal, como es el caso de una pipa, caja de tabaco, anteojos, un bastón, un cuchillo, un sombrero, etc., sino que se extiende a cosas como casas, edificios, jardines, muebles, vehículos, alimentos, instrumentos de cualquier tipo. Algunos tienen existencia tan efímera como la duración del pensamiento; pero otros persisten durante largo tiempo, como ya hemos dicho. En el plano de los Espíritus, sus creaciones fluídicas son tan reales que asumen, para ellos, el mismo aspecto que las cosas materiales para los encarnados.

 

 Otro asunto a considerar es que el pensamiento, al crear imágenes fluídicas, se refleja en el periespíritu del Espíritu al que pertenece, como en un espejo y allí adquiere cuerpo y, de alguna manera, se fotografía. (01)

  

Para la mejor comprensión de cómo sucede eso, Kardec nos explica: «(...) Tenga un hombre, por ejemplo, la idea de matar a otro: aunque el cuerpo material permanezca impasible, su cuerpo fluídico es puesto en acción por el pensamiento y reproduce todos los matices de este último; ejecuta fluídicamente el gesto, el acto que intentó practicar. El pensamiento crea la imagen de la victima y la escena entera es pintada, como en un cuadro, tal cual se desarrolla en su Espíritu (...).» (01)

 

Esto permite entender porqué todo y cualquier pensamiento se hace conocido: por evidenciarse en el cuerpo periespiritual, puede ser percibido por otro Espíritu, pero no por los ojos de la materia. Lo que realmente ve el observador es la intención. Su ejecución, sin embargo, va a depender de la persistencia de los propósitos, de circunstancias que la favorezcan. Modificadas éstas, también los planes podrán sufrir cambios, con la consecuente alteración de las imágenes reflejadas en el envoltorio fluídico.

  

Según el libro de los Mediums en su capítulo VIII:


¿Y habría en el mundo de los Espíritus una materia esencial que revistiera la forma de los objetos que vemos? En una palabra, ¿estos objetos tendrían su "doblez etérea" en el mundo invisible, así como los hombres están representados en él por los Espíritus? "Esto no se opera de este modo; el Espíritu tiene sobre los elementos materiales esparcidos por todas partes en el espacio y en vuestra atmósfera, una potencia que estáis lejos de adivinar. Puede a su gusto concentrar estos elementos y darles la forma aparente acomodada a sus proyectos." Observación. - Esta cuestión como hemos visto, era la traducción de nuestro pensamiento, esto es, de la idea que nos habíamos formado sobre la naturaleza de estos objetos. Si las respuestas fuesen como algunos lo pretenden, el reflejo del pensamiento, hubiéramos obtenido la confirmación de nuestra teoría, en lugar de una teoría contraria.

  

Los Espíritus realizan transformaciones sobre la materia etérea a su gusto y que de este modo, por ejemplo, pueden manifestar una caja de tabaco perteneciente al Espíritu en vida carnal. El Espíritu no la encontró hecha, sino que la hizo él mismo en el momento que la necesitaba, por un acto de su voluntad, y que pudo deshacerla; lo mismo debe ser en cuanto a los otros objetos, tales como vestidos, joyas, etc. "Esto es evidente."

 

 Esta caja de tabaco fue visible para esta señora, al punto de hacerla ilusión. ¿Hubiera podido el Espíritu hacerla también tangible para ella? "Lo hubiera podido."

 

¿Si hubiese llegado el caso, hubiera podido tomarla en sus manos, creyendo tener una verdadera caja de tabaco? "Sí."

  

¿Si la hubiera abierto, probablemente habría encontrando tabaco; si lo hubiese tomado le hubiera hecho estornudar? "Sí."

 

 ¿El Espíritu puede, pues, dar no sólo la forma, sino las propiedades especiales? "Si él lo quiere; y en virtud de este principio ha respondido afirmativamente a las preguntas precedentes. Tendréis pruebas de la poderosa acción que ejerce el Espíritu sobre la materia, lo que estáis lejos de comprender, como os he dicho ya."

  

Supongamos, pues, que hubiera querido hacer una sustancia venenosa, y si una persona la hubiese tomado, ¿se hubiera envenenado? "Lo hubiera podido, pero no lo hubiera hecho no se le hubiere permitido."

 

 ¿Podría haber hecho una sustancia saludable y propia para curar una enfermedad, y se ha presentado este caso? "Sí, muy a menudo."


 Rogamos, sin embargo, a los señores farmacéuticos que no conciban celos, ni crean que los Espíritus vengan a hacerles la competencia; estos casos son raros, excepcionales, y no dependen jamás de la voluntad; de otro modo se curaría a muy poco precio.



 Testimonios

En todos los trabajos el francés Dr. Geley con el médium y con la colaboración del Prof. Charles Richet (premio nobel de medicina en 1913), utilizó escrupulosamente el método analítico, cronológico y sintético, organizó las sesiones de manera similar a las realizadas con la médium Eva y se aseguró de descartar cualquier error o fraude.

 

En este caso el sensitivo presentaba escasas manifestaciones sensoriales; no necesitaba ser hipnotizado para dar inicio al trance; lo conseguía espontáneamente, aunque nunca quedaba totalmente inconsciente; volvía en sí al aumentar la luz bruscamente y sentía un cansancio tan intenso, que lo obligaba a permanecer acostado e inmóvil, para recuperarse de su agotamiento; sufría palpitaciones, sed intensa, a veces vómitos de sangre y casi siempre insomnio, después de las experiencias.

 

En su caso, la sustancia se desprendía en forma de gas o vapor, con un olor a ozono al inicio del trance; luego, una neblina o vapor fosforescente flotaba en torno del médium, y cuando la materialización se completaba, se veían rostros y manos perfectamente formadas y frecuentemente luminosas, que desaparecían tan súbitamente como habían aparecido.

 

Estas manifestaciones pudieron ser apreciadas visual y táctilmente, no sólo por Geley y Richet, sino por Camile Flammarion, su esposa y la señora de Geley, quienes ocasionalmente concurrían a las sesiones, y con sorpresa percibieron el contacto de las manos cálidas y vivas, mientras los rozaban ligeramente. Durante estas experimentaciones se obtuvieron además, múltiples pruebas objetivas por el procedimiento de los moldeados de parafina.

 

Entre 1921 y 1923 el Dr. Geley estudió las facultades del ingeniero polaco Stephan Ossowiecki, médium, clarividente y productor de efectos de telekinesia; mientras simultáneamente, trabajaba en sesiones con el médium Jean Guzik, también polaco, con quien pudo presenciar raros fenómenos de ectoplasma en formas de animales y sorprenderse con el contacto de la cola de un cachorro salido de los vestidos del médium o con otras formas de animales que exhalaban olor.

 

Todos estos fenómenos quedaron plasmados en centenares de moldes de parafina, sorprendentes por su perfección, examinadas por perplejos peritos, quienes no encontraron la explicación a la ausencia de las costuras necesarias para su elaboración. Esto dio lugar a la famosa “manifestación de los 34”, así llamada la participación de las más altas personalidades francesas y extranjeras de la ciencia, de la medicina, la literatura y la policía científica, en la comprobación de los fenómenos obtenidos con Jean Guzik, amparada en extremas e irreprochables condiciones de control. Geley no se satisfacía con poco y era muy exigente con su trabajo. Experimentó también con la fotografía y las apariciones.

  

Se interesó en la transmisión del fluido magnético, al que llamó momificador cuando observó la alteración o destrucción de algunos parásitos microscópicos por la acción fluídica; lo que lo llevó a concluir que la energía del médium era indirectamente microbicida, pues producía ese efecto gracias al refuerzo que provocaba en los tejidos. Estas conclusiones le permitieron relacionar el fenómeno con la metapsíquica curativa, luego ampliamente difundida en el Espiritismo experimental. Así mismo, se interesó en el estudio de la clarividencia y de las comunicaciones mediúmnicas cruzadas que habían comenzado a investigarse en la Sociedad de Investigaciones Psíquicas de Londres (SPR).

  

Esas consecuencias se resumen en algunas prescripciones: Trabajar, amar cada uno a su prójimo, auxiliarse mutuamente, rechazar todos los sentimientos bajos e inferiores tales como el egoísmo y sobre todo el odio y el espíritu de venganza. Evitar todo lo que a otro pueda perjudicar. No despreciar a nadie; no ver a los imbéciles, los inicuos y los criminales como seres inferiores; ser por consiguiente, profundamente indulgente con las faltas de los otros, y en la medida de lo posible, abstenerse de juzgar. En fin, extender nuestra piedad y nuestra ayuda hasta los animales, a los cuales les evitaremos el sufrimiento lo más posible, y a los que apenas en caso extremo, daremos muerte. Cuando los hombres comprendan la infinita evolución, sabrán conciliar los principios de la libertad individual y de la solidaridad social. Comprenderán que tienen el derecho del libre desenvolvimiento, pero que serán rigurosamente solidarios, en ese libre desenvolvimiento, no sólo con sus semejantes, sino con todo lo que piensa, con todo lo que vive, con todo lo que existe. Las quimeras de hoy serán las espléndidas realidades de mañana."


Según el libro de Chico Xavier-Waldo Vieira inspirado por André Luiz

- Pensamiento del Creador

 Identificando el Fluido Elemental o Hálito Divino por base mantenedora de todas las asociaciones de forma en los innumerables dominios del Cosmos, (siendo uno de los corpúsculos base, en las organizaciones y oscilaciones de la materia), interpretaremos el Universo como un todo de fuerzas dinámicas, expresando el pensamiento del Creador.

  

Superponiéndose a la grandeza indivisible, encontraremos la materia mental que nos es propia, en constante agitación; plasmando las creaciones temporarias, de acuerdo a nuestras necesidades de progreso. En el macro y microcosmos, sondeamos las manifestaciones de la Eterna Sabiduría que moviliza incontables agentes para la estructuración de sistemas y formas, en variedades infinitas de grados y fases; y entre lo infinitamente pequeño y lo infinitamente grande surge la inteligencia humana, dotada igualmente de facultades para mentalizar y cocrear, utilizando, para eso, los recursos intrínsecos de la vida ambiente.

 

 En los fundamentos de la Creación, vibra el pensamiento inmensurable del Creador, y sobre ese plasma divino vibra el pensamiento mensurable de la criatura, para constituir un vasto océano de fuerza mental en que los poderes del Espíritu se manifiestan.

 

- Pensamiento de las criaturas

Del Principio Elemental, fluyendo incesantemente en el campo cósmico, auscultamos, de modo imperfecto, las energías profundas que producen electricidad y magnetismo, sin conseguir encuadrarlas en definiciones terrestres exactas, y de la materia mental de los seres creados, estudiamos el pensamiento o flujo energético del campo espiritual de cada uno de ellos; graduándose en los más diversos tipos de ondas, desde los rayos super-ultra-cortos, en que se expresan las legiones angélicas, a través de procesos todavía inaccesibles a nuestra observación, pasando por las oscilaciones cortas, medias y largas en que se exterioriza la mente humana, hasta las ondas fragmentarias de los animales, cuya vida, aún en germinación, solamente arroja de sí determinados pensamientos o rayos discontinuos.

 

 Los Espíritus perfectos, que conocemos sobre la designación de potencias angélicas de Amor Divino, operan en el micro y macrocosmos, en nombre de la Sabiduría Divina, formando condiciones adecuadas y multiformas de expansión, sustentación y proyección de vida, en las variadas esferas de la Naturaleza, en camino de adquisiciones espirituales, que estamos muy lejos de percibir. La mente de los hombres, indirectamente controlada por el comando superior, interfiere en el acervo de recursos del Planeta, en particular, sugiriéndole los recursos en la dirección del plano angélico, y la mente embrionaria de los animales, influenciada por la dirección humana, se jerarquiza en servicio de las regiones inferiores de la Tierra, con rumbo a la conquista de la Humanidad.

  

- Corpúsculos mentales

 Como base viva de todas las realizaciones en los planos físico y extrafísicos, encontramos el pensamiento por agente esencial. Entretanto, él todavía es materia, una materia mental, en la cual las leyes de formación de las cargas magnéticas o de los sistemas atómicos prevalecen sobre un nuevo sentido, formando el maravilloso mar de energía sutil en que todos nos hallamos sumergidos y en el cual encontramos elementos que trascienden el sistema periódico de los elementos químicos conocidos en el mundo.

 

 Tenemos, aún aquí, las formaciones corpusculares, con bases en los sistemas atómicos en diferentes condiciones vibratorias, considerando los átomos, tanto en el plano físico, como en el plano mental, como asociaciones de cargas positivas y negativas. Esto nos lleva naturalmente a denominar los principios de núcleos, protones, neutrones, positrones, electrones y fotones mentales, en vista de la ausencia de terminología analítica para una estructuración más segura de nuestras anotaciones.

 

 Así resulta que, el halo vital o aura de cada criatura permanece formado de corrientes atómicas sutiles de los pensamientos que le son propios o habituales, dentro de normas que corresponden a la ley de la cuenta de energía, y a los principios de mecánica ondulatoria, que les imprimen frecuencia y colores peculiares. Esas fuerzas, en constante movimientos sincrónicos o estados de agitación por los impulsos de la voluntad, establecen para cada persona una onda mental propia. 


- Materia mental y materia física


En posición vulgar, acomodados a las impresiones comunes de la criatura humana normal, los átomos mentales internos, regularmente excitados, en la esfera de los pensamientos, producirán ondas mucho más largas o de simple sustentación de invidualidades, correspondiendo a la manutención de calor.

 

Siendo los electrones mentales, en las órbitas de los átomos de la misma naturaleza la causa de la agitación en estados menos comunes de la mente, tal cual se encuentran los de atención o tensión pacífica, en virtud de la reflexión u oración natural; el campo de los pensamientos se expresa en ondas de comprensión del medio o de adquisición de experiencia, por parte del alma, correspondiendo la producción de luz interior. En esa excitación nacen los diminutos núcleos atómicos, en situaciones extraordinarias de la mente, semejantes a emociones profundas, dones indescriptibles, laboriosas y saturadas de concentraciones de fuerza mental, o las súplicas aflictivas, en el dominio de los pensamientos emitirán rayos mucho más cortos y de un inmenso poder transformador del campo espiritual, teóricamente semejantes a los de los rayos gama. Así consideramos, a la materia mental, empapada de diversos aspectos, obedeciendo a principios idénticos a aquellos que rigen las asociaciones atómicas, en la esfera física, demostrando la divina unidad del plano del Universo.

 

 - Inducción mental

 Recorriendo el campo de Einstein, imaginemos a la mente humana como una llama en actividad. Así como la intensidad de influencia de la llama disminuye como la distancia del núcleo de energías en combustión, demostrando una fricción cada vez menor, sin nunca llegar a cero, la corriente mental se explaya, según el mismo principio, pero en diferentes condiciones.

  

Esa corriente de partículas mentales se exteriorizan de cada espíritu, con cualidades de inducción mental; cuanto mayores sean las facultades de concentración o el tenor de la persistencia con rumbo a los objetivos que demande.

 

En el dominio de la energía eléctrica, una inducción significa el proceso a través del cual un cuerpo que posea propiedades electromagnéticas puede transmitirlas a otro cuerpo sin necesidad de contacto visible; en el reino de los poderes mentales la inducción se expresa de la misma forma, por lo cual, una corriente mental es susceptible de reproducir sus propias peculiaridades en otra corriente mental que se le sintonice. Tanto en la electricidad como en el mentalismo, el fenómeno obedece a la conjugación de ondas, mientras perdure la sustentación del flujo energético.

  

Comprendemos así, perfectamente, que la materia mental es el instrumento sutil de la voluntad, atenuando en las formaciones de la materia física, generando las motivaciones de placer o desgaste, alegría o dolor, optimismo o desesperación, que no se reducen efectivamente a las abstracciones, pero representan torbellinos de fuerza en los que el alma crea sus propios estados de mentalización inductiva, atrayendo para si misma los agentes (imponderables en la Tierra), de luz o de sombra, victoria o derrota, infortunio o felicidad.

  

- Formas y pensamientos

 

Emitiendo una idea, pasamos a reflejarla con las que se le asemejan, luego esa idea se hace corpórea, con la intensidad correspondiente a la sustentación que le damos, manteniéndonos así en comunicación espontánea con todos los que nos corresponden a nuestro modo de sentir. En esa proyección de fuerzas, se determina el intercambio con todas las mentes encarnadas o desencarnadas, que movilizan el espíritu en el mundo de las formas-pensamientos, construcciones substanciales en la esfera del alma, que nos liberan el paso o lo esclavizan, de acuerdo con nuestro aprendizaje del bien o del mal.

 

Esto sucede porque, a la manera del hombre que construye caminos para su propia expansión o que recoge espinas para sí mismo; en la mente de cada uno, por las corrientes de materia mental que exterioriza se eleva en grados de liberación con rumbo a los planos superiores o se estaciona en los planos inferiores, como quien traza un vasto laberinto debajo de sus propios pies.




24 junio 2022

ENERGÍAS SALUDABLES Y TÓXICAS

 


 MODIFICACIONES DE LOS FLUIDOS Y MAGNETISMO

 

Un lugar cualquiera puede tener sus fluidos ambientales contaminados por los encarnados y por los no encarnados, o por ambos simultáneamente.

 

Se sabe que el pensamiento del encarnado actúa, así como el del no encarnado, sobre los fluidos espirituales; éstos son afectados por las cualidades de sus pensamientos; si son buenos tendremos fluidos saludables; si son malos, fluidos viciados. Esa capacidad de acción de los encarnados sobre los elementos del mundo espiritual, deriva del hecho que la encarnación no los priva totalmente de la vida espiritual.

 

«El pensamiento del encarnado actúa sobre los fluidos espirituales, como el de los no encarnados y se transmite de Espíritu a Espíritu por las mismas vías y, conforme sea bueno o malo, sanea o envicia los fluidos del ambiente». (01)

 

 Los fluidos corruptos por los malos efluvios de los Espíritus inferiores, pueden ser saneados por el alejamiento de ellos y esto se consigue eliminando lo que para ellos era foco de atracción. El cultivo de los buenos pensamientos y sentimientos, trasforma los fluidos del ambiente en buenos fluidos, los cuales tienen el poder de repeler a los malos fluidos. Cada encarnado dispone, en su periespíritu, de una fuente fluídica permanente, a la que puede movilizar para que se opere esa renovación. En cuanto al enviciamiento fluídico producido por los encarnados, es muy evidente que el ambiente se modifica si se observa el mismo procedimiento anterior, acerca del cultivo de los buenos pensamientos y sentimientos, en el caso de los malos Espíritus.

 

 «Por ser el periespíritu de los encarnados de idéntica naturaleza a la de los fluidos espirituales, éste los asimila con facilidad, como una esponja se embebe de un líquido. Esos fluidos ejercen sobre el periespíritu una acción tanto más directa dado que por su expansión y su irradiación, el periespíritu se confundo con ellos» (01)

 

 Por otro lado el periespíritu, que está íntimamente ligado al cuerpo físico -molécula a molécula– al sufrir la influencia de esos fluidos reacciona sobre aquél, transmitiéndole una impresión saludable o perturbadora, según los efluvios sean buenos o malos. La acción continuada y enérgica de los malos efluvios puede tener serias repercusiones, provocando la aparición de enfermedades.

 

 Los ambientes en los que se presentan los malos Espíritus están en buena medida impregnados de fluidos deletéreos, que afectan de forma muy perjudicial la salud de los encarnados, que los absorben a través de los poros periespirituales.

 

 El fluido cósmico universal presenta innumerables transformaciones, formando una inmensa variedad de fluidos con propiedades especiales. Uno de esos fluidos, condensado en el periespíritu, posee recursos que permiten la recuperación del cuerpo físico. Esto es posible en razón de la identidad existente entre ambos, cuyo origen es común. Para que esos efectos reparadores se produzcan, es menester inocular tales fluidos en el organismo debilitado. Tanto el encarnado como el no encarnado son los agentes de la infiltración de esa sustancia, extraída de su propio periespíritu.

 

La cura se opera por la remoción de las células enfermas, que son sustituidas por células sanas y éstas, naturalmente, son producidas por sustancias puras. Tenemos todavía que considerar la voluntad del inoculador, que cuanto más enérgica, hace más abundante la emisión fluídica y le da mayor poder de penetración en el cuerpo enfermo, y su deseo de promover la cura. (03)

 

 La acción de esos elementos fluídicos, también llamados elementos magnéticos, presenta efectos muy variados sobre los enfermos: a veces lentos, exigiendo un tratamiento prolongado, otras veces rápidos. Hay personas que producen curas instantáneas por la simple imposición de las manos o sólo por el uso de la voluntad.

 

 Según sea el agente responsable de la emisión magnética, se identifica:

 

A. Magnetismo humano, o magnetismo propiamente dicho, cuya acción, producida por los fluidos del encarnado (magnetizador), depende de la fuerza y, principalmente, de la calidad de fluido;

 

B. Magnetismo espiritual, producido por los Espíritus, cuya acción se efectúa directamente y sin intermediario sobre la criatura humana. Su cualidad está ligada a las cualidades de los Espíritus:

 

C. Magnetismo mixto, semi-espiritual o humano-espiritual, asociación de los recursos fluídicos del encarnado, o magnetizador, con los de los Espíritus. Estos irradian sobre aquél la sustancia fluídica que les es propia y el encarnado la trasmite a los enfermos, junto con sus recursos magnéticos. Hay, así, un enriquecimiento fluídico. (04)

 

ítems 18 a 21  del capítulo 14, de La Génesis, de Allan Kardec

 

18. El periespíritu de los encarnados es de naturaleza idéntica a la de los fluidos espirituales, de modo que los asimila con facilidad, como una esponja que se embebe de un líquido. Esos fluidos ejercen sobre el periespíritu una acción tanto más directa cuanto más se confunde este, por su expansión e irradiación, con ellos. Dado que esos fluidos actúan sobre el periespíritu, este, a su vez, reacciona sobre el organismo material con el cual se halla en contacto molecular. Si los efluvios son de buena naturaleza, el cuerpo recibe una impresión saludable; si son malos, la impresión es penosa. Si los efluvios malos son permanentes y enérgicos, pueden ocasionar desórdenes físicos: ciertas enfermedades no tienen otro origen.

 

Los ambientes donde predominan los Espíritus malos se encuentran, pues, impregnados de fluidos deletéreos que el encarnado absorbe por los poros periespirituales, así como absorbe por los poros del cuerpo los miasmas pestilentes.

 

19. Lo mismo sucede en las reuniones de los encarnados. Una asamblea es un foco de irradiación de pensamientos diversos. Dado que el pensamiento actúa sobre los fluidos como el sonido lo hace sobre el aire, esos fluidos nos transmiten los pensamientos como el aire nos trae el sonido. Por consiguiente, se puede decir con absoluta verdad que en esos fluidos hay ondas y rayos de pensamientos, que se entrecruzan sin confundirse, del mismo modo que en el aire hay ondas y vibraciones sonoras.

 

Una asamblea es como una orquesta o un coro de pensamientos, donde cada uno de sus integrantes emite una nota. Resulta de ahí una multiplicidad de corrientes y efluvios fluídicos cuya impresión cada uno recibe por medio del sentido espiritual, como en un coro musical cada uno recibe la impresión de los sonidos a través del sentido de la audición.

 

No obstante, del mismo modo que existen vibraciones sonoras armoniosas o disonantes, también existen pensamientos de una u otra clase. Si el conjunto es armonioso, la impresión será agradable; si es disonante, la impresión será penosa. Ahora bien, para eso no es necesario que el pensamiento se formule con palabras; ya sea que este se exprese o no, la irradiación fluídica existe siempre. Si se introducen en ella algunos pensamientos malos, estos producirán el efecto de una corriente de aire helado en un ambiente tibio.

 

Tal es la causa del sentimiento de satisfacción que se experimenta en una reunión simpática, animada por pensamientos buenos y benévolos; en ella reina una especie de atmósfera moral saludable, donde se respira libremente; de allí salimos reconfortados, pues nos hallamos impregnados de efluvios fluídicos saludables. De ese modo también se explica la ansiedad, el indefinible malestar que se experimenta en un ambiente antipático, donde los pensamientos malévolos provocan algo así como corrientes de aire nauseabundo.

 

 20. El pensamiento produce, pues, una especie de efecto físico que reacciona sobre lo moral, hecho este que sólo el espiritismo podía hacer comprensible. El hombre lo siente instintivamente, ya que busca las reuniones homogéneas y simpáticas, donde sabe que podrá absorber nuevas fuerzas morales. Se podría decir que en esas reuniones recupera las pérdidas fluídicas que padece cada día por la irradiación del pensamiento, así como recupera mediante los alimentos las pérdidas del cuerpo material. Sucede que, en efecto, el pensamiento es una emisión que ocasiona una pérdida real de fluidos espirituales y, por consiguiente, de fluidos materiales, de manera tal que el hombre necesita reconfortarse con los efluvios que recibe del exterior. Cuando se dice que un médico cura a un enfermo por medio de buenas palabras, se enuncia una gran verdad, porque un pensamiento bondadoso es portador de fluidos reparadores que actúan tanto sobre lo físico como sobre lo moral.

 

 21. No cabe duda de que es posible evitar a los hombres a los que se sabe malintencionados. Pero ¿cómo evitaremos la influencia de los Espíritus malos que pululan alrededor nuestro y se insinúan por todas partes sin que los veamos?

 

 El medio es muy simple, porque depende de la voluntad del  hombre mismo, que lleva en sí la necesaria prevención. Los fluidos se combinan de acuerdo con la semejanza de su naturaleza; los opuestos se repelen; existe incompatibilidad entre los fluidos buenos y los malos, así como la hay entre el aceite y el agua.

 

¿Qué se hace cuando el aire está viciado? Se procede a su saneamiento, se lo depura destruyendo el foco de los miasmas, expulsando los efluvios malsanos mediante las corrientes más fuertes de aire salubre. Así pues, contra la invasión de los fluidos malos es preciso que se opongan los fluidos buenos, y como cada uno tiene en su propio periespíritu una fuente fluídica permanente, todos son portadores del remedio. Sólo se trata de depurar esa fuente y de darle cualidades tales que se constituyan en un repelente de las malas influencias, en vez de que sea una fuerza de atracción.

 

 El periespíritu, por lo tanto, es una coraza a la que se le debe dar el mejor temple posible.

 

 Ahora bien, como las cualidades del periespíritu se corresponden con las cualidades del alma, es preciso que ésta trabaje en su propio mejoramiento, visto que son las imperfecciones del alma las que atraen a los Espíritus malos.

 

Las moscas son atraídas por los focos de putrefacción; destruid esos focos, y ellas desaparecerán. Lo mismo sucede con los Espíritus malos, que van hacia donde el mal los atrae; eliminad el mal, y ellos se alejarán. Los Espíritus realmente buenos, encarnados o desencarnados, no tienen nada que temer de la influencia de los Espíritus malos.

 

ítems 31 a 34 del capítulo 14, de La Génesis, de Allan Kardec

31. Como hemos visto, el fluido universal es el elemento primitivo del cuerpo carnal y del periespíritu, los cuales son simples transformaciones de aquel. Por la identidad de su naturaleza, ese fluido puede ofrecer principios reparadores al cuerpo. Condensa- do en el periespíritu, su agente propulsor es el Espíritu, encarnado o desencarnado, que infiltra en un cuerpo deteriorado una parte de la sustancia de su envoltura fluídica. La curación se opera mediante la sustitución de una molécula nociva por otra molécula sana. El poder curativo será proporcional a la pureza de la sustancia inoculada; depende también de la energía de la voluntad, que provoca una emisión fluídica más abundante y otorga al fluido mayor fuerza de penetración; por último, depende de las intenciones que animen a quien desee realizar la cura, sea hombre o Espíritu. Los fluidos que emanan de una fuente impura son como sustancias medicamentosas alteradas.

 

32. Los efectos de la acción fluídica sobre los enfermos son extremadamente variados, de acuerdo con las circunstancias. Algunas veces esa acción es lenta y requiere un tratamiento prolongado, como en el magnetismo común; otras veces es rápida como una corriente eléctrica. Hay personas dotadas de tal poder que en algunos enfermos producen curaciones instantáneas por medio de la sola imposición de las manos, o incluso por un simple acto de la voluntad. Entre los dos polos extremos de esa facultad hay infinitos matices. Todas las curaciones de ese tipo son variedades del magnetismo, y sólo difieren por la potencia y la rapidez de la acción. El principio es siempre el mismo: el fluido desempeña el papel de agente terapéutico, y su efecto está subordinado a su calidad y a circunstancias especiales.

 

 33. La acción magnética puede producirse de varias maneras:

 

1º) Por el fluido del magnetizador, en cuyo caso se trata del magnetismo propiamente dicho, o magnetismo humano, cuya acción se encuentra subordinada a la potencia y, sobre todo, a la calidad del fluido.

 

 2º) Por el fluido de los Espíritus, que actúan directamente y sin intermediarios sobre un encarnado, ya sea para curarlo o calmar un sufrimiento, sea para provocar el sueño sonambúlico espontáneo, o para ejercer sobre el individuo alguna influencia física o moral. Se trata del magnetismo espiritual, cuya calidad es proporcional a las cualidades del Espíritu.

 

3º) Por el fluido que los Espíritus derraman sobre el magnetizador, al cual este sirve de conductor. Se trata del magnetismo mixto, semiespiritual o, si se prefiere, humano-espiritual. Combina- do con el fluido humano, el fluido espiritual le transmite a aquel las cualidades que le faltan. En esas circunstancias, algunas veces el concurso de los Espíritus es espontáneo, pero muy a menudo es provocado por la evocación del magnetizador.

 

 34. La facultad de curar mediante el influjo fluídico es muy común y puede desarrollarse con el ejercicio, pero la de curar instantáneamente con la imposición de las manos es más rara, y su apogeo puede ser considerado excepcional. No obstante, en épocas diferentes, en el seno de casi todos los pueblos, han existido in- dividuos que la poseyeron en grado sobresaliente. En estos últimos tiempos se han visto muchos ejemplos notables, cuya autenticidad no puede ser cuestionada. Dado que las curaciones de esta clase se basan en un principio natural, y que el poder de realizarlas no es un privilegio, resulta que no quedan al margen de la naturaleza y que no son milagrosas más que en apariencia. 

 

TESTIMONIOS DE CURACIONES ESPIRITUALES (Revista Espírita) (4)

 

No ano de 1829, veio a Wurtzbourg, cidade considerável da Baviera, um santo padre, o príncipe de Hohenlohe. Enfermos e doentes iam pedir-lhe, para obter do Céu a sua cura, o socorro de suas preces. Ele invocava sobre eles as graças divinas, e logo se viu grande número desses infortunados curados de repente. O rumor dessas maravilhas repercutiu longe.

 

 

A Alemanha, a França, a Suíça, a Itália, uma grande parte da Europa foram informadas disto. Numerosos escritos foram publicados, que perpetuarão a lembrança. Entre as testemunhas autênticas e dignas de fé, que certificam a realidade dos fatos, basta aqui transcrever algumas, cujo conjunto forma uma prova convincente.

 

 

Preliminarmente, eis um extrato do que a respeito escreve o Sr. Scharold, conselheiro de legação em Wurtzbourg, e testemunha de grande parte das coisas que relata. Há dois anos, uma princesa de 17 anos, Matilde de Schwartzemberg, filha do príncipe deste nome, achava-se na casa de saúde do Sr. Haine, em Wurtzbourg. Era-lhe absolutamente impossível andar. Em vão os médicos mais famosos da França, da Itália e da Áustria tinham esgotado todos os recursos de sua arte para curar a princesa desta enfermidade.

 

 

Somente o Sr. Haine, que se tinha servido das luzes e da experiência do célebre médico Sr. Textor, tinha consegui- do, graças aos cuidados prodigalizados à doente, pô-la em estado de ficar de pé, e ela própria, fazendo esforços, tinha conseguido execu- tar alguns movimentos como para andar, mas sem andar realmente.

 

 

Pois bem! A 20 de junho de 1821 ela deixou o leito de repente e andou com inteira liberdade. Eis como a coisa se passou. Cerca de dez horas da manhã o prín- cipe de Hohenlohe foi visitar a princesa, que mora em casa do Sr. Reinach, deão do capítulo. Quando entrou em seu apartamento, perguntou-lhe, como em conversa, na presença de sua governanta, se acreditava firmemente que Jesus Cristo pudesse curá-la de sua enfermidade. À sua resposta de que estava inteiramente persuadida, o príncipe disse à piedosa doente que orasse do mais profundo do coração e pusesse sua confiança em Deus. Quando ela parou de orar, o príncipe lhe deu sua bênção e disse: “Vamos, Princesa, levantai-vos; agora estais curada e podeis andar sem dores..”.

 

 

Todo mundo da casa foi chamado imediatamente. Não sabiam como exprimir o seu assombro por uma cura tão pronta e tão incompreensível. Todos caíram de joelhos na mais viva emoção e entoaram louvores ao Todo-Poderoso. Cumprimentaram a princesa por sua felicidade e juntaram suas lágrimas às que a ale- gria fazia correr de seus olhos. A notícia espalhou-se pela cidade e causou espanto. Corriam em multidão para se assegurarem do acontecimento pelos próprios olhos. No dia 21 de junho a princesa já se havia mostrado em público. Impossível descrever o êxtase que ela experimentou, vendo-se fora de seu estado de cruéis sofrimentos.

 

 

No dia 25 o príncipe de Hohenlohe deu outro exemplo notável da graça que possui. A esposa de um ferreiro da Rua Semmels não ouvia mais as grandes marteladas de sua forja. Foi encontrar o príncipe no pátio do presbitério Hung e lhe suplicou que a socorresse. Enquanto estava ajoelhada, ele lhe impôs as mãos sobre a cabeça e, tendo orado algum tempo, com os olhos erguidos para o céu, tomou-a pela mão e a levantou. Qual não foi o espanto dos espectadores quando essa mulher, erguendo-se, disse que ouvia o tilintar do relógio da igreja! Voltando para casa, não se cansava de contar a todos os que a interrogavam o que acabava de lhe acontecer.

 

 

No dia 26, uma pessoa ilustre (o príncipe real da Baviera) foi curado imediatamente de uma doença que, segundo as regras da Medicina, devia exigir muito tempo e daria muito sofrimento. Esta notícia causou viva alegria nos corações dos habitantes de Wurtzbourg. O príncipe de Hohenlohe não foi menos feliz na cura de uma doente que duas vezes tinham tentado curar, mas que, de cada vez, só tinham obtido um ligeiro alívio. Esta cura foi operada na cunhada do Sr. Broili, negociante. Desde muito ela era afligida por uma paralisia muito dolorosa. A casa ribombou de gritos de alegria.

 

 

No mesmo dia a viúva Balzano recuperou a vista, pois há vários anos estava completamente cega. Convenci-me por mim mesmo deste fato. Apenas saído do espetáculo desta cena tocante, fui testemunha de outra cura, operada na casa do Sr. general D... Uma jovem mulher tinha a mão direita tão gravemente estropiada, que não podia usá-la nem estendê-la. Ela imediatamente deu prova de sua perfeita cura, levantando com a mesma mão uma cadeira muito pesada.

 

 

No mesmo dia um paralítico, cujo braço esquerdo se havia definha-do, foi curado completamente. Uma cura de dois outros paralíticos ocorreu logo depois. Ela foi tão completa e ainda mais pronta.

 

 

No dia 28 eu mesmo vi com que prontidão e segurança o príncipe de Hohenlohe curou crianças. Tinham-lhe trazido uma do campo que só andava com muletas. Poucos minutos depois essa criança, transportada de alegria, corria sem muletas pelas ruas. Entremen- tes, uma criança muda, que apenas soltava alguns sons inarticula-dos, foi trazida ao príncipe; alguns minutos depois começou a falar. Logo uma pobre mulher trouxe sua filhinha às costas, estropiada das duas pernas; colocou-a aos pés do príncipe. Um momento de- pois ele entregou a criança à sua mãe, que então viu a filha correr e pular de alegria.

 

 

No dia 29, uma mulher de Neustadt, paralítica e cega, foi-lhe trazida numa charrete. Estava cega há vinte e cinco anos. Cerca de três horas da tarde ela se apresentou no castelo da residência de nossa cidade, para implorar o socorro do príncipe de Hohenlohe, no mo- mento em que ele entrava no vestíbulo, construído sob a forma de uma grande tenda. Caindo aos pés do príncipe, ela lhe suplicou, em nome de Jesus-Cristo, que a socorresse. O príncipe orou por ela, deu-lhe sua bênção e perguntou se acreditava firmemente que pudesse, em nome de Jesus, recobrar a vista. Como respondesse que sim, disse a ela que se levantasse. Retirou-se. Mal se havia afastado alguns passos, seus olhos abriram-se de repente. Ela viu e deu todas as provas que lhe pediram da faculdade que acabava de recobrar. Todas as testemunhas desta cura, entre as quais grande número de senhores da corte, ficaram extasiadas de admiração. A cura de uma mulher do hospital civil, que haviam trazido ao príncipe, não é menos admirável.

 

 

Essa mulher, chamada Elisabeth Laner, filha de um sapateiro, tinha a língua tão vivamente afetada que, por vezes, passava quinze dias sem poder articular uma sílaba. Suas faculdades mentais tinham sofrido muito. Tinha perdido qua- se completamente o uso dos membros, de sorte que jazia no leito como uma massa. Pois bem! Essa pobre infeliz foi hoje ao hospital sem ajuda de ninguém. Goza de todos os sentidos, como há doze anos, e sua língua soltou-se tão bem que ninguém no hospício fala com tanta volubilidade quanto ela.

 

 

No dia 30, à tarde, o príncipe deu um exemplo extraordinário de cura. Uma carroça, em volta da qual estavam reunidos milhares de espectadores, tinha vindo de Musmerstadt. Nela estava um pobre estudante, paralítico dos braços e das pernas, definhados de manei- ra assustadora. Suplicado pelo infeliz para aliviá-lo, o príncipe veio à carroça. Orou cerca de cinco minutos, as mãos postas e erguidas para o céu. Fa- lou várias vezes ao estudante e, enfim, lhe disse: “Levantai-vos, em nome de Jesus Cristo”. O estudante realmente se levantou, mas com sentimentos que não pôde dissimular. O príncipe lhe disse que não perdesse a confiança. O infortunado que, alguns minutos antes, não podia mover braços nem pernas, endireitou-se e ficou perfeitamente livre na carroça. Depois, erguendo os olhos para o céu, onde se viam desenhados o mais terno reconhecimento, excla- mou: “Ó Deus! vós me socorrestes!” Os espectadores não puderam conter as lágrimas.

 

 

As curas miraculosas operadas em Wurtzbourg pelo príncipe de Hohenlohe poderiam oferecer assunto para mais de cem quadros de ex-voto.

 

PARA MÁS EJEMPLOS DE TESTIMONIOS DIRIGIRSE A:

 

  • Revista Espírita, febrero de 1863, pág. 64; abril de 1865, pág. 113; y septiembre de 1865, pág. 264. (N. de Allan Kardec.) Las páginas citadas corresponden a la edición francesa. (N. del T.)
 
  • Revista Espírita: el doctor Cardon, agosto de 1863, pág. 251; la mujer corsa, mayo de 1866, pág. 134. (N. de Allan Kardec.) Las páginas citadas corresponden a la edición francesa (N. del T.)
 
  • Revista Espírita: el príncipe de Hohenlohe, diciembre de 1866, pág. 368; Jacob, octubre y noviembre de 1866, págs. 312 y 345; octubre y noviembre de 1867, págs. 306 y 339; Simonet, agosto de 1867, pág. 232; el caíd Hassan, octubre de 1867, pág. 303; el cura Gassner, noviembre de 1867, pág. 331. (N. de Allan Kardec.) Las páginas citadas corresponden a la edición francesa. (N. del T.)

 

 

BIBLIOGRAFÍA

 

1. KARDEC, Allan. Los Fluidos. In: ____. La Génesis. Traducción de Nora V.

Casadella de Girard. Buenos Aires, Editora Argentina «18 de Abril», 1981. Ítem 18. p.

2. ____. Ítem 18. p.

3. ____. Ítem 31. p.

4. ____. Ítem 33. p

5. Revista Espírita diciembre 1866. Edición portuguesa.

 

 

 

17 junio 2022

EFECTOS DE LA ORACIÓN

 


Recurre a la oración en todos los momentos de tu vida. En la salud y en la enfermedad, en la alegría y en la tristeza, en la riqueza o sin recursos, en el éxito y en el fracaso, ora confiado en la respuesta divina.

Al orar te elevarás, y en la energía de la plegaria recibirás todo cuanto te sea necesario para proseguir en la lucha y lograr la victoria.

La criatura busca a Dios mediante la oración y El le responde a través de la intuición de lo que debe hacer y de cómo hacerlo, a fin de que, haciéndolo, sea feliz. (17)

 

Divaldo Franco/Joanna de Angelis. Momentos de Salud.

 

 

 

¿Qué es la oración?

La oración es un acto de adoración. Orar a Dios es pensar en Él; es aproximarse a Él;
es establecer una comunicación con Él.

 

 

Tres cosas podemos proponernos por medio de la oración: loar, pedir, agradecer. (9) Es una invocación mediante la cual, a través del pensamiento, el hombre se pone en comunicación con el ser a quien se dirige.

 

 

¿Por quién podemos orar?

Podemos orar por nosotros mismos o por nuestros semejantes, por los vivos o por los muertos. Las oraciones dirigidas a Dios son escuchadas por los Espíritus encargados de la
ejecución de su voluntad; las que se encaminan a los buenos Espíritus son trasmitidas a Dios. Cuando alguien ora a otros seres que no son Dios, ellos hacen las veces de intermediarios, de intercesores, por cuanto nada sucede sin la voluntad de Dios



León Denis analiza que la oración debe ser una expansión íntima del alma hacia
Dios, un coloquio a solas, una meditación siempre útil y muchas veces enriquecedora.

 

Es  por excelencia, el refugio de los afligidos, de los corazones doloridos. En las horas de abatimiento, de pesar íntimo y de desesperación, ¿quién no encontró en la oración la calma, el fortalecimiento, el alivio de sus males?

 

 

Un diálogo misterioso se establece entre el alma que sufre y el poder evocado. El alma exterioriza sus angustias, su desánimo; implora socorro, apoyo, indulgencia. Entonces, en el santuario de la conciencia, una voz secreta le responde; es la voz de Aquél de quien dimana la fuerza para las luchas de este mundo, el bálsamo para nuestras heridas, la luz para nuestras vacilaciones. Y esa voz nos consuela, reanima, persuade; nos infunde valor, sumisión, paciente resignación. Es entonces que volvemos a levantarnos menos apenados, menos atormentados; con un rayo de sol divino y reluciente en nuestra alma, que hace nacer en ella la esperanza. (10)


Cualidades de la oración

Jesús definió las cualidades de la oración claramente, diciendo: Cuando
roguéis, no os pongáis en evidencia; rogad en secreto y no afectéis rogar mucho porque no será por la multitud de las palabras que seréis oídos, sino por la sinceridad con que sean dichas.

 

Antes de orar, si tenéis alguna cosa contra alguien, perdonádsela, porque la oración no podría ser agradable a Dios si no sale de un corazón purificado de todo sentimiento contrario a la caridad; en fin, rogad con humildad, como el publicano, y no con orgullo, como el fariseo: examinad vuestros defectos y no vuestras cualidades, y si os comparáis con otros, buscad lo que hay de errado en vosotros.

 

 

 ¿Por qué es importante la oración?

 

La oración reviste importancia capital, cualquiera sea la situación. A través de la oración, el hombre consigue el concurso de los buenos Espíritus que acuden a darle apoyo en sus buenas resoluciones y a inspirarle ideas sanas. Adquiere de ese modo la fuerza moral que necesita para vencer las dificultades y regresar al camino recto, si de él se hubiera alejado.

 

 

Por medio de la oración puede apartar de sí a los males que atraería por sus propias faltas. Por ejemplo, un hombre que ve su salud quebrantada a consecuencia de los excesos a los que se entregó, y arrastra hasta el fin de sus días una vida llena de sufrimientos, ¿tendrá derecho de quejarse si no obtuviera la cura deseada? No, pues hubiera podido encontrar en la oración la fuerza para resistir a las tentaciones. (3)

 

 

Entre tanto, admitamos que el hombre nada puede hacer para evitar determinados males de la vida, que no están relacionados con la falta de previsión ni con los excesos humanos. En tal situación, en especial, fácilmente se concibe la acción de la oración, porque produce el efecto de atraer la saludable inspiración de los Espíritus buenos y que se reciba de ellos la fuerza para resistir a los malos pensamientos cuya puesta en práctica podría resultarnos nefasta. En ese caso ellos no apartan el mal, sino que desvían nuestro pensamiento del mal que podría causarnos daño.

 

 

Los Espíritus buenos no ponen impedimento alguno para que se cumplan los designios de Dios, como tampoco interrumpen el curso de las leyes de la Naturaleza; sólo evitan que las quebrantemos orientando nuestro libre albedrío. No obstante, hacen esto sin que lo notemos, de manera imperceptible, para no avasallar nuestra voluntad. El hombre se encuentra entonces en la posición de quien solicita buenos consejos y los pone en práctica, aunque conserva la libertad de seguirlos o no. Dios quiere que sea así, para que aquél mantenga la responsabilidad de sus actos y el mérito de elegir entre el bien y el mal. Eso es lo que el hombre siempre recibirá si lo pidiera con fervor, puede estar seguro de ello, y es a lo que sobre todo se puede aplicar estas palabras: “Pedid y obtendréis”. (4)

 

 

La oración constituye invariablemente una demostración de buena voluntad y comprensión, en lo relativo al testimonio de nuestra condición de Espíritus deudores... Sin duda, no va a modificar el curso de las leyes, aunque renueva nuestra forma de ser y puede compararse no sólo con un bendita plantación de solidaridad para nuestro beneficio, sino también como antídoto contra la recaída en el error. Además la oración nos facilita la aproximación a los importantes benefactores que precedieron nuestros pasos, que nos auxilian a planificar un nuevo rumbo que garantice nuestro avance. (11)

 

 

En ningún momento la oración debiera traducirse como un movimiento mecánico de los labios, ni tampoco como un disco de fácil repetición en el aparato mental. Es vibración, energía, poder. El ser que ora pone en movimiento sus propias fuerzas y realiza trabajos de indescriptible significación. Tal estado psíquico activa fuerzas ignoradas, revela nuestro origen divino y nos coloca en contacto con las fuentes superiores. Dentro de esa práctica, cualquiera sea la modalidad que adopte, el Espíritu está en condiciones de emitir rayos de asombrosa potencia. (12)

 

 

La oración representa la divina voz del espíritu en el gran silencio. No siempre se caracteriza por sonidos articulados según la concepción verbal, pero invariablemente es un prodigioso poder espiritual que trasmite emociones y pensamientos, imágenes e ideas, suprime obstáculos, despeja rutas, reforma concepciones y regenera el panorama mental dentro del cual nos corresponde atender la tarea a la que el Padre nos convoca. (15)

 

 

La importancia de la oración fácilmente queda en evidencia cuando aprendemos a diferenciar entre rezar y orar. Rezar es repetir palabras según fórmulas determinadas. Es producir un eco que la brisa disipa, como sucede con la voz de la campana que se expande en el espacio para luego morir. Orar es sentir. El sentimiento no se puede traducir. No hay palabra que lo defina con absoluta precisión. El más rico vocabulario del mundo resulta pobre para traducir la magnitud de un sentimiento. No hay fórmula que lo contenga, no hay molde que lo guarde, no hay modelo que lo plasme.

 

 

 Orar es irradiar hacia Dios, para sellar de ese modo nuestra comunión con Él. La oración es el poder de los fieles. Los creyentes oran. Los impostores y los supersticiosos rezan. Los creyentes oran a Dios. Los hipócritas, cuando rezan, se dirigen a la sociedad en cuyo seno viven. Es difícil comprender al creyente en sus coloquios con la Divinidad. Los fariseos rezaban en público para ser vistos, admirados y loados.

 

 

¿Es eficaz la oración sabiendo Dios de nuestras necesidades?

Hay personas que cuestionan la eficacia de la oración basados en el principio según el cual, como Dios conoce nuestras necesidades, es superfluo exponérselas. Además añaden que, como todo en el universo se eslabona mediante leyes eternas, nuestras súplicas no pueden modificar los decretos de Dios.

 

No cabe duda de que hay leyes naturales e inmutables que Dios no puede derogar según el capricho de cada uno. No obstante, de ahí a creer que todas las circunstancias de la vida están sometidas a la fatalidad, existe una gran distancia. Si así fuera, el hombre sólo sería un instrumento pasivo, carente de libre albedrío y de iniciativa. De acuerdo con esta hipótesis, no tendría más que doblar la cabeza bajo el golpe de los acontecimientos, sin intentar evitarlos.

 

 

Dios ha dado al hombre el juicio y la inteligencia para que se sirva de ellos; o la voluntad, para que quiera; o la actividad, para que permanezca en la acción (Pienso, quiero y actúo). Como el hombre es libre de obrar en un sentido o en otro, sus actos acarrean, tanto para él como para las demás personas, consecuencias subordinadas a lo que hace o deja de hacer. Mediante su iniciativa hay, por lo tanto, acontecimientos que escapan forzosamente a la fatalidad, sin que por eso destruyan la armonía de las leyes universales, del mismo modo que si se adelanta o retrasa la aguja de un reloj, no se anula la ley del movimiento en el que se basa su mecanismo. Dios puede, por consiguiente, acceder a ciertas súplicas sin derogar la inmutabilidad de las leyes que rigen el conjunto, pero su consentimiento siempre está subordinado a su voluntad.

 

 

De esta máxima: “Todo lo que pidáis en la oración, creed que os será concedido”, sería ilógico deducir que basta con pedir para obtener, como sería injusto acusar a la Providencia si no atendiera todas las súplicas que se le hacen, puesto que sabe mejor que nosotros lo que nos conviene. De ese modo procede un padre prudente que rehúsa a su hijo las cosas que son contrarias a los intereses de este último. En general, el hombre sólo ve el presente. Ahora bien, si el sufrimiento resulta útil para su felicidad futura, Dios dejará que sufra, así como el cirujano permite que un enfermo padezca los dolores de una operación que le deparará la cura.

 

 

Lo que Dios le concederá al hombre, si este lo pide con confianza, es el valor, la paciencia y la resignación. Asimismo, habrá de concederle los medios para que él mismo se libere de las dificultades, con la ayuda de ideas que le sugerirá a través de los Espíritus buenos, y le dejará de esa forma el mérito de su decisión. Dios asiste a los que se ayudan a sí mismos, según esta máxima: “Ayúdate, que el Cielo te ayudará”, y no a los que todo lo esperan de un socorro ajeno, sin emplear sus propias facultades. No obstante, en casi todas las ocasiones, el hombre preferiría ser socorrido por un milagro, sin hacer nada de su parte.

 

 

Pongamos el ejemplo de un hombre que está perdido en el desierto. Padece una sed terrible. Se siente desfallecer y cae en el suelo. Ruega a Dios que lo asista, y espera. Pero ningún ángel acude a darle de beber. Sin embargo, un Espíritu bueno le sugiere la idea de que se levante y tome uno de los senderos que se presentan ante él. Entonces, mediante un movimiento automático, reúne las fuerzas que le quedan, se levanta y camina a la ventura hasta que, desde una colina, descubre a lo lejos un arroyo. Al divisarlo recobra el ánimo. Si tiene fe, exclamará: “Gracias, Dios mío, por la idea que me inspiraste y por la fuerza que me diste”. Si no tiene fe, dirá: “¡Qué buena idea he tenido! ¡Qué suerte la mía, que tomé el camino de la derecha en vez del de la izquierda! ¡La casualidad, en ocasiones, nos sirve realmente! ¡Cuánto me felicito por mi valor y por no haberme dejado abatir!”

 

 

Con todo, habrá quien diga: “¿Por qué el Espíritu bueno no dijo claramente a ese hombre: Sigue este sendero, y al final de él encontrarás lo que necesitas? ¿Por qué no le mostró el camino, para guiarlo y sostenerlo cuando desfallecía? De esa manera el Espíritu lo habría convencido de la intervención de la Providencia”. Responderemos, en primer lugar, que el Espíritu se propuso enseñarle que debe ayudarse a sí mismo y emplear sus propias fuerzas. Después, mediante la incertidumbre, Dios pone a prueba la confianza que se deposita en Él, así como la sumisión a su voluntad. Ese hombre estaba en la situación de un niño que se cae y que, si ve a alguien, grita y espera que lo vayan a levantar. Si no ve a nadie, hace esfuerzos y se levanta por sí solo.

 

 

Si el ángel que acompañó a Tobías le hubiese dicho: “Soy el enviado de Dios para guiarte en tu viaje y preservarte de todo peligro”, Tobías no habría tenido ningún mérito. Confiado en su compañero, no hubiera tenido necesidad de pensar. Por eso el ángel no se dio a conocer hasta que regresaron.



Acción de la oración. Transmisión del pensamiento

 

La oración es una invocación. A través de ella nos ponemos, con el pensamiento, en relación con el ser a quien se la dirigimos. Puede tener por objeto hacer un pedido, agradecer o alabar. Podemos orar por nosotros mismos y por los demás, por los vivos y por los muertos. Las oraciones dirigidas a Dios son escuchadas por los Espíritus encargados de ejecutar su voluntad. Las que se dirigen a los Espíritus buenos son transmitidas a Dios. Cuando alguien ora a otros seres y no al Señor, no hace más que recurrir a intermediarios, a intercesores, porque nada puede hacerse sin la voluntad de Dios.

 

 

El espiritismo permite comprender la acción de la oración, porque explica el modo sobre cómo se transmite el pensamiento, ya sea que el ser a quien oramos atienda nuestro llamado, o que simplemente llegue hasta él nuestro pensamiento. A fin de que comprendamos lo que sucede en esa circunstancia, debemos imaginar que todos los seres, estén encarnados o desencarnados, se hallan sumergidos en el fluido universal que ocupa el espacio, tal como nosotros nos encontramos, en este mundo, dentro de la atmósfera. Ese fluido recibe un impulso de la voluntad. Es el vehículo del pensamiento, del mismo modo que el aire lo es del sonido, con la diferencia de que las vibraciones del aire están circunscritas, mientras que las del fluido universal se extienden hasta lo infinito.

 

 

Así pues, cuando el pensamiento se dirige hacia algún ser, tanto si se encuentra en la Tierra o en el espacio, ya sea de un encarnado hacia un desencarnado o de un desencarnado hacia un encarnado, se establece entre uno y otro una corriente fluídica que transmite el pensamiento, igual que el aire transmite el sonido. La energía de la corriente es proporcional al poder del pensamiento y de la voluntad. De ese modo, los Espíritus oyen la oración que se les envía –sea cual fuere el lugar donde se encuentren–, se comunican entre sí, y nos transmiten sus inspiraciones. De ese modo, también, se establecen las relaciones a distancia entre los encarnados.

 

 

Esta explicación está dirigida en especial a los que no comprenden la utilidad de la oración puramente mística. No tiene como objetivo materializar la oración, sino hacer comprensibles sus efectos, mediante la demostración de que puede ejercer una acción directa y efectiva. Con todo, dicha acción no deja por ello de hallarse subordinada a la voluntad de Dios, el juez supremo de todas las cosas, y el único capaz de hacer que resulte eficaz.

 

 

 A través de la oración el hombre atrae la asistencia de los Espíritus buenos, que se acercan para sostenerlo en sus buenas resoluciones y para inspirarle pensamientos de bien. El hombre adquiere así la fuerza moral necesaria para vencer las dificultades y regresar al camino recto, en caso de que se haya desviado. Del mismo modo puede también apartar de sí los males que atraería a causa de sus propias faltas. Un hombre, por ejemplo, que comprende que su salud está deteriorada por los excesos que ha cometido, y que arrastra hasta el fin de sus días una vida de sufrimiento, ¿tendrá derecho a quejarse si no consigue la curación que se propone? No, pues habría podido encontrar en la oración la fuerza necesaria para resistir a las tentaciones.

 

 

Si dividimos en dos partes los males de la vida, una parte constituida por los males que el hombre no puede evitar, y la otra por las tribulaciones de las cuales él mismo es la principal causa, tanto por su indolencia como por sus excesos, se verá que la segunda supera en un gran número a la primera.

 

 

Así pues, es evidente que el hombre es el responsable de la mayor parte de sus aflicciones, y que estaría librado de ellas si procediese en todas las circunstancias con sabiduría y prudencia. No es menos cierto que esas miserias son la consecuencia de nuestras infracciones a las leyes de Dios, y que si observáramos puntualmente esas leyes seríamos felices por completo. Si no fuéramos más allá de lo necesario, en lo que se refiere a la satisfacción de nuestras necesidades, no padeceríamos las enfermedades que resultan de los excesos, ni experimentaríamos las vicisitudes que esas enfermedades acarrean. Si estableciéramos un límite para nuestra ambición, no nos preocuparía quedar en la ruina. Si no quisiéramos subir más alto de lo que podemos, no temeríamos caer. Si fuésemos humildes, no sufriríamos las decepciones del orgullo rebajado. Si pusiéramos en práctica la ley de caridad, no denigraríamos a los otros, no seríamos envidiosos, vanidosos, ni celosos, y evitaríamos las disputas y las disensiones. Si no hiciéramos mal a nadie, no temeríamos las venganzas, etc.

 

 

Supongamos que el hombre no pudiera hacer nada para evitar los otros males, y que las oraciones fueran inútiles para preservarlo de ellos, ¿no sería suficiente con que pudiera evitar todos los que provienen de su forma de proceder? Ahora bien, en esta circunstancia se concibe fácilmente la acción que ejerce la oración, porque esta tiene por objeto atraer la inspiración saludable de los Espíritus buenos, y solicitarles fuerza para resistir a los malos pensamientos, cuya realización puede resultar funesta para nosotros. En ese caso, ellos no apartan el mal, sino que desvían de nosotros el mal pensamiento que puede causar el mal. En nada obstaculizan los designios de Dios, ni suspenden el curso de las leyes de la naturaleza, sino que impiden que nosotros las transgredamos, encauzando hacia ellas nuestro libre albedrío. De todos modos, lo hacen sin que lo notemos, de una manera oculta, para no sojuzgar nuestra voluntad. El hombre se encuentra entonces en la posición de aquel que solicita buenos consejos y los pone en práctica, pero conserva la libertad de seguirlos o no. Dios quiere que así suceda para que el hombre sea el responsable de sus actos y a este le corresponda el mérito de haber elegido entre el bien y el mal. Eso es lo que el hombre siempre puede tener la certeza de recibir, si lo solicita con fervor, y a eso pueden aplicarse, en especial, estas palabras: “Pedid y se os dará”. La eficacia de la oración, aun reducida a esa proporción, ¿no daría resultados inmensos?

 

 

Estaba reservado al espiritismo mostrarnos sus logros, mediante la revelación de las relaciones que existen entre el mundo corporal y el mundo espiritual. No obstante, los efectos de la oración no se limitan a los que acabamos de señalar. La oración es recomendada por todos los Espíritus. Renunciar a la oración es ignorar la bondad de Dios; es rechazar, en cuanto a nosotros mismo, su asistencia; y en cuanto a los otros, es despreciar el bien que podemos hacerles.

 

 

Al atender la súplica que se le dirige, Dios tiene, muchas veces, el propósito de recompensar la intención, el sacrificio y la fe del que ruega. Por ese motivo la oración del hombre de bien tiene más merecimiento en relación con Dios, y siempre es más eficaz que la del hombre vicioso o malvado, porque este no puede orar con el fervor y la confianza que sólo se consigue con un sentimiento de auténtica piedad. Del corazón del egoísta, de aquel que ora con los labios, sólo pueden salir palabras, pero no los impulsos de caridad que confieren a la oración todo su poder. Esto se comprende tan claramente que, por un movimiento instintivo, los que se encomiendan a las plegarias de otras personas, prefieren las de aquellas cuya conducta se considera agradable a Dios, porque son más fácilmente escuchadas.

 

 

Dado que la oración ejerce una especie de acción magnética, podría suponerse que su efecto se halla subordinado a la potencia fluídica, pero no es así. Como los Espíritus ejercen esa acción sobre los hombres, suplen, cuando es necesario, la insuficiencia del que ora, ya sea obrando directamente en su nombre, o bien confiriéndole momentáneamente una fuerza excepcional, en caso de que lo juzguen digno de ese favor, o porque eso puede ser útil. El hombre que no se crea suficientemente bueno para ejercer una influencia saludable, no por eso debe abstenerse de orar por sus semejantes, con la idea de que no es digno de ser escuchado. La conciencia de su inferioridad es una prueba de humildad siempre agradable a Dios, que toma en cuenta la intención caritativa que lo anima. Su fervor y su confianza en Dios son un primer paso en el sentido de su retorno al bien, circunstancia que los Espíritus buenos se sienten felices de estimular. La oración que se rechaza es la del orgulloso, que tiene fe en su propio poder y en sus méritos, y cree que puede sustituir a la voluntad del Eterno.

 

 

El poder de la oración reside en el pensamiento. No depende de las palabras, ni del lugar, ni del momento en que se hace. Se puede, pues, orar en todas partes y a toda hora, a solas o en conjunto. La influencia del lugar y de la duración está relacionada con las circunstancias que favorecen el recogimiento. La oración en conjunto ejerce una acción más poderosa cuando todos los que oran se asocian de corazón a un mismo pensamiento y se proponen el mismo objetivo, pues equivale a que muchos eleven su voz conjuntamente y al unísono. Pero ¡que importancia tendría que estuviese reunido un gran número de personas, si cada una obrara aisladamente y por su propia cuenta! Cien personas reunidas pueden orar como egoístas, mientras que dos o tres, unidas por una aspiración en común, rogarán como verdaderos hermanos en Dios, y su oración tendrá más poder que la de las otras cien. (Véase el Capítulo XXVIII, §§ 4 y 5).

 

 

Oraciones inteligibles

 

“Si yo no entiendo el significado de las palabras, seré un bárbaro para aquel a quien hablo, y el que me habla será un bárbaro para mí. – Si oro en una lengua que no entiendo, mi corazón ora, pero mi inteligencia queda sin fruto. – Si alabas a Dios sólo con el corazón, ¿de qué modo un hombre entre los que sólo entienden su propia lengua responderá amén cuando finalices tu acción de gracias, si no entiende lo que tú dices? No es que tu acción no sea buena, sino que los otros no se edifican con ella.” (San Pablo, Primera Epístola a los Corintios, 14:11, 14, 16 y 17.)

 

 

La oración sólo tiene valor en función del pensamiento que está asociado a ella. Ahora bien, es imposible relacionar un pensamiento con lo que no se comprende, pues lo que no se comprende no puede conmover el corazón. Para la inmensa mayoría de las personas, las oraciones hechas en un lenguaje incomprensible no son más que un conjunto de palabras que nada dicen al espíritu. Para que la oración conmueva, es necesario que cada palabra despierte una idea, y si esas palabras no se comprenden, no pueden despertar idea alguna. En ese caso, la oración se repite como una simple fórmula, cuya virtud dependerá de la cantidad de veces que se diga. Muchos oran por deber, otros en obediencia a las costumbres, razón por la cual consideran que han cumplido cuando han dicho una oración un determinado número de veces, atentos a tal o cual secuencia. Pero Dios lee en el fondo de los corazones, y ve el pensamiento y la sinceridad de cada uno. Así, considerar a Dios más sensible a la forma que al fondo sería menospreciarlo.

 

 

¿Es conveniente orar por los muertos y por los Espíritus que sufren?

 

Los Espíritus que sufren reclaman oraciones, que les son útiles porque de ese modo verifican que hay quien piensa en ellos, y entonces se sienten menos abandonados, menos desdichados. Pero la oración ejerce sobre ellos una acción más directa: les devuelve el ánimo, les infunde el deseo de elevarse a través del arrepentimiento y la reparación, y puede desviarlos de la idea del mal. En ese sentido, la oración no sólo es capaz de aliviar sus padecimientos, sino también de abreviarlos.

 

 

Algunas personas no admiten la oración por los muertos porque, según su creencia, el alma solamente tiene dos alternativas: la salvación o la condena a las penas eternas; de modo que tanto en uno como en otro caso la oración sería inútil. Sin discutir el valor de esa creencia, admitamos por algunos instantes la realidad de las penas eternas e irremisibles, y que nuestras oraciones sean impotentes para ponerles un término. Con base en esa hipótesis, preguntamos: ¿es lógico, caritativo y cristiano desechar la oración por los réprobos? Esas oraciones, por impotentes que sean para liberarlos, ¿no son para ellos una demostración de piedad que puede aliviar sus padecimientos?

 

 

En la Tierra, cuando un hombre está condenado a perpetuidad, aun cuando no exista ninguna esperanza de obtener el perdón para él, ¿estará prohibido a una persona caritativa cargar con sus cadenas para ahorrarle ese peso? Cuando alguien está atacado por un mal incurable, ¿hay que abandonarlo sin proporcionarle ningún alivio, sólo porque no existe esperanza de curación para él? Pensad que entre los réprobos puede encontrarse una persona a quien amasteis, un amigo, tal vez un padre, una madre o un hijo. Por el hecho de que ese ser no sea perdonado, según suponéis, ¿le negaríais un vaso de agua para calmar su sed, un bálsamo para curar sus llagas? ¿No haríais por él lo que por un presidiario? ¿No le daríais un testimonio de amor, un consuelo? Privarlo de todo eso no sería cristiano.

 

 

Una creencia que petrifica el corazón es incompatible con la creencia en un Dios que ubica el amor al prójimo en el primer lugar entre los deberes. Que las penas no sean eternas no implica la negación de una penalidad temporaria, porque Dios, en su justicia, no puede confundir el bien con el mal. Ahora bien, en ese caso, negar la eficacia de la oración sería negar la eficacia del consuelo, la posibilidad de infundir valor y de dar buenos consejos; sería negar la fuerza que tomamos de la asistencia moral de los que nos quieren bien.

 

 

Otros se basan en una razón más engañosa: la inmutabilidad de los decretos divinos. Dios, alegan, no puede modificar sus decisiones a pedido de sus criaturas. Si no fuera así, no habría estabilidad en el mundo. El hombre, pues, nada tiene que pedir a Dios, sólo le corresponde someterse y adorarlo. Existe en esa idea una falsa aplicación de la inmutabilidad de la ley divina; o mejor dicho, se ignora la ley en lo concerniente a las penas futuras. Esa ley es revelada por los Espíritus del Señor, ahora que el hombre ha madurado para comprender lo que, en materia de fe, es conforme o contrario a los atributos divinos. Según el dogma de la eternidad absoluta de las penas, no se toman en cuenta los remordimientos ni el arrepentimiento del culpable. Para él, todo deseo de mejorar es inútil: está condenado a permanecer perpetuamente en el mal.

 

 

Si ha sido condenado por un tiempo determinado, la pena habrá de cesar cuando el tiempo haya expirado. Pero ¿quién podrá garantizar que entonces sus sentimientos serán mejores? ¿Quién podrá afirmar que, a ejemplo de muchos de los condenados de la Tierra, a su salida de la cárcel no será tan malo como antes? En el primer caso, sería mantener en el dolor del castigo a un hombre que regresó al bien. En el segundo, sería conceder una gracia a alguien que sigue siendo culpable. La ley de Dios es más previsora que eso. Siempre justa, equitativa y misericordiosa, no establece ninguna duración para la pena, sea cual fuere. Dicha ley se resume de este modo:  “El hombre sufre siempre las consecuencias de sus faltas. No hay una sola infracción a la ley de Dios que no conlleve su sanción. ”La severidad de la expiación es proporcional a la gravedad de la falta.

 

 

”La duración del correctivo es indeterminada, cualquiera que sea la falta, y está subordinada al arrepentimiento del culpable y a su retorno al bien. La expiación dura tanto como la obstinación en el mal. Sería perpetua si la obstinación fuera perpetua. Es de corta duración si el arrepentimiento es inmediato.

 

 

Desde el momento en que el responsable reclama misericordia, Dios lo escucha y le concede esperanza. Pero el simple remordimiento por haber incurrido en el mal no es suficiente; falta la reparación. Por eso el responsable es sometido a nuevas pruebas, en las cuales puede, siempre por su voluntad, practicar el bien para reparar el mal que ha hecho. Así pues, el hombre es constantemente el árbitro de su propia suerte. Puede abreviar su suplicio o prolongarlo indefinidamente. Su felicidad o su desventura dependen de su voluntad de practicar el bien.” Esa es la ley; ley inmutable y conforme con la bondad y la justicia de Dios.

 

 

El Espíritu responsable y desdichado siempre puede, de esa manera, salvarse a sí mismo. La ley de Dios le dice cuáles son las condiciones para hacerlo. Lo que más a menudo le falta es la voluntad, la decisión y el valor. Si con nuestras oraciones le inspiramos esa voluntad, si lo amparamos y le infundimos valor; si con nuestros consejos contribuimos a la comprensión que le falta, en vez de solicitar a Dios que derogue su ley, nos convertimos en los instrumentos para el cumplimiento de su ley de amor y caridad, en la cual Él nos permite participar de ese modo, para que nosotros mismos demos una prueba de caridad.

 

 

Rogar por el espíritu obsesor, es devolverle bien por mal, y esto es ya una superioridad. Con perseverancia se acaba, en las más de las veces, por guiarlo de nuevo a mejores sentimientos y se consigue hacer de un perseguidor un agradecido.

En resumen, la oración ferviente y los esfuerzos serios para mejorarse, son los únicos medios de alejar los malos Espíritus, los cuales reconocen a sus maestros, en aquellos que practican el bien, mientras que las formulas les causan risa, la cólera y la impaciencia los excitan. Es menester cansarlos mostrándose más paciente que ellos.

 

 

¿Cuál es el mejor modo de orar?

 

El primer deber de toda criatura humana, el primer acto que debe señalar su vuelta a la vida activa de cada día, es la oración. Casi todos vosotros oráis, pero ¡cuán pocos son los que saben hacerlo! ¡Qué importan al Señor las frases que pronunciáis mecánicamente, que habéis convertido en un hábito, en un deber que cumplís y que, como todo deber, os resulta una carga! La oración del cristiano, del espírita, cualquiera que sea su culto, debe ser realizada tan pronto como el Espíritu haya vuelto al yugo de la carne.

 

 

Debe elevarse a los pies de la Majestad Divina con humildad, con profundidad, en un impulso de reconocimiento por todos los beneficios recibidos hasta ese día; por la noche que ha transcurrido, durante la cual se os permitió, aunque sin tener conciencia de ello, ir a ver a vuestros amigos, a vuestros guías, para absorber mediante el contacto con ellos más fuerza y perseverancia.

 

 

La oración debe elevarse humildemente hasta los pies del Señor, para confiarle vuestra debilidad, suplicarle amparo, indulgencia y misericordia. Debe ser profunda, porque vuestra alma debe elevarse hasta el Creador y transfigurarse como Jesús en el Tabor, de modo de llegar hasta Él pura y radiante de esperanza y de amor. Vuestra oración debe contener el pedido de las gracias que os son necesarias, pero de las que necesitáis realmente. Inútil sería, por lo tanto, solicitar al Señor que abrevie vuestras pruebas y que os brinde goces y riquezas.

 

 

Rogadle que os conceda los bienes más preciosos de la paciencia, la resignación y la fe. No aleguéis, como lo hacen muchos entre vosotros: “No vale la pena orar, porque Dios no me escucha”. En la mayoría de los casos, ¿qué es lo que pedís a Dios? ¿Habéis pensado alguna vez en pedirle vuestro mejoramiento moral?. Lo que preferentemente os acordáis de solicitarle es el éxito de vuestras empresas terrenales, y habéis exclamado a menudo: “Dios no se ocupa de nosotros. Si lo hiciera, no habría tantas injusticias!. Si descendieseis al fondo de vuestra conciencia, casi siempre hallaríais en vosotros mismos el origen de los males de que os quejáis. Pedid, pues, ante todo, vuestro mejoramiento, y veréis qué torrente de gracias y consuelos se derramará sobre vosotros.

 

 

Debéis orar sin cesar, sin que por eso os retiréis a vuestro oratorio u os pongáis de rodillas en las plazas públicas. La oración durante el transcurso del día consiste en el cumplimiento de vuestros deberes, de todos vuestros deberes, sin excepción, sea cual fuere su naturaleza. ¿Acaso no realizáis un acto de amor al Señor cuando asistís a vuestros hermanos en alguna necesidad, tanto moral como física? ¿No practicáis un acto de reconocimiento al elevar a Él vuestro pensamiento cuando sois felices, cuando os salváis de un accidente, incluso cuando una simple contrariedad apenas roza vuestra alma, si decís con el pensamiento: ¡Bendito seas, Padre mío!? ¿No es un acto de contrición el hecho de que os humilléis ante el Juez Supremo cuando sentís que habéis cometido una falta, aunque sólo sea mediante un pensamiento fugaz, para decirle: Perdóname, Dios mío, porque he errado (por orgullo, por egoísmo o por falta de caridad). Dame fuerzas para que no vuelva a equivocarme y el valor necesario para reparar mi falta.

 

 

Eso es independiente de las oraciones regulares de la mañana y de la noche, y de las de los días consagrados. Como veis, la oración puede realizarse a cada instante, sin interrumpir en lo más mínimo vuestras actividades. Por el contrario, en ese caso la oración las santifica. Creed que uno solo de esos pensamientos, si brota del corazón, es más escuchado por vuestro Padre Celestial que esas largas oraciones dichas por costumbre, a menudo sin un motivo determinado, a las cuales sois convocados automáticamente a una hora convenida. (V. Monod. Burdeos, 1868.)

 

 

Bibliografía

 

1. KARDEC, Allan. El Evangelio según el Espiritismo. Capítulo XXVII, ítem 6.

2. __________. Ítem 9.

3. __________. Ítem 11.

4. __________. Ítem 12.

5. __________. Ítem 22.

6. __________. Ibídem.

7. __________. Ibídem.

8. __________. Capítulo XXVIII, ítem 2.

9. __________. El Libro de los Espíritus. Pregunta 659.

- KARDEC, Allan. Obras Póstumas. Capítulo 7 De la obsesión.

10. DENIS, León. Después de la Muerte. Quinta parte, cap. LI (La oración).

11. XAVIER, Francisco Cândido. Acción y Reacción. Dictado por el Espíritu André Luiz. Cap. 19 (Sanciones y auxilios).

12. __________. Misioneros de la Luz. Dictado por el Espíritu André Luiz. Cap. 6 (La oración).

13. __________. Ibídem.

14. __________. Los Mensajeros. Dictado por el Espíritu André Luiz. Cap. 25 (Efectos de la oración).

15. __________. Viña de Luz. Dictado por el Espíritu Emmanuel. Cap. 98 (La oración renueva).

16. VINICIUS. Nas Pegadas do Mestre. 9. ed. Rio de Janeiro: FEB, 1995. (Rezar e orar),

p. 135.

17. Divaldo Franco/Joanna de Ángelis. Momentos de Salud.

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