Presidenta: Solveig Nordström

Asociación sin ánimo de lucro. Inscrita en la Federación Espírita Española.

"Tendré siempre mis oídos abiertos para escuchar el llanto de alguien y mis ojos estarán observando para descubrir a los solitarios, escondidos en los pliegues de su manto de amargura" (Rabindranath Tagore)

9 de noviembre de 2019

ESPIRITAS PIONEROS


CAPITAN LAGIER





 






Forma parte el capitán Lagier de esa pléyade de personajes hoy en día desconocidos que alcanzaron fama en su tiempo para dormir luego el sueño del olvido pero mereciendo que su trayectoria se recuerde y perpetúe en obras como la presente, más teniendo en cuenta las labores humanitarias que desempeñó, unas veces por propia iniciativa y otras por encargo de otros, inmerso en una vida plena de aventuras y desgracias propias de cualquier novela.

Quien esto escribe también lo incluyó en su serie de personalidades alicantinas que injustamente pasaron al anonimato y que fuera publicada desde hace más de tres décadas en los domingos del diario 'Información'. Precisamente fue Ramón Lagier el que iniciara esta colección el 29 de octubre de 1978.

Ya entonces descubrí la fecha exacta de su nacimiento pues, al existir una carencia grande de bibliografía, ciñéndonos fundamentalmente al libro del erudito ilicitano Pedro Ibarra Ruiz titulado 'R. Lagier. Apuntes para ilustrar la biografía del bravo capitán del Buenaventura', figuraban datos contradictorios tanto en el día como en el año. Se da la circunstancia de que él mismo, en artículo publicado en 'La Irradiación' en 1894 manifiesta tener setenta y cinco años; y en carta dirigida al director del periódico 'La Justicia' un año después, afirma "yo vine a este mundo el año 20".

También ha habido textos en los que se ha considerado a este personaje originario de Elche, ciudad con la que sí estuvo muy vinculado, cayendo en este error el mismísimo Benito Pérez Galdós cuando lo hace protagonista destacado en unos de sus Episodios Nacionales, tema del que hablaremos más adelante.

En fin, consultada la partida de bautismo en el Archivo Parroquial de la alicantina concatedral de San Nicolás de Bari, podemos certificar que "a la 1,30 de la madrugada del 12 de marzo de 1821 fue alumbrado un niño que, al recibir las aguas del bautismo de manos del cura Miguel Lugar, tomó los nombres de Ramón Eulogio Bonaventura, siendo sus apellidos Lagier Pomares Calpena Sánchez". Curiosamente sería el barco 'Buenaventura' quien más fama le daría en su vida como marino.


Vino al mundo en el número cuatro de la calle de la Princesa, rotulada desde 1910 como de Rafael Altamira, justo entre las actuales Rambla de Méndez Núñez y calle de Alberola Romero. En la fachada de su casa lució tiempo una placa que recordaba tal circunstancia; casualmente, en esa misma finca nacería dos décadas después el abogado y ministro de la I República Eleuterio Maisonnave con quien mantuvo Lagier relación personal y política, teniendo ambos un apellido de origen francés. Era su padre, llamado igualmente Ramón, un acaudalado comerciante capitalino educado en Inglaterra, y su madre, de nombre Teresa, hija de acomodados labradores de la partida ilicitana de Valverde.

Cuando solamente contaba dos años de edad, concluía en España ese fugaz respiro progresista que se llamó el Trienio Liberal y los huesos de su padre, Ramón Lagier Calpena fueron a parar a los calabozos del castillo de San Fernando con otros muchos enemigos del absolutismo de Fernando VII. Aquello se convirtió en la primera dura vivencia de nuestro personaje que iba allí a visitarlo y con el tiempo abrazaría los mismos ideales de su progenitor que consiguió fugarse de su prisión, huir en una embarcación holandesa que naufragaría y sin embargo sobrevivir exiliado en Londres.

Tal circunstancia obligó poco después a su madre a marchar con su familia a Elche donde pasó la infancia. Enamorado de ese mar por el que había conseguido su padre la libertad, cursó estudios de Náutica en Alicante y con sólo catorce años embarcó en el pailebote 'San José' que se vino a pique en la Nochebuena de 1836. Dos años más tarde consiguió el título de tercer piloto y en los albores de 1840, sin haber cumplido aún los 19 años, ya capitaneó su primer barco, el laúd de nombre 'La Esperanza' al que siguieron otros que le fueron granjeando fama de hábil y capacitado navegante.

En 1854 sufrió Alicante una de sus terribles epidemias de cólera, tristemente famosa ésta por diezmar a la población, muriendo hasta el propio gobernador civil Trino González de Quijano cuya labor humanitaria alcanzó una repercusión nacional, erigiéndosele un monumental panteón que hoy perdura, como es bien sabido, junto a la plaza de toros. En 47 días de agosto y septiembre fallecieron 1.864 personas sobre una población de 10.000, parte de la cual había huido al campo. Una de aquellas víctimas sería la mujer de Lagier el cual también perdió a sus suegros, cuñados y sobrinos.

Como pasara buena parte de su vida embarcado, tuvo que hacerse cargo de sus cuatro hijos. Dolorosamente impactado por la viudedad y la desaparición de toda su familia política, marchó a Roma. Allí recibió la noticia de su nombramiento como capitán del 'Hamburgo', el primer vapor mercante con el que contó España y con el que sufriera un grave percance al abordar, a la salida de Southhampton, a una fragata holandesa que quedó partida en dos y de la que salvó milagrosamente la vida toda la tripulación. Ello ocurriría también en otra Nochebuena, la de 1856.

Convertido en uno de los más reputados marinos mercantes de España, lo contrató la potente compañía de Antonio López y López, marqués de Comillas, que le permitió realizar trayectos entre Alicante y Marsella, ciudad ésta en la que pasaba tres días libres lo que le animó a trasladar allí a sus cuatro hijos para poder estar el mayor tiempo posible con ellos. Quedaron al cuidado de Emmanuel Olivieri, consignatario de la naviera antes citada en aquel puerto francés, hombre célibe de reconocida honorabilidad vinculado a la Compañía de Jesús y banquero de todas las instituciones religiosas marsellesas.


Su valor ilimitado unido a su talante generoso y heroico, hicieron posible el que en 1859 el gobierno francés le concediera, por sus actos de salvamento y servicios a la humanidad, una medalla de plata con la efigie del emperador Napoleón III y la siguiente dedicatoria: "A Raymond Lagier, capitán de navío español de Alicante. Servicios a la marina mercante francesa 1859". En el diploma que se le acompañaba se hacía constar que la concesión se hacía por el socorro prestado al navío francés 'Victor Henriette' el 4 de diciembre de ese precitado año.

Con posterioridad también se le recompensaría por los actos de heroísmo y abnegación mostrados en el salvamento de la tripulación y viajeros del bergantín 'Salvador' y el vapor 'Marsella', siendo igualmente distinguido por el rey Guillermo I de Prusia

Pero volvamos a la vida cotidiana del capitán Lagier que aún se vería sacudida por terribles acontecimientos del que fueron dolorosas víctimas tres de sus descendientes. En efecto, su hijo Vicente fallecería a los doce años en la buhardilla de 'le petit seminaire' jesuita de Marsella, en extrañas circunstancias, sin médico que quisiera certificar las causas de la defunción y con evidencias claras de haber sido sodomizado. De otro lado, sus dos hijas, Teresa y Esperanza, cayeron víctimas de los abusos sexuales de Olivieri que, haciendo pública gala de virtudes cristianas, escondía un carácter depravado y libidinoso que descargó sobre las chicas que sufrieron tal trauma que las llevó a la tumba. Ello ocurriría en 1861 y estas horribles circunstancias generaron en Ramón Lagier un lógico y profundo anticlericalismo, sobre todo contra los jesuitas.

El escándalo propiciado por estos hechos tuvo su repercusión en toda Europa; pero finalmente las influencias del todopoderoso Olivieri y de la propia Compañía de Jesús, hicieron que no se declarase ningún culpable de pederastia o violación y que se llegara a tildar a Lagier de loco y a sus hijas de llevar una vida licenciosa, perdiendo en los pleitos muchísimo dinero en abogados y sufriendo campañas de desprestigio.

Tal desesperación le llevaba a deambular sin rumbo fijo por Marsella en busca de "un socorro que no venía" hasta que un día observó en el escaparate de una librería de la calle Saint Ferreol una obra que se acababa de recibir y cuyo título le llamó la atención: 'El libro de los Espíritus' del que era su autor Allan Kardec. Su lectura le embelesó de tal manera que el espiritismo fue su tabla de salvación que le hizo, a través de su práctica, mantener su fe en Dios y "la comunicación con sus queridos parientes". Llegó a decir: "El espiritimo es el derrotero más seguro para llegar al puerto de salvación en el viaje de esta vida, rodeada de escollos y tormentas que nadie ha experimentado más que este humilde".


Volvió Lagier en 1863 a capitanear un barco, en esta ocasión un vapor llamado 'Le Monarch' (El Monarca) con el que, paradójicamente, iniciaría sus intrigas antimonárquicas. En sus bodegas escondía a revolucionarios y traía las obras espiritistas de Kardec, que luego difundía por Barcelona discretamente, al estar prohibidas.

Fue ganando tal fama en los ambientes progresistas que Emilio Castelar, más adelante presidente de la I República, le solicitó ayuda económica al haberle impuesto el Gobierno de Isabel II un total de 47 sanciones por un artículo titulado 'El Rasgo' que atacaba una actitud de la reina y que había publicado en su periódico 'La Democracia' en abril de 1865, costándole además la pérdida de su cátedra de Historia de España en la Universidad Central, lo que desencadenó una revuelta estudiantil. Castelar, muy vinculado con Elda, llamó a Lagier "paisano mío, antiguo amigo de mi casa".

Abortada por O´Donnell la insurrección de 1866 comandada por Prim, Pierrard y Contreras, escribió Lagier al primero de ellos, exiliado en Londres, ofreciéndole su viejo vapor para lo que dispusiera. El conde de Reus le contestó diciéndole textualmente "es usted mi hombre". Desde entonces mantendrían una férrea amistad.

Enseguida le encomendó el general Prim una valiosa misión, la de salvar al comandante Benito Ferré, condenado a muerte y oculto en el campo de Tarragona, cumpliendo su tarea con eficaz presteza.

Pero 'El Monarca' era ya una embarcación vetusta y lenta que pudo cambiar Lagier, tras convencer a los armadores Butler, por otro barco de mayores prestaciones, el 'Buenaventura', anteriormente llamado 'Harrier' y protagonista, como buque de guerra, de la revolución garibaldina. Con él marchó rumbo al puerto canario de La Orotava para liberar al deportado general Serrano que trasladó hasta Cádiz justo el mismo 18 de septiembre de 1868, cuando Prim se acababa de levantar en armas. Triunfante la 'Revolución Gloriosa' que llevó a la reina Isabel II camino de un exilio definitivo, se dirigió Lagier a Lisboa para recoger a doce militares adictos así como a Madeira para rescatar también audazmente a ciento once oficiales deportados en aquella isla.

Como ya apuntamos anteriormente, las hazañas de Lagier figuran descritas por Galdós en 'La de los tristes destinos', último de los Episodios Nacionales de la cuarta serie, tras 'Prim', donde narra las vicisitudes de la Revolución de 1868. Ese año publicó en Marsella su libro autobiográfico 'Algún miedo tuve' donde también incluye reflexiones políticas y filosóficas, llegando su fama a tal nivel, que le obligó a viajar por diferentes capitales como Madrid, Barcelona o Sevilla para impartir conferencias.

La enorme amistad con Prim le hizo hasta desistir de criticarle la determinación de aquél encaminada a darle una salida monárquica al conflicto de España, trayendo de Italia a Amadeo de Saboya como nuevo rey. Lagier quería por encima de todo la solución republicana. Siendo Juan Prim y Prats jefe del Gobierno, mandó en 1870 a Lagier a Nueva York para pactar con el líder independentista cubano Carlos Manuel de Céspedes, proclamado presidente de la República en Armas, y en funciones de mediador gubernamental, una solución pacífica al conflicto secesionista de la isla caribeña. Se iban a llevar las negociaciones con tal secreto que fue con nombre falso y esperando enlaces en la ciudad norteamericana. Cuando llegó a ella, se enteró del asesinato de Prim, nadie se puso en contacto con él, se costeó la estancia y tuvo que volver a España.


Ya en Alicante rehusó los cargos y honores que se le ofrecían aunque fue en 1872 teniente de alcalde de su Ayuntamiento y, según su propia confesión, fugaz alcalde de la ciudad antes de proclamarse la I República, aunque esta circunstancia no consta en documento alguno, tal vez por ejercerlo de manera accidental.



A pesar de su comprobada animadversión hacia los jesuitas, se presentó como candidato del Comité Democrático a diputado a Cortes por Orihuela, "la ciudad más levítica de España", según dijera, y cuyo colegio de Santo Domingo estaba regentado por la Compañía de Jesús. Salió elegido por un amplio margen de votos pero Sagasta invalidó aquellas elecciones por lo que Lagier se desengañó definitivamente de la política, marchó con su segunda mujer, médium y espiritista ilustrada de la que tuvo un hijo, a su finca de Valverde, en el campo de Elche, rodeado de la naturaleza. Entonces llegó a escribir, parafraseando a Dumas: "En el campo está Dios y en el mar se conoce".

A pesar de su vida retirada y tranquila, siguió participando en actos del Partido Republicano Progresista que fundara en 1880 Ruiz Zorrilla, presidió la Unión Labradora ilicitana y colaboró en asociaciones espiritistas alicantinas.


En 1894 se instaló definitivamente en el casco urbano de Elche donde murió el jueves 28 de octubre de 1897. Su entierro constituyó una impresionante manifestación de duelo, pronunciando sentidas glosas a su figura los destacados republicanos locales José López Campello y Joaquín Santo Boix, así como Rafael Sevila Linares, director del diario alicantino 'La Unión Democrática' en el cual escribiera a menudo el finado.

'El Heraldo de Madrid', entre otros periódicos nacionales, publicó una laudatoria semblanza de Lagier al que llamó "honrado demócrata" y cuya azarosa vida estuvo caracterizada por una limpia entrega a ideales nobles basados en el servicio al prójimo, salvando múltiples vidas en la mar y trabajando en tierra por todo aquello que supusiera bienestar y progreso para la humanidad.

El 27 de agosto de 1904 decidió el Ayuntamiento de Elche rotular con el nombre de Capitán Lagier la entonces llamada calle del Mesón de Tadea. El 24 de mayo de 1956 el consistorio cambió el nombre por el de Pío XII, recuperándose de nuevo para el callejero la denominación de Lagier en democracia.

Por su parte en Alicante se llamó Capitán Lagier a la calle actualmente rotulada como de Monforte del Cid en el barrio de Carolinas. La decisión, tomada tras la guerra civil, no se ha hecho cambiar hasta la actualidad del nomenclátor capitalino.


Federación Espírita Española (Biografías)

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