26 mayo 2021

EVIDENCIAS DEL ALMA


 Si los mundos celestes se nos apareciesen de pronto sin velos, en toda su gloria, quedaríamos deslumbrados, ciegos. Pero no, nuestros sentidos exteriores han sido medidos y limitados. Aumentan en claridad y fineza a medida que el Ser se eleva en la escala de las existencias y de los perfeccionamientos. Lo mismo sucede con el conocimiento, en la posesión de las leyes morales; el Universo se descubre a nuestra vista a medida que la capacidad en comprender sus leyes se desarrolla y amplifica en nosotros.


¡Lenta es la incubación de las almas bajo la luz divina!

 León Denis "El Gran Enigma"

 

VER CONFERENCIA

https://youtu.be/wj6LA7bHSjw

 

El estudio del Universo nos lleva al estudio del alma, a la indagación del principio que nos anima y dirige nuestros actos.

 

Lo hemos dicho ya, la inteligencia no puede proceder de la materia. La fisiología nos enseña que las diferentes partes del cuerpo humano se renuevan en un espacio de tiempo que no excede de treinta días. Por la acción de dos grandes corrientes vitales, un perpetuo cambio de moléculas se produce en nosotros. Las que desaparecen del organismo son reemplazadas una por una por otras que provienen de la alimentación. Desde las sustancias blandas del cerebro, hasta las partes más duras de la armazón óseo, todo, en nuestro ser físico, está sometido a continuos cambios. Nuestro cuerpo se disuelve y se reforma multitud de veces durante la vida.

 

Sin embargo, a pesar de estas transformaciones constantes, y en medio de las modificaciones del cuerpo material, permanecemos siempre la misma persona. La materia de nuestro cerebro puede renovarse, pero nuestro pensamiento es siempre idéntico a sí mismo, y, con él, subsiste nuestra memoria y el recuerdo de un pasado del que nuestro cuerpo actual no ha participado. Hay pues en nosotros un principio distinto de la materia, una fuerza indivisible que persiste y se mantiene en medio de sus perpetuos cambios.


Sabemos que la materia no puede organizarse por sí misma y producir la vida. Desprovista de unidad se desagrega y se divide hasta lo infinito. En nosotros, por lo contrario, todas las facultades, todas las potencias intelectuales y morales se agrupan en una unidad central que las abarca, las une, las ilumina, y esa unidad, es la conciencia, la personalidad, el yo, el alma, en una palabra.


El alma es el principio de la vida, la causa de la sensación; es la fuerza invisible, indisoluble que rige nuestro organismo y mantiene la armonía entre todas las partes de nuestro ser.


Las facultades del alma nada tienen de común con la materia. La inteligencia, la razón, el juicio, la voluntad, no pueden ser confundidos con la sangre de nuestras venas y la carne de nuestros músculos.


Lo mismo sucede con la conciencia, ese privilegio que tenemos de pesar nuestros actos, de discernir el bien del mal.


Este lenguaje íntimo, que se dirige a todos los hombres, desde el más  humilde hasta el más elevado, esta voz cuyos murmullos pueden turbar el brillo de las mayores glorias, nada tiene de material.


Con el auxilio de un fluido vital que le sirve de vehículo para la transmisión de sus órdenes a los órganos, elemento que constituye el cuerpo sutil o periespíritu. Éste sobrevive después de la muerte y ―siendo inseparable del alma― le acompaña en todas sus peregrinaciones.



Corrientes contrarias se agitan en nosotros. Los apetitos, los deseos apasionados, chocan contra la razón y el sentimiento del deber. Ahora bien, si no fuésemos más que materia, no conoceríamos esas luchas, esos combates, seguiríamos sin pesar y sin remordimientos nuestras tendencias naturales. Por el contrario, nuestra voluntad está frecuentemente en conflicto con nuestros instintos. Por ella podemos sustraernos a las influencias de la materia, domarla y convertirla en un instrumento dócil.


¿No vemos a hombres nacidos en las condiciones más difíciles vencer todos los obstáculos, pobreza, enfermedad, achaques, y llegar al primer rango por sus enérgicos y perseverantes esfuerzos?


¿No vemos la superioridad del alma sobre el cuerpo afirmarse de una manera más brillante aún en el espectáculo de las grandes abnegaciones y de los sacrificios históricos?


Nadie ignora de qué manera los mártires del deber, de la verdad revelada antes de la hora, y todos aquellos que por el bien de la humanidad han sido perseguidos, torturados, clavados en el patíbulo, han podido, en medio de los suplicios, hasta el umbral de la muerte, dominar la materia, y, en nombre de una gran causa, imponer silencio a los gritos de la carne despedazada.


Si no hubiese en nosotros más que materia, no veríamos, cuando nuestro cuerpo está entregado al sueño, al espíritu continuar su vida y su acción sin auxilio de ninguno de los cinco sentidos, demostrándonos así que una actividad incesante es la condición esencial de su naturaleza. La lucidez magnética, la visión a distancia sin ayuda de los ojos, la previsión de los hechos, la penetración del pensamiento, son otras tantas pruebas evidentes de la existencia del alma.


Así pues, débil o fuerte, ignorante o instruido, un Espíritu vive en nosotros y gobierna este cuerpo que no es bajo su dirección más que un servidor, un simple instrumento. Este Espíritu es libre y perfectible, y de consiguiente, responsable. Puede a su voluntad, mejorarse, transformarse, aspirar al bien. Confuso en unos, luminoso en otros, un ideal alumbra su camino. Cuanto más grande es ese ideal, tanto más útiles y gloriosas son las obras que inspira. Dichosa el alma a quien un noble entusiasmo sostiene en su marcha: ¡Amor a la verdad, a la justicia, amor a la patria, a la humanidad! Su ascensión será rápida, su paso por el mundo dejará huellas profundas, un surco del cual brotará una cosecha bendita.


Dada ya por cierta la existencia del alma, se presenta en seguida el problema de la inmortalidad. Esta es una cuestión de la mayor importancia, pues la inmortalidad es la única aprobación que se ofrece a la ley moral, el único concepto que satisface nuestras ideas de justicia y responde a las más altas esperanzas de la raza humana.


Si nuestra entidad espiritual se mantiene y persiste a través de la perpetua renovación de las moléculas y las transformaciones de nuestro cuerpo material, su disociación y desaparición final no pueden tampoco causar perjuicio alguno a su existencia.


Hemos visto que nada se aniquila en el universo. Cuando la química nos enseña que ningún átomo se pierde, cuando la física nos demuestra que ninguna fuerza se desvanece, ¿cómo podrá creerse que esta unidad prodigiosa en la que se resumen todas las potencias intelectuales, que este yo consciente en el cual la vida se desprende de las cadenas de la fatalidad puede disolverse y anonadarse?


No solamente la lógica y la moral sino también los hechos mismos, hechos de orden sensible, a la vez fisiológicos y psíquicos, todo concurre, mostrando la persistencia del ser consciente después de la muerte, a probarnos que el alma se encuentra más allá de la tumba, tal como se ha formado ella misma por sus actos y sus trabajos en el curso de su existencia terrestre.


Si la muerte fuese la última palabra de todas las cosas, si nuestros destinos se limitasen a esta vida fugitiva, ¿tendríamos esas aspiraciones hacia un estado mejor, hacia un estado perfecto, del cual nada sobre la Tierra, nada de lo que es materia puede darnos idea?


¿Tendríamos esa sed de conocer, de saber, que nada puede apaciguar?


Si todo terminase en la tumba, ¿por qué esas necesidades, esos sueños, esas tendencias inexplicables? Ese grito poderoso del ser humano que resuena a través de los siglos, esas esperanzas infinitas, esos arranques irresistibles hacia el progreso y la luz, ¿no serían acaso más que los atributos de una sombra pasajera, de una agregación de moléculas tan pronto formada como desvanecida?


¿Qué es, pues, la vida terrestre, tan corta que ni siquiera nos permite, aun en su mayor duración, alcanzar los límites de la ciencia; tan llena de impotencia, de amargura, de desilusión, que en ella nada nos satisface enteramente, en la que después de haber creído alcanzar el objeto de nuestros insaciables deseos, nos dejamos arrebatar hacia un fin cada vez más lejano y más inaccesible?


La persistencia con que a pesar de las decepciones perseguimos un ideal que no es de este mundo, una dicha que siempre huye, es una indicación suficiente de que hay algo más que la vida actual. La naturaleza no podría comunicar al ser aspiraciones ni esperanzas irrealizables. Las necesidades ilimitadas del alma implican forzosamente una vida sin límites.

"Después de la muerte" León Denis

 

 O  o  O  o  O  o  O  o  O

 


 

Allan Kardec interroga a los Espíritus Superiores sobre el Alma, las enseñanzas de los Espíritus son acompañadas, para cada pregunta, de consideraciones, comentarios, aclaraciones, que hacen sobresalir con más nitidez la belleza de los principios y la armonía del conjunto. Ahí es que se muestran las cualidades del autor. 

Él se esmeró, antes de todo, en dar sentido claro y preciso a las expresiones que habitualmente emplea en su raciocinio filosófico; después, en definir bien los términos que podían ser interpretados en sentidos diferentes. Sabía que la confusión que reina en la mayoría de los sistemas proviene de la falta de claridad de las expresiones usadas por sus autores.


Otra regla, no menos esencial en toda exposición metódica, y que Allan Kardec escrupulosamente observó, es la que consiste en circunscribir las ideas y presentarlas en condiciones que las tornen bien comprensibles a cualquier lector. En fin, después de haber desarrollado esas ideas en un orden y relaccionando que las ligaban entre sí, supo deducir conclusiones, que constituyen ya, en el orden racional y en la medida de las concepciones humanas, una realidad, una certeza.

 

 

134. ¿Qué es el alma?

“Un Espíritu encarnado.”

 

[134a] – ¿Qué era el alma antes de unirse al cuerpo?

“Espíritu.”

 

[134b] – Así pues, las almas y los Espíritus, ¿son lo mismo?

“Sí, las almas no son sino los Espíritus. Antes de unirse al cuerpo, el alma es uno de los seres inteligentes que pueblan el mundo invisible y se revisten temporalmente con una envoltura carnal para purificarse e instruirse.”

 

135. ¿Hay en el hombre alguna otra cosa además del alma y el

cuerpo?

“El lazo que une el alma al cuerpo.”

 

[135a] – ¿Cuál es la naturaleza de ese lazo?

“Semimaterial, es decir, intermediaria entre el Espíritu y el cuerpo. Es preciso que sea así para que ambos puedan comunicarse. Por medio de ese lazo el Espíritu actúa sobre la materia, y viceversa.”

De este modo, el hombre está formado por tres partes esenciales:

1º) El cuerpo o ser material, análogo al de los animales y animado por el mismo principio vital.

2º) El alma, Espíritu encarnado cuya habitación es el cuerpo.

3º) El principio intermediario, o periespíritu, sustancia semimaterial que sirve de primera envoltura al Espíritu y une el alma al cuerpo. Tales son, en un fruto, el germen, el perisperma y la cáscara.

 

136. El alma, ¿es independiente del principio vital?

“El cuerpo es sólo la envoltura; lo repetimos sin cesar.”

 

[136a] – El cuerpo, ¿puede existir sin el alma?

“Sí. Sin embargo, tan pronto como el cuerpo deja de vivir, el alma lo abandona. Antes del nacimiento, no hay todavía una unión definitiva entre el alma y el cuerpo; mientras que, después de que esa unión se ha establecido, la muerte del cuerpo rompe los lazos que lo unen al alma, y esta lo abandona. La vida orgánica puede animar un cuerpo sin alma, pero el alma no puede habitar en un cuerpo privado de vida orgánica.”

 

[136b] – ¿Qué sería nuestro cuerpo si no tuviese alma?

“Una masa de carne sin inteligencia; todo lo que queráis, excepto un hombre.”

 

137. Un mismo Espíritu, ¿puede encarnar en dos cuerpos diferentes a la vez?

 “No, el Espíritu es indivisible y no puede animar simultáneamente a dos seres diferentes.” (Véase, en El Libro de los Médiums, el Capítulo “Bicorporeidad y transfiguración”.)

 

138. ¿Qué pensar de la opinión de los que consideran al alma como el principio de la vida material?

 “Es una cuestión de palabras, en la que no nos detenemos. Comenzad por poneros de acuerdo vosotros mismos.”

 

139. Algunos Espíritus, y antes que ellos algunos filósofos, han definido al alma como una chispa anímica emanada del gran Todo. ¿Cómo se explica esa contradicción?

 “No existe tal contradicción. Todo depende de la acepción de las palabras. ¿Por qué no tenéis una palabra para cada cosa?”

La palabra alma es empleada para expresar cosas muy diferentes. Algunos llaman así al principio de la vida, y en esta acepción es exacto decir, en sentido figurado, que el alma es una chispa anímica emanada del gran Todo. Estas últimas palabras se refieren a la fuente universal del principio vital, de la que cada ser absorbe una porción, y que vuelve a la masa después de la muerte.

Esta idea no excluye en modo alguno la idea de un ser moral, distinto, independiente de la materia y que conserva su individualidad. A este ser también se lo llama alma, y en esta acepción podemos decir que el alma es un Espíritu encarnado. Al dar diferentes definiciones del alma, los Espíritus han hablado según la aplicación que hacían de dicha palabra, y según las ideas terrenales de que aún estaban más o menos imbuidos. Esto se debe a la insuficiencia del lenguaje humano, que no tiene una palabra para cada idea. De ahí el origen de una multitud de errores y discusiones. Por esa razón los Espíritus superiores nos dicen que, en primer lugar, nos pongamos de acuerdo acerca del sentido de las palabras

 

140. ¿Qué pensar de la teoría según la cual el alma está subdividida en tantas partes como músculos hay, para presidir así cada una de las funciones del cuerpo?

“Esa teoría depende también del sentido que se dé a la palabra alma. Si se refiere al fluido vital, es correcta; si se refiere al Espíritu encarnado, es errónea. Ya lo hemos dicho: el Espíritu es indivisible; transmite el movimiento a los órganos a través del fluido intermediario, sin por eso dividirse.”

 

[140a] – Sin embargo, hay Espíritus que han dado esa definición.

“Los Espíritus ignorantes pueden tomar el efecto por la causa.” El alma actúa por intermedio de los órganos, y los órganos están animados por el fluido vital que se reparte entre ellos, y con mayor abundancia en aquellos que son los centros o focos del movimiento.

Pero esta explicación no corresponde al alma considerada como el Espíritu que habita en el cuerpo durante la vida y lo deja cuando se produce la muerte.

 

141. ¿Hay algo de verdad en la opinión de quienes piensan que el alma es exterior al cuerpo y lo rodea?

“El alma no está encerrada en el cuerpo como el pájaro en una jaula, sino que irradia y se manifiesta por fuera como la luz a través de un farol, o como el sonido alrededor de un centro sonoro. En este sentido podemos decir que el alma es exterior, aunque no por eso es la envoltura del cuerpo. El alma tiene dos envolturas: la primera, sutil y ligera, es la que tú llamas periespíritu; la otra, densa, material y pesada, es el cuerpo. El alma es el centro de estas envolturas, como el germen en el carozo de una fruta; ya lo hemos dicho.”

 

142. ¿Qué decir de esa otra teoría según la cual el alma, en el niño, se completa en cada período de la vida?

“El Espíritu es sólo uno: está tan entero en el niño como en el adulto. Los órganos, o instrumentos de las manifestaciones del alma, son los que se desarrollan y se completan. Otra vez se toma el efecto por la causa.”

 

143. ¿Por qué los Espíritus no definen al alma de la misma manera?

“Los Espíritus no están instruidos por igual acerca de estas materias: los hay que aún se encuentran limitados y no comprenden las cosas abstractas, como sucede a los niños entre vosotros. También hay Espíritus pseudocientíficos, que hacen alarde de palabras para imponerse, así como algunas personas entre vosotros. Además, los propios Espíritus instruidos pueden darse a entender por medio de términos diferentes que en el fondo tienen el mismo valor, sobre todo cuando se trata de cosas que vuestro lenguaje es incapaz de expresar con claridad; entonces recurren a figuras y comparaciones que vosotros tomáis por la realidad.”

 

144. ¿Qué debemos entender por el alma del mundo?

“Es el principio universal de la vida y de la inteligencia, de donde nacen las individualidades. Pero quienes se valen de esas palabras a menudo no se comprenden a sí mismos. La palabra alma es tan elástica que cada uno la interpreta conforme al capricho de sus fantasías. A veces también se le ha atribuido un alma a la Tierra, en cuyo caso es preciso entender por alma el conjunto de Espíritus abnegados que guían vuestras acciones por el camino del bien –en caso de que los escuchéis– y que en cierto modo son los lugartenientes de Dios en vuestro mundo.”

 

145. ¿Cómo se explica que tantos filósofos, antiguos y modernos, hayan discutido durante tanto tiempo acerca de la ciencia psicológica sin haber llegado a la verdad?

“Esos hombres fueron los precursores de la doctrina espírita eterna. Prepararon el camino. Eran hombres y, como tales, se equivocaron a veces, porque confundieron sus propias ideas con la luz. Sin embargo, incluso sus errores sirven para hacer resaltar la verdad, pues muestran el pro y el contra. Por otra parte, entre esos errores se encuentran grandes verdades que un estudio comparativo os permite comprender.”

 

146. El alma, ¿tiene en el cuerpo una sede determinada y circunscrita?

“No, pero en los grandes genios, en los que piensan mucho, reside más particularmente en la cabeza; y en el corazón en los que poseen sentimientos elevados y cuyas acciones benefician a la humanidad.”

 

[146a] – ¿Qué pensar de la opinión de quienes sitúan al alma en un centro vital?

“Se refieren a que el Espíritu habita más bien en esa parte de vuestra organización, puesto que allí confluyen todas las sensaciones. Los que sitúan el alma en lo que consideran el centro de la vitalidad, la confunden con el fluido o principio vital. No obstante, se puede decir que la sede del alma se encuentra especialmente en los órganos que sirven para las manifestaciones intelectuales y morales.”

 

El libro de los Espíritus. Allan Kardec. 1857


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Reflexiones

Reflexión 18/5/19

Ayuda al compañer@ en su camino. Acércate y ofrécele amistad. Pon a disposición de los demás la fuente generosa de tu amistad, ofreciendo...