17 octubre 2021

DEL MIEDO AL AMOR


DEL MIEDO AL AMOR Por José Alonso Quintanilla

El miedo se ha clasificado como una emoción primaria que se deriva de la aversión natural al riesgo o la amenaza, y se manifiesta de forma innata en todos los animales debido a la herencia genética, incluyendo también al ser humano para quien el miedo supone una angustia por un riesgo o daño real o imaginario, presente, futuro o incluso pasado.


 Como todas las emociones, se manifiesta en diferentes grados o matices. El temor es miedo a algo que se piensa que ya ha sucedido y aprensión es la aversión a tocar algo. Existe también un miedo breve y súbito, procedente de una causa pequeña: el susto, que procede del portugués, y también la alarma que etimológicamente significa 'a las armas'. Al mayor grado de intensidad del miedo se le asocian la fobia, el terror y el pavor. El pánico es el miedo sin fundamento, colectivo y descontrolado. 

 

Los diferentes rostros del miedo son por todos conocidos en nuestras vidas. Desde el inicio de la pandemia es posible que hayamos sentido ansiedad en algún momento debido a esta situación estresante, llegando hasta el extremo de convertirse en pánico o crear alguna fobia debido a la incesante información sobre la peligrosidad del virus y sus consecuencias.

 

El miedo es una emoción que puede tener diferentes respuestas. Puede llegar a ser paralizante sin saber como actuar, como una respuesta instintiva de querer alejar al depredador al tratar de parecer muerto; o también puede ocasionar el instinto de huida como evitación del peligro, o el instinto de ataque para hacer frente al mismo.

 

En nuestra sociedad tenemos miedo al dolor y al sufrimiento que recientemente se han visto paliados gracias a los avances tecnológicos en la medicina y a los fármacos. Pero también se dan casos extremos de miedo a vivir, miedo al amor, miedo al rechazo, miedo al fracaso, miedo a la pobreza… y para los más mayores que hemos sufrido las enseñanzas desacertadas de la religión católica, el miedo a Dios y al temible infierno.

 

En nuestra cultura se nos ha impregnado de miedos de diversa índole, desde la escuela donde los profesores o los compañeros podían ridiculizarte ante los demás por una respuesta equivocada o comportamiento diferente, con miedo a que llegara incluso al castigo físico. Nos hacían tener miedo a la crítica, al peligro, a la responsabilidad, a la desaprobación, a la autoridad, al cambio, a las alturas, al sexo, a lo desconocido y miedo al propio miedo.

 

El miedo predomina tanto en nuestra sociedad actual que constituye la emoción principal que gobierna nuestro mundo. Al tener relación con nuestra supervivencia se halla en un lugar especial en nuestras mentes.

 

Muchas de las acciones que realizamos se llevan a cabo por miedo en lugar de actuar por Amor. A veces se cuida del cuerpo por miedo a la enfermedad y no por apreciación y valoración a nosotr@s mism@s. Nos comportamos adecuadamente por miedo al qué dirán, por dar una imagen agradable, en lugar de hacerlo por aprecio a los demás. Realizamos tareas de voluntariado por motivos personales o ambicionando puestos elevados, en lugar de efectuarlos movidos por un sentimiento altruista, por miedo a la desaprobación o miedo a incumplir las Leyes Universales. Tratamos de manifestarnos con superioridad sobre los demás con nuestros conocimientos por miedo a no ser valorados o respetados en un ámbito social cada vez más competitivo. Conducimos con cuidado por temor a las multas por exceso de velocidad sin pensar que hemos de cuidar y respetar nuestra propia vida y la de los demás. Realizamos nuestro trabajo por miedo a la sanción o al despido sin disfrutar por el hecho de hacer las cosas de forma correcta...

 

En cambio, el sentimiento del Amor es una forma de ser, en la que somos afectuosos, cuidadosos, generosos, indulgentes, sinceros. En el amor nos convertimos en seres colaboradores, protectores, atentos, agradecidos, humildes, plenos, puros de intención. Es más que una emoción o un pensamiento, por eso se dice que es “un estado de ser”.

 

El Amor es una manera de estar en el mundo que expresa nuestro deseo sincero de ayuda, de consuelo en las pérdidas familiares, de facilitar el trabajo, de ayuda en problemas económicos, enfermedad o falta de trabajo. Amar es una forma a través de la cual podemos iluminar el mundo.




Tod@s tenemos la oportunidad de contribuir a la belleza, la armonía del planeta y los seres que lo habitamos, con nuestra bondad hacia todos los seres vivos y ensalzando el espíritu humano. Aquello que libremente nos da la vida fluye de nuevo a nosotros porque somos igualmente parte de esa vida. Lo que hacemos hacia los demás, revierte sobre nosotr@s mism@s. Algo que los grandes filósofos y santos nos han invitado a experimentar. Como el psicólogo y filósofo humanista Eric Fromm que nos habla del “amor como arte”, así como es un arte vivir. Expresaba que el Amor abarca diferentes áreas de la vida cotidiana, alcanzando a la familia y amigos, el amor hacia uno mismo como ser humano, el amor a todos los seres vivos y el amor a Dios.



El Amor es un sentimiento que perdura en el tiempo, trascendiendo a las emociones, ya que proviene de una comprensión, un conocimiento, una experiencia trascendente, arraigada en nuestra conciencia, por lo que tiene un efecto curativo sobre el miedo que desde el punto de vista de la medicina vibracional está constituido por una vibración más baja que proviene de una emoción primaria o instintiva.

 

El miedo es curado por el amor, como comenta el psiquiatra Jerry Jampolsky en sus publicaciones (por ejemplo, Amar es Liberarse del Miedo). Esta fue también la base para la curación en el “Centro de Curación por la Actitud” en Manhasset, en Long Island fundado por el psiquiatra David Hawkins. La curación por la Actitud tiene que ver con la interacción del grupo con los pacientes que tienen enfermedades mortales y terribles, y todo el proceso de la curación tiene que ver con dejar ir el miedo y reemplazarlo con el Amor.  Debido al éxito conseguido, con los mismos fundamentos se crearon nuevos centros en México y Santo Domingo.

 

Se emplea el mismo procedimiento de curación que han llevado a cabo los grandes santos y seres iluminados, cuya sola presencia tenía la capacidad de curar debido a la intensa vibración de amor que irradiaban. También esta capacidad de sanación, que tiene como fundamento la sanación espiritual, es transmitida por los pensamientos cariñosos hacia la personas.

 

Chico Xavier es conocido principalmente por sus obras asistenciales en la ciudad de Uberaba. A partir de los años 70 se dedicó a ayudar a personas pobres mediante la creación de una fundación. Logró un gran reconocimiento en Brasil, especialmente en los últimos años, por su benevolencia y asistencia al prójimo. En 1981 fue nominado para el Premio Nobel de la Paz.


También Divaldo Franco con la creación de la Mansión del Camino en 1947,  adoptó a más de 600 niños, ofreciéndoles educación y alimento para desenvolverse en la sociedad y que  al emanciparse le han ofrecido más de doscientos nietos. Además de atender diariamente la alimentación de más de tres mil niños y adolescentes del exterior, así como la educación en diferentes escuelas con las que cuenta el complejo. Ayudando a otras tres instituciones benéficas de Brasil con asistencia médica, medicinas, alimentos, educación, integración familiar, e inserción laboral.


En la historia reciente tenemos como ejemplo a la Madre Teresa que se le atribuye la curación de un gran número de personas por estos mismos procedimientos de amor incondicional y la presencia iluminada.

 

Para las personas que están familiarizadas con las leyes de la conciencia, este tipo de curas que parece “milagroso” se entiende como fenómenos comunes que pueden explicarse, tal como describe Allan Kardec en La Génesis en el capítulo XV sobre los denominados “milagros” realizados por el Maestro Jesús.

 

Se puede recordar este proceso de curación que se manifestaba al estar próximo al Maestro Jesús con su capacidad de irradiar altos niveles de amor, recomendando a aquellos a quienes sanaba no volver a incurrir en el error que les había conducido a esa situación de enfermedad la cual se sitúa en una baja frecuencia vibratoria, teniendo que aprender a elevar su propia conciencia a través de la transformación personal para mantener el estado de sanación.

 

Por lo tanto, se puede decir que el Amor transforma a las personas. Un ejemplo de ello es sobre un cazador que en un día de caza al ver un pato volando le disparó y éste cayó al suelo, cuando el cazador se acercó a recogerlo observó que aún no estaba muerto aunque sí herido y otra ave compañera había bajado al suelo situándose sobre él con sus alas extendidas para protegerle. El cazador al ver éste acto de amor nunca más pudo volver a cazar.

 

Una vez que el Amor nos ha transformado hay cosas que nunca más podemos volver a hacer. Así como hay cosas que no podrían hacerse si no fuera por la trascendencia transformadora del Amor, como arriesgar la propia vida para salvar a una persona como ocurrió en los atentados de Londres con el joven español que salvó la vida de una mujer perdiendo la suya tratando de defenderla.

 

Es conveniente diferenciar lo que se denomina “querer” de Amar. El querer implica egoísmo, ya que esperamos un intercambio con la otra persona, las cosas se hacen por interés, esperando un beneficio. Por eso, a veces, cuando realizamos acciones hacia las personas sin ninguna intención y sin esperar nada a cambio, tienen miedo y sospechan de este Amor.

 

A pesar de todo, el Amor transforma todo a su alrededor debido a la energía que irradia. Sin necesidad de “hacer nada” actúa silenciosamente debido a su poderosa naturaleza transformando las situaciones.


Además, el Amor nos relaciona con el perdón, al aumentar lo positivo de los demás en lugar de sus defectos y al mismo tiempo sirve como antídoto para el orgullo. También nos relaciona con la gratitud, virtud que elimina la falta de humildad y nos permite percibir 
la bondad de la vida en cada una de sus manifestaciones.

 




Cuanto más amamos, más podemos amar. El Amor es ilimitado. El Amor engendra amor. Incrementa las endorfinas, que son las hormonas que mejoran la vida, nos permite vivir más tiempo y más sanos.

 

Después de más de dos mil años de la máxima “Amad a los demás como a vosotros mismos y tratadles como os gustaría ser tratados”, y que la doctrina espírita ha tenido como enseña desde sus inicios, la medicina moderna, con los ejemplos citados anteriormente, aboga por la práctica del Amor, ya que se ha comprobado que los niveles elevados de conciencia son por sí mismos capaces de sanar en algunos casos, transformar a las personas e iluminar a los demás fomentando las mejores cualidades del ser humano.

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Amor sobre todas las cosas 

del Libro "Momentos de Salud y Conciencia de Divaldo Franco inspirado por Joanna de Ángelis

Jesús recomendó que el amor debe ser la piedra angular de todas las construcciones. Lo consideró el mandamiento mayor y sintetizó toda la Ley y los profetas en el amor a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo. En esa instrucción de aspecto triple está presente la totalidad de las realizaciones humanas, las ambiciones y metas.

 

El amor a Dios significa el respeto y la acción preservadora de la vida en sus más variadas expresiones, del cual el ser llega a formar parte, íntegramente de él, consciente del conjunto cósmico. La responsabilidad ante la Naturaleza, sin agredirla ni despreciarla, antes bien, colaborando para su desarrollo y armonía, expresa el amor que contribuye a la obra divina y rinde homenaje a su Autor.

 

El amor al prójimo es consecuencia de aquel que se profesa al Progenitor; muestra la fraternidad que debe unir a todos, por ser Sus hijos dilectos que marchan de regreso a Su seno. Sin este sentimiento hacia su hermano, el ser se desorienta en la soledad y se debilita, perdiendo entusiasmo por las actividades esclarecedoras.

 

El amor a sí mismo, sin la pasión ególatra, lo eleva a las cumbres de la plenitud, y lo auxilia en el desarrollo de los ignorados tesoros que en él yacen adormecidos. Ese amor se manifiesta como una forma de preservar y dignificar la existencia física, para ponerse en armonía con el conjunto general y convertirse en un polo de irradiación de alegría, paz y bienestar que a todos impregna. 

 

Observa si te encuentras en la condición de quien cumple con la recomendación del Maestro. En esa síntesis perfecta dispones de todo lo necesario para tu actual existencia y la solución para todos tus problemas. Analiza con serenidad tu conducta en relación a Dios, al prójimo y a ti mismo. En caso de que te encuentres en falta con alguno de los postulados de la tríada superior, proponte corregir la deficiencia y modifica tu conducta en el sentido de la plenitud.

 

Descubrirás, por cierto, la necesidad de amar al Padre Celestial y al prójimo de acuerdo a tus posibilidades. No obstante, padeces restricciones o pasiones con relación a ti mismo. En ciertos períodos te detestas, mientras que en otros te justificas, confesándote víctima de los otros. Es necesario que te ames con rectitud. Dedícate a la meditación saludable en torno a tus deficiencias para corregirlas, y a tus valores para ampliarlos.

 

Aplica en ti la severidad sin crueldad y el amor sin compasión, para colocarte en la ruta del equilibrio, del crecimiento. Amarse es una manera de perfeccionarse en espíritu, en emoción y en cuerpo. Sin despreciar ningún componente del conjunto armonioso que eres, ámate, lucha con tenacidad para superarte cada día más, establece nuevas directrices y objetivos promisorios que alcanzarás si eres generoso, activo y perseverante en el bien, en relación a ti mismo.


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Capítulo XI. Libro III  Ley de Justicia, Amor y Caridad 


886. ¿Cuál es el verdadero sentido de la palabra caridad, tal como Jesús la entendía?

“Benevolencia para con todos, indulgencia para con las imperfecciones de los demás, perdón de las ofensas.” El amor y la caridad son el complemento de la ley de justicia, porque amar al prójimo es hacerle todo el bien que nos es posible y que querríamos que se nos hiciese a nosotros mismos. Ese es el sentido de las palabras de Jesús: Amaos los unos a los otros como hermanos. 


La caridad, según Jesús, no se limita a la limosna: abarca todas las relaciones con nuestros semejantes, sean ellos inferiores, iguales o superiores a nosotros. 


La caridad nos impulsa a ser indulgentes, porque también nosotros necesitamos la indulgencia de los demás. La caridad nos prohíbe humillar a los desdichados, contrariamente a lo que se hace tan a menudo. Si ante nosotros se presentara una persona rica, le dispensaríamos mil consideraciones y deferencias. Si fuera pobre, no nos parecería necesario preocuparnos por ella. Por el contrario, cuanto más digna de lástima sea su situación, tanto más debemos precavernos de no aumentar su desdicha con un trato humillante. El hombre verdaderamente bueno se esfuerza por elevar al inferior a su propio nivel, para disminuir de ese modo la distancia que existe entre ambos.

 

887. Jesús también ha dicho: Amad a vuestros enemigos. Ahora bien, el amor a nuestros enemigos, ¿no es contrario a nuestras tendencias naturales? Y la enemistad, ¿no proviene de la falta de simpatía entre los Espíritus?

 “No cabe duda de que no se puede sentir por los enemigos un amor tierno y apasionado. No es eso lo que Jesús quiso decir. Amar a los enemigos significa perdonarlos y devolverles bien por mal. De ese modo nos hacemos superiores a ellos, mientras que con la venganza nos colocamos por debajo.”

 

888. ¿Qué pensar de la limosna?

“El hombre reducido a pedir limosna se degrada moral y físicamente; se embrutece. En una sociedad basada en la ley de Dios y en la justicia es necesario proveer a la vida del débil sin humillarlo. Esa sociedad debe garantizar la existencia de los que no pueden trabajar, sin dejar su vida a merced del acaso y de la buena voluntad.”

 

[888a] – Entonces, ¿reprobáis la limosna?

“No; lo reprobable no es la limosna, sino la forma de darla. El hombre de bien, que entiende la caridad según Jesús, va al encuentro del desdichado sin esperar a que este le tienda la mano. 


”La verdadera caridad es siempre buena y benevolente. Radica tanto en la manera de hacerla como en el acto en sí. Un servicio que se presta con delicadeza vale el doble. En cambio, si se lo hace con altanería, puede que la necesidad de quien lo recibe haga que lo acepte, pero su corazón se conmoverá poco. 


”Recordad también que la ostentación quita, ante Dios, el mérito del beneficio. Jesús dijo: Que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu mano derecha. Con ello os enseña a no empañar la caridad con el orgullo. 


”Es preciso distinguir la limosna, propiamente dicha, de la beneficencia. El más necesitado no siempre es el que pide. El temor a la humillación detiene al verdadero pobre, que a menudo sufre sin quejarse. A este es a quien el hombre realmente humanitario sabe ir a buscar sin ostentación. 


”Amaos los unos a los otros: esta es toda la ley. Ley divina mediante la cual Dios gobierna los mundos. El amor es la ley de atracción para los seres vivos y organizados. La atracción es la ley del amor para la materia inorgánica  Nunca olvidéis que el Espíritu, sean cuales fueren su grado de adelanto y su situación –reencarnado o en la erraticidad–, se encuentra siempre entre un superior que lo guía y perfecciona, y un inferior para con el cual tiene que cumplir esos mismos deberes. Por consiguiente, sed caritativos, no sólo con esa caridad que os hace sacar del bolsillo el óbolo que fríamente dais a quien se atreve a pedíroslo, sino también con la que os lleva al encuentro de las miserias ocultas. Sed indulgentes para con los defectos de vuestros semejantes. En vez de despreciar la ignorancia y el vicio, instruidlos y moralizadlos. Sed afables y benévolos para con todo lo que os sea inferior. Haced lo mismo en relación con los seres más ínfimos de la creación, y habréis obedecido a la ley de Dios.” SAN VICENTE DE PAUL

 

889. ¿Hay hombres reducidos a la mendicidad por su propia culpa?

“Sin duda, pero si una buena educación moral les hubiese enseñado a practicar la ley de Dios, no caerían en los excesos que causan su perdición. De ello principalmente depende el mejoramiento de vuestro globo.” (Véase el ítem 707.) Amor materno y filial

 

890. El amor materno, ¿es una virtud o un sentimiento instintivo común a los hombres y a los animales?

“Lo uno y lo otro. La naturaleza ha dado a la madre el amor a sus hijos con vistas a la conservación de estos. No obstante, en el animal ese amor se limita a las necesidades materiales; cesa cuando los cuidados se vuelven innecesarios. En el hombre, en cambio, permanece toda la vida e implica una dedicación y una abnegación que son virtud. Incluso sobrevive a la muerte y sigue al hijo más allá de la tumba. Podéis ver, pues, que en él hay algo más que en el animal.”

 

891. Dado que el amor materno está en la naturaleza, ¿por qué hay madres que aborrecen a sus hijos, a menudo desde el nacimiento?

“A veces es una prueba elegida por el Espíritu del hijo, o una expiación en caso de que él haya sido, a su vez, un mal padre o una mala madre, o un mal hijo en otra existencia (Véase el ítem 392). En todos los casos, la mala madre sólo puede estar animada por un Espíritu malo que trata de obstaculizar al del hijo, a fin de que este sucumba bajo la prueba que eligió. Con todo, esa violación de las leyes de la naturaleza no quedará impune, mientras que el Espíritu del hijo será recompensado por los obstáculos que haya superado.”

 

892. Cuando los padres tienen hijos que les causan pesares, ¿son excusables por no haberles prodigado la ternura que habrían tenido para con ellos en caso contrario?

“No, porque es una carga que se les ha confiado, y su misión consiste en esforzarse al máximo para reconducirlos al bien. No obstante, esos pesares suelen ser la consecuencia de una mala costumbre que les han dejado contraer desde la cuna. En ese caso, cosechan lo que sembraron.”


Del libro OBRAS PÓSTUMAS de Allan Kardec


(...) Jesús se da a sí mismo esta calificación con una persistencia notable, puesto 
que solo en muy raras circunstancias se llama Hijo de Dios. En sus labios no puede 
tener otro significado que el recordar que también Él pertenece a la humanidad, 
asimilándose así a los profetas que le precedieron y a los cuales se compara, 
aludiendo a su muerte, cuando dijo: JERUSALÉN QUE MATAS A LOS 
PROFETAS. La insistencia que emplea en designarse como Hijo del hombre 
parece una protesta anticipada contra la cualidad que prevé que se le dar más 
tarde, a fin de que quede bien sentado que no salió de sus labios.


Es de notar que, durante esta interminable polémica que ha apasionado a los 
hombres por espacio de una larga serie de siglos, y aun dura, que ha encendido 
las hogueras y hecho derramar torrentes de sangre, ha disputado sobre una 
abstracción: la naturaleza de Jesús, de la que se ha hecho piedra angular del 
edificio, aunque Él nada haya hablado de ella; y que se ha olvidado una cosa, la 
que Cristo ha dicho ser toda la ley y los profetas, es a saber: el amor a Dios y al 
prójimo, y la caridad, de la que hizo condición expresa para la salvación. Se han 
aferrado a la cuestión de afinidad de Jesús con Dios, y se han tenido en completo 
silencio las virtudes que recomendó y de que dio ejemplo. 


El mismo Dios desaparece ante la exaltación de la personalidad de Cristo. En 
el símbolo de Nicea se dice simplemente: Creo en un solo Dios, etc.; pero, ¿cómo 
es ese Dios? No se hace mención alguna de sus atributos esenciales: la soberana 
bondad y la soberana justicia. Estas palabras hubieran sido la condenación de los 
dogmas que consagran su parcialidad para con ciertas criaturas, su inexorabilidad, 
sus celos, su cólera, su Espíritu vengativo, en el que se apoyan para justificar las 
crueldades cometidas en su nombre. (Obras Póstumas item 9)


Consistiendo la acción del Espiritismo en su poder 
moralizador, no puede tomar ninguna forma autocrática, pues haría entonces lo 
mismo que condena. Su influencia será preponderante por las modificaciones que 
introducirá en las ideas, opiniones, carácter, hábitos de los hombres y relaciones 
sociales, influencia tanto mayor cuanto que no será impuesta. El Espiritismo, 
poderoso como filosofía, no podría menos que perder, en este siglo de raciocinio, 
transformándose en poder temporal. No será él, pues, quien hará las instituciones 
sociales del mundo regenerado, sino los hombres bajo el imperio de las ideas de 
justicia, caridad, fraternidad y solidaridad, mejor comprendidas a causa del 
Espiritismo. (Obras Póstumas Expiaciones colectivas).


(...) Los hombres no pueden ser felices si no viven en paz, es decir, si no están 
animados de un sentimiento de benevolencia, indulgencia y condescendencia 
reciprocas, en una palabra, mientras procuren destruirse unos a otros. La caridad y 
la fraternidad resumen todas esas condiciones y todos los deberes sociales, pero 
suponen la abnegación, y esta es incompatible con el orgullo y el egoísmo. Luego, 
con estos vicio, no es posible la verdadera fraternidad, ni por consiguiente, la 
igualdad y libertad, porque el egoísta y el orgulloso lo quiere todo para si. 


Estos serian siempre los gusanos roedores de todas las instituciones progresivas, y en tanto que reinen, los sistemas sociales más generosos y mas sabiamente 
combinados, caerán a sus golpes. Bello es sin duda proclamar el reino de la 
fraternidad, pero, ¿a que hacerlo, existiendo una causa destructora del mismo? 
Eso es edificar en terreno movedizo, y tanto valdría como decretar la salud en un 
país malsano. Si se quiere que en ese país estén buenos los hombres, no basta 
enviarles médicos, pues morirán como los otros, sino que es preciso destruir las 
causas de insalubridad. Si queréis que los hombres vivan como hermanos en la 
tierra, no basta que les deis lecciones de moral, sino que es necesario destruir las 
causas de antagonismo, atacar el principio del mal, el orgullo y el egoísmo. He aquí 
la llaga y en ella debe concentrarse toda la atención de los que seriamente quieren 
el bien de la humanidad. Mientras este obstáculo subsista, verán paralizados sus 
esfuerzos, no solo por una resistencia inerte, sino también por una fuerza activa 
que sin cesar trabajar por destruir su obra, porque toda idea grande, generosa y
emancipadora arruina las pretensiones personales.


Se dirá que es imposible destruir el egoísmo y el orgullo, porque son vicios 
inherentes a la especie humana. Si así fuese, preciso sería desesperar de todo 
progreso moral; y sin embargo, cuando se considera al hombre en las diversas 
edades, no puede desconocerse un progreso vidente, y si ha progresado, puede 
progresar aun. Por otra parte, ¿no se encuentra, acaso, algún hombre desprovisto 
de orgullo y egoísmo? ¿No se ven, por el contrario, esas naturalezas generosas, 
en las que el sentimiento de amor al prójimo, de humildad, de desinterés y de 
abnegación parece innato? Su número es menor que el de los egoístas, cierto, 
pues de lo contrario, no dictarían estos la ley, pero hay más de las que se cree; y si 
parecen tan poco numerosas, es porque el orgullo se pone en evidencia, al paso 
que la virtud modesta permanece en la oscuridad. Si, pues, el egoísmo y el orgullo 
fuesen condiciones necesarias de la humanidad, como la de alimentarse para vivir, 
no habría excepciones. Lo esencial es, por lo tanto, conseguir que la excepción se 
eleve a regla, y para ello se trata, me todo, de destruir las causas que producen y 
conservan el mal. (Obras Póstumas. Egoismo y orgullo).



(...) Jesús sentó el principio de la caridad, de la igualdad y de la fraternidad; hizo 
ellos una condición expresa para la salvación, pero estaba reservado a la tercera 
manifestación de la voluntad de Dios, el Espiritismo por el conocimiento que da de la vida espiritual, por los nuevos horizontes que descubre y las leyes que revela; le 
estaba reservado el sancionar ese principio, probando que no solo es una doctrina 
moral, sino una ley natural, y que es conveniencia del hombre practicarla. Así lo 
hará cuando, cesando de ver en el presente el principio y el fin, comprenda la 
solidaridad que existe entre el presente, el pasado y el porvenir. En el inmenso 
campo de lo infinito que el Espiritismo le hace entrever, se anula su importancia 
personal; comprende que solo no es ni puede nada; que todos tenemos necesidad 
unos de otros y que no somos unos más que otros: doble golpe asestado al orgullo 
y al egoísmo. 


Mas para esto le es menester la fe, sin la que permanecer forzosamente en el 
atolladero del presente; no la fe ciega que huye de la luz, restringe las ideas, y 
mantiene, por lo tanto, el egoísmo; sino la fe inteligente, razonada, que quiere la 
claridad y no las tinieblas, que rasga valerosamente el velo de los misterios y dilata 
el horizonte; esta fe, elemento primero de todo progreso, que le da el Espiritismo; 
fe robusta, porque esta fundada en la experiencia y en los hechos, porque le da 
pruebas palpables de la inmortalidad de su alma, le enseña de donde viene, a 
dónde va y por que se halla en la tierra; por que fija, en fin, sus inciertas ideas 
sobre su pasado y su porvenir. 


Una vez pisado este camino, no teniendo el orgullo y el egoísmo las mismas 
causas de sobreexcitación, se extinguirán poco a poco por carecer de objeto y de 
alimento, y todas las relaciones sociales se modificarán bajo el imperio de la 
caridad y de la fraternidad bien comprendidas. 


¿Puede esto acontecer en virtud de un cambio brusco? No, es imposible; 
nada hay brusco en la naturaleza; jamás recobra súbitamente la salud el enfermo; 
pues entre la salud y la enfermedad media siempre la convalecencia. No puede, 
pues, el hombre cambiar instantáneamente su punto de vista y dirigir la mirada 
desde la tierra al cielo; el infinito le confunde y le deslumbra, y le es necesario 
tiempo para asimilarse las ideas nuevas. El Espiritismo es, sin contradicción, el 
mas poderoso elemento moralizador, porque mina por su base al orgullo y al 
egoísmo, dando un punto de apoyo a la moral: en materia de conversión, ha hecho 
milagros; cierto que no son más que curas individuales y con frecuencia parciales; 
pero lo que ha producido en los individuos es prueba de lo que un día producir en 
las masas. 


No puede arrancar de una sola vez todas las malas hierbas; da la fe: 
esta es la buena semilla, pero a la semilla le es necesario tiempo para germinar y 
dar buenos frutos. He aquí por que todos los espiritistas no son aun perfectos. Ha 
tomado al hombre en mitad de la vida, en el fuego de las pasiones, en la fuerza de 
las preocupaciones, y si en tales circunstancias ha operado prodigios, ¿qué será 
cuando le tome al nacer, virgen de todas las impresiones malsanas, cuando mame 
la caridad con la leche y sea mecido por la fraternidad, cuando toda una 
generación, en fin, sea educada y alimentada en esas ideas, que desplegándose a 
la razón, fortificarán en vez de desunir? Bajo el imperio de semejantes ideas, que 
habrán llegado a ser la fe de todos, el progreso no hallará obstáculos en el orgullo 
y el egoísmo, las instituciones se reformarán por si mismas y la humanidad 
avanzará rápidamente hacia los destinos que le están prometidos en la tierra 
mientras espera los del cielo. (Obras Póstumas. Egoismo y orgullo)


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