Presidenta: Solveig Nordström

Asociación sin ánimo de lucro. Inscrita en la Federación Espírita Española.

"Tendré siempre mis oídos abiertos para escuchar el llanto de alguien y mis ojos estarán observando para descubrir a los solitarios, escondidos en los pliegues de su manto de amargura" (Rabindranath Tagore)

20 de marzo de 2020

EDUCACIÓN PARA LA MUERTE


La Extinción de la Vida


La insistencia del hombre en la negación de su propia inmor-
talidad
no ocurre, como generalmente se piensa, de las dificulta-
des para probarla científicamente, ni de la visión caótica del
mundo en que se pierden los espíritus escépticos, que viven
como aturdidos entre las certezas e incertidumbres del conoci-
miento humano. Ocurre apenas del sentimiento de fragilidad
humana, considerado tan importante por los existencialistas. 



El instinto de muerte de la tesis freudiana, en un mundo en que todo
muere, nada permanece, como señalaba Protágoras desolado,
supera y aplasta en la sensibilidad humana el instinto de vida, las
ansias existenciales generalmente confundidas con el elan vital
de Bergson. 



Sintiéndose frustrado y desolado ante la fatalidad
irremovíble de la muerte, y llevado a la desesperación ante la
irracionalidad de las proposiciones religiosas, el hombre ve
secarse sus esperanzas en el invierno único e irremisible de la
vida material. 



Su impotencia se revela como absoluta, apagando
en su espíritu las esperanzas y la confianza en la vida que le
sustentaban en la mocedad. 



La vida se extingue en sí misma y a sus ojos por todas partes, 

en todos los reinos de la Naturaleza, y
ninguno jamás ha conseguido impedir el flujo arrasador del
tiempo, que lleva arrastrando las cosas y los seres, envejeciéndo-
los y desgastándolos, por grandes, más fuertes y brillantes que
puedan parecer. 



El paso inexorable de los años marca minuto a
minuto, con una seguridad fatal y una puntualidad exasperante,
el fin inevitable de todas las cosas y todos los seres.


Al contrario de lo que se dice popularmente, no son los viejos
quienes sueñan con la inmortalidad, sino los jóvenes. Porque
estos, en la seguridad ilusoria de su vitalidad, son más propicios
a aceptar y cultivar esperanzas de renovación. 

Por más geniales
que sean, por más realistas que se muestren, los jóvenes – con
excepción de los que sufren de desequilibrios orgánicos y psí-
quicos – creen en la vida que usufructúan sin preocupaciones.

Alegándose que son los viejos y no los jóvenes quienes se interesan por las religiones, creyéndose que este interés de la vejez por
la ilusión de la sobrevivencia es la desesperación del náufrago
que se apega a una tabla de salvación. Imagen aparentemente
apropiada, mas en verdad falsa. 

El viejo religioso, generalmente
fanático, sabe muy bien que sus días están contados y teme la
posibilidad de su encuentro con los jueces implacables con que
las religiones los amenazaran, desde la infancia remota.
Quieren generalmente prevenirse de lo que les pudiera acontecer al pasar
hacia la otra vida cargados de pecados que las religiones prometen aliviar. 

El miedo de la muerte está tan generalizado entre las
personas que entran en la recta final de la existencia, que Heidegger acentuó, con cierta ironía, la importancia de la partícula
Dasein en las expresiones sobre la muerte. La mayoría de las personas
dicen morirse al contrario de moriremos, porque el se refiere a
los otros y no a sí mismo. 

La figura jurídica de la legítima defensa, en los casos de asesinato, se institucionalizó racionalmente el
derecho de matar que, si por un lado reconoce la validez social
del instinto de conservación, por otro lado legitima en los códigos del mundo el sentido oculto de la partícula Dasein en los fraudes
inconscientes del lenguaje. 

Por otro lado, esta partícula confirma
el deseo individual de que los demás mueran, y no nosotros,
demostrando la inocuidad de los mandamientos religiosos. 

Por otra parte, esta inocuidad, como se sabe, se reveló en el propio
Sinaí, cuando Moisés, aún con las Tabla de las Leyes en las
manos, ordenó la matanza inmediata de dos mil israelitas que
adoraban el Becerro de Oro.

Llegamos así a la conclusión de que la posición del hombre
frente a la muerte es ambivalente, colocándolo en un dilema sin
salida, perdido en el laberinto de sus propias contradicciones. De
este desespero resulta la locura de las matanzas colectivas, de las
guerras, del apelo humano a los procesos genocidas, tan espantosamente evidenciados en la Historia Humana. 

Los arsenales atómicos del presente, y particularmente el recurso novedoso de las bombas de neutrones, revelan en el hombre el deseo inconsciente, pero racionalizado por las justificaciones de seguridad, de
extinción total de la vida en el planeta.

 Los versos consagrados del poeta:  “Antes morir, que vivir como esclavos”, valen por una catarsis colectiva. 

La extinción de la vida es el supremo
deseo de la Humanidad, que solo no se realiza gracias a la impo-
tencia del hombre ante la rigidez de las leyes naturales. Por esto
la Ciencia acelera sin cesar el descubrimiento de nuevos medios
de matanza masiva. 

Los esclavos de la vida prefieren la muerte.
Este panorama apocalíptico solo podrá modificarse a través
de la Educación para la Muerte. No se trata de una educación
especial ni supletoria, sino de una para-educación sugerida y
hasta también exigida por la situación actual del mundo. 

El problema de la llamada explosión demográfica, con el acelerado
desenvolvimiento de la población mundial, imposible de ser
detenida por todos los medios propuestos, nos demuestra la
necesidad de una revisión profunda de los procesos educacionales, de manera que se puedan reajustar a las nuevas condiciones
de vida, cada vez más intolerables. 

Como señaló Kardec, solamente la Educación podrá llevarnos a las soluciones deseadas.

Los recursos que, en ocasiones como esta, son siempre producidos por la misma Naturaleza, ya nos fueran dados a través de la
también llamada explosión psíquica de los fenómenos paranormales. 

El conocimiento más profundo de la naturaleza humana,
llevado por las pesquisas psicológicas y parapsicológicas hasta
las profundidades del alma, revela que el nuevo proceso educacional debería alcanzar los mecanismos de la consciencia subliminal de la teoría de Frederich Myers, de manera que sustituya
las introyecciones negativas y desordenadas del inconsciente por
introyecciones positivas y racionales. 

La teoría de los arquetipos de Jung,
como también su teoría parapsicológica de las coincidencias significativas, pueden ayudarnos en dos planos: el de la
trascendencia y el de la dinámica mental consciente. 

La Educación para la Muerte socorrerá a la vida, restableciéndole la
esperanza y el entusiasmo de las nuevas generaciones por las
nuevas perspectivas de la vida terrenal. 

Una nueva cultura, ya
esbozada en nuestros días, pronto se definirá como la salida
natural que hasta ahora buscamos inútilmente para el impasse.

Vivimos hasta ahora en un torniquete de contradicciones alimentadas por groseros e inhumanos intereses inmediatistas. El mundo se presenta en una fase de renovación cultural, política y social, poblado por nuevas generaciones que ansían por el futuro y se encuentran oprimidas y marginalizadas por el dominio arbitrario de los viejos, dolorosamente apegados a vicios incurables de un pasado en escombros. 

La prudencia miedosa de los viejos y el anacronismo fatal de sus ideas, de sus supersticiones y de su apego desesperado a la vida como ella fue y no como ella es, aplastan bajo la presión de la mentalidad anticuada apoyada en el dominio de las estructuras tradicionalmente montadas de
los dispositivos de seguridad. 

Esta situación negativa es transitoria, en virtud de la muerte, que renueva a las generaciones, mas prolongándose en estos dispositivos garantiza la prolongación indefinida de la situación, al mismo tiempo en que las nuevas generaciones, marginalizadas políticamente, no disponen de
experiencias y conocimientos para enfrentar a los dominadores,
cayendo en la apatía y el desinterés por la vida pública. 

Esta situación se agrava con la ocurrencia de intentos generalmente
ingenuos e inconsecuentes de jóvenes explorados por grupos
violentos, lo que provoca el desencadenamiento de represión
oficial, generalmente seguida de actos terroristas.
Es lo que se ve, principalmente, en los países europeos arrasados material y espiritualmente por la segunda guerra mundial.

Este impasse internacional solo podrá ser roto por medidas y
actitudes válidas de gobiernos de las naciones en que el choque
de mentalidades antagónicas no ha llegado a producir estragos
materiales y morales irrecuperables. 

Mucho puede contribuir
para restablecer un estado normal en las instituciones cultura-
les, a través de cursos y divulgaciones, por los medios de comunicación organizados y dados por especialistas hábiles.

La Educación para la Muerte, dada en las escuelas de todos
los grados, no como materia independiente, sino ligada a todas
las materias de los cursos, insistiendo en el estudio de los problemas existenciales, irá despertando las consciencias, a través
de datos científicos positivos, para la comprensión más clara y
racional de los problemas de la vida y de la muerte. 

Todo el empeño debería concentrarse en la orientación ética de la vida
humana, basada en el derecho a la vida comunitaria libre, en que
todos los ciudadanos puedan gozar de las franquicias sociales
sin restricciones de orden social, político, cultural, racial o de
castas. 

Lo importante será demostrar, objetivamente, que la vida
es el camino de la muerte, pero que la muerte no es el final de la
existencia humana, pues esta prosigue en las hipóstasis espirituales del universo, en las cuales el espíritu se renueva moralmente
y se prepara con vistas a nuevas encarnaciones en la línea de la
evolución óntica de la Humanidad.

Nacimiento y muerte son fenómenos biológicos que se inter-
penetran. La vida y la muerte constituyen el elemento básico de
todas las vidas, que, por esto mismo, son también mortales.
El infierno mitológico de los paganos debería haber desaparecido
con el advenimiento del Cristianismo, pero fue sustituido por el
infierno cristiano, más cruel y feroz que el pagano. 

Las plañideras antiguas dejaron de llorar profesionalmente en los velorios, mas las ceremonias funerales de la Iglesia sustituyeron de manera más desgarradora y desesperada, con pompas sombrías y
latinajos lastimeros, prolongados en semanas y meses, el lamento
por aquellos que apenas cumplieran una ley natural de la vida.

La idea trágica de la muerte sobrevive en nuestro tiempo, a pesar
del avance de las Ciencias y del desenvolvimiento general de la
Cultura. Hace millones de años que morimos y aún no aprendemos que vida y muerte son ocurrencias naturales. 

Y las religiones de la muerte, que vampirescamente viven de los gordos
rendimientos de las celebraciones fúnebres y de los rezos indefinidamente pagados por los familiares y amigos de los muertos,
se empeñan en un combate contra quienes pesquisan y revelan
el verdadero sentido de la muerte. 

La idea fija de que la muerte
es el final y el terror de las condenas después de la muerte sustentan este comercio necrófilo en todo el mundo. 

Contra este comercio simoniaco será necesario que se desarrolle la Educación para la Muerte, que, restableciendo la naturalidad del fenómeno, dará a los hombres la visión consoladora y plena de
esperanzas reales de la continuidad natural de la vida en las
dimensiones espirituales y la certeza de los retornos a través del
proceso biológico de la reencarnación, claramente enseñado en
los propios Evangelios. 

Conociendo el mecanismo de la vida, en
que nacimiento y muerte se reversan incesantemente, los instintos de muerte y sus impulsos criminales se atenuarán hasta
desaparecer por completo. 

Los deseos malsanos de extinción de
la vida, que originan los suicidios, los asesinatos y las guerras,
tenderán a transformarse en los instintos de la vida.

 La esperanza y la confianza en Dios, como también la confianza en la vida
y en las leyes naturales, crearán un nuevo clima en el planeta,
hoy devastado por la desesperación humana. 

El miedo y la desesperación desaparecerán con el esclarecimiento racional y científico del misterio de la muerte, este enigma que la resurrección de Jesús y sus enseñanzas, como también las del Apóstol
Pablo, ya deberían haber esclarecido hace dos mil años.


Educación para la muerte. Capitulo 4. J. Herculano Pires. Editorial Paidea.

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