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21 de marzo de 2020

EDUCACIÓN PARA LA MUERTE II


La muerte según el espiritismo



Morir es nacer. No temáis la muerte.

Como fenómeno fisiológico, la muerte es como el nacimiento. El hombre nace sin dolor y sin conciencia del suceso. El hombre muere sin dolor también, y, por lo común, sin darse cuenta de la mutación de su ser.

Aparte de las molestias acarreadas por la enfermedad, el fenómeno de la separación del espíritu del cuerpo no engendra dolores físicos, y se parece a un sueño del que se despierta en la inmensidad de lo infinito, y allí la inteligencia recobra y ensancha en lucidez, se siente ya sin cuerpo, dándose entonces razón de que ha muerto en la existencia orgánica y que acaba de nacer a la vida libre. 

Mas allá de la tumba no están la nada, la oscuridad, ni la noche eterna. Todos los átomos del cadáver vuelven al universo para entrar en el círculo perpetuo de la creación, y al dejar de ser parte de una organización humana, van a convertirse en aire respirable para otros seres, a trasformarse en savia de las plantas, en perfume de las flores, en vapores de las nubes, en gotas del rocío y en agua de las fuentes.

El oxigeno que os vivifica y hace latir vuestras arterias, el azoe que toma plasticidad en vuestros tejidos, los óxidos y sales que las dan consistencia, han estado en las organizaciones de vuestros padres: los aromas que embalsaman los floridos campos, y que con placer aspiráis los vivos, contienen átomos que han sido parte constitutiva de los cuerpos de vuestros hijos y de vuestros hermanos: la disgregación de sus esqueletos presta elementos a los frutos con que os alimentáis y se disuelven en el agua con que mitigáis vuestra sed.

Este es el circulo eterno de la materia, siempre en movimiento y siempre viva.
El fenómeno al que dais el nombre de muerte son transformaciones necesarias para su progreso. Lo mismo en la materia que en el espíritu, morir es renacer, cambiar de forma la vida; pero en rigor nada muere, en el sentido que generalmente se da a esta fatídica palabra.

La materia, que había estado aprisionada por un tiempo más o menos largo, constituyendo la parte Plástica del hombre, adquiere libertad y se sumerge en el giro eterno del Universo.

El fluido vital, que era el lazo de unión de todos los átomos y la causa de todas las sinergias conservadoras, restringe su difusibilidad, abandona la periferia de la organización, se concentra en los órganos más importantes, cerebro, corazón y pulmones, retírase de estos también, a la manera como el calor se va de un cuerpo que se enfría, y la esencia de la vida se marcha con el espíritu para comenzar otra fase de la existencia, para realizar otra etapa en el progreso sin fin, que es la Ley de todo lo creado.

Aquel que se ha perfeccionado suficientemente, y si además la antorcha del espiritismo iluminó su razón durante su vida material, la transición de la existencia material a la existencia espiritual es tranquila y dichosa, y la inteligencia penetra en el mundo de la luz, donde nada está oscuro, ni nada es opaco, donde todos los cuerpos aparecen transparentes para el espíritu, donde se ve sin ojos, se oye sin oídos y se habla sin lengua; por que se ve, se toca, se habla y se siente con el pensamiento y la conciencia.

En ese nuevo mundo aguardan al espíritu mayores progresos y más grandes perfecciones, porque todo progreso realizado es la preparación para otro superior; y de este modo la inteligencia del universo, repartida en todos los seres, después de circular por la materia, se acumula en torno de la causa increada, formando todas las almas puras el periespíritu de Dios, fundiéndose en colectividades de seres idénticos cuando han llegado a las mayores perfecciones, y constituyendo una unidad de todas las individualidades que han alcanzado el mismo grado de progreso espiritual. 




No lloréis los que os quedáis por los que se van, porque ellos no dejan de estar entre vosotros, aunque hayan franqueado el pórtico del templo de la verdadera luz, pues desde su nueva morada irradian un fluído beneficioso hasta vuestro espíritu;


 y cuando llegue a vosotros el turno de abandonar este planeta, saldrán sonrientes a recibiros y a envolveros en el éter universal, instruyéndoos en las maravillas de la creación y en los ulteriores destinos de vuestro ser, para que veáis convertida en realidad, por vuestros esfuerzos de estudio y de amor, la gran aspiración de todos, que es comprender la inteligencia suprema. Y la comprenderéis, porque estaréis fundidos en ella, y seréis la fuerza que realice sus pensamientos. 

Anastasio García López.
Almanaque de espiritismo (1873)
 

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