ACTIVIDADES PRESENCIALES CADA 15 DÍAS

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12 noviembre 2022

ESPÍRITUS SUFRIENTES

  


SENSACIONES Y PERCEPCIONES DE LOS ESPÍRITUS


Todas las religiones y todas las filosofías nos han dejado ignorar aquello que los Espíritus vienen en tropel a enseñárnoslo. Nos dicen que las sensaciones que preceden y siguen a la muerte son infinitamente variadas y dependen sobre todo del carácter, de los méritos y de la elevación moral del Espíritu que abandona la Tierra. 


La separación es casi siempre lenta y el desprendimiento del alma se opera gradualmente. Empieza a veces mucho antes de que sobrevenga la muerte y no es completo hasta que las últimas ligaduras fluídicas que unen el cuerpo al periespíritu queden rotas. La impresión sentida por el alma es tanto más penosa y prolongada cuanto más fuertes y numerosas son estas ligaduras. Causa permanente de la sensación y de la vida, el alma experimenta todas las conmociones, todos los desgarramientos del cuerpo material.


Dolorosa y llena de angustias para unos, la muerte no es para otros más que un dulce sueño seguido de delicioso despertar. El desprendimiento es pronto, el pasaje fácil para el que se ha despegado con anticipación de las cosas de este mundo, que aspira a los bienes espirituales y ha llenado sus deberes. Hay, por el contrario, lucha y agonía prolongada, en el Espíritu apegado a la tierra, que sólo ha conocido los goces materiales y ha descuidado prepararse para la partida.


Sin embargo, en todos los casos, a la separación del alma y del cuerpo sigue siempre un tiempo de turbación, transcurriendo con rapidez para el Espíritu justo y bueno, que se despierta pronto a todos los esplendores de la vida celeste. 


Sin embargo, para las almas culpables, impregnadas de fluidos groseros es muy largo, hasta el punto de abarcar años enteros. Entre éstas, muchas creen vivir con la vida corporal largo tiempo aún después de la muerte. El periespíritu no es a sus ojos más que un segundo cuerpo carnal, sometido a los mismos hábitos, y a veces a las mismas sensaciones físicas que durante la vida.


Otros Espíritus de orden inferior, se creen sumergidos en una noche oscura, en un completo aislamiento en el seno de profundas tinieblas. La incertidumbre, el terror les oprimen. Los criminales están atormentados por la horrible e incesante visión de sus víctimas.


La hora de la separación es cruel para el Espíritu que sólo cree en la nada. Se agarra con desesperación a esta vida que se desvanece, la duda se apodera de él en tan supremo momento; ve un mundo formidable abrirse como un abismo y quisiera retardar el instante de su caída. De aquí nace una lucha terrible entre la materia que se desvanece y el alma que se empeña con furor en retener este cuerpo miserable. A veces queda como clavada a él hasta la descomposición completa y aun siente, según la expresión de un Espíritu, los gusanos roer su carne.


Apacible, resignada y hasta gozosa, es la muerte del justo, la partida del alma que habiendo luchado y padecido mucho aquí abajo, deja la Tierra confiando en el porvenir. Para ella, la muerte no es más que la libertad, el fin de las pruebas. Los débiles lazos que la unen a la materia se destacan nuevamente. 


Su turbación no es más que un ligero entorpecimiento semejante al sueño. Al dejar su morada corporal, el Espíritu depurado por el dolor y el sacrificio, ve su existencia pasada retroceder, alejarse poco a poco con sus amarguras y sus ilusiones, y disiparse luego como las brumas que se arrastran por el suelo al amanecer y se desvanecen ante el resplandor del día. El Espíritu se encuentra entonces suspenso entre dos sensaciones, la de las cosas materiales que se borran y la de la nueva vida que se delinea ante él. 


Esta vida, la entrevé ya como al través de un velo, llena de encanto misterioso, temida y deseada a la vez. La luz aumenta pronto, no ya esa luz astral que nos es conocida, sino una luz espiritual, radiante, difundida por todas partes. Progresivamente le inunda, le penetra, y con ella un sentimiento de felicidad, una mezcla de fuerza, de juventud, de serenidad. El Espíritu se sumerge en esa oleada reparadora. En ella se despoja de sus incertidumbres y de sus temores.


Luego su mirada se aparta de la Tierra y se eleva hacia las alturas. Vislumbra los cielos inmensos y otros seres queridos, los amigos de otro tiempo, más jóvenes, más vivos, más hermosos, que vienen a recibirle y a guiarle por el seno de los espacios. Emprende el vuelo con ellos y sube hasta las regiones etéreas que su grado de pureza le permite alcanzar. Allí cesa su turbación, nuevas facultades se despiertan en él y empieza su feliz destino.


La entrada en una vida nueva produce impresiones tan varias como la situación moral de los Espíritus. Aquellos, muy numerosos, cuya existencia ha transcurrido indecisa, sin faltas graves, ni méritos señalados, se encuentran al principio sumidos en un estado de estupor y de profundo abatimiento. Luego viene un choque a sacudir su ser. El Espíritu sale lentamente de su envoltura como una espada de la vaina. Recobra su libertad, pero tímido y vacilante, no se atreve aún a hacer uso de ella y permanece adherido por el temor y la costumbre a los sitios en que ha vivido. Continúa sufriendo y llorando con aquellos que han participado de su vida. El tiempo pasa para él sin que se dé cuenta. Pero finalmente otros Espíritus le asisten con sus consejos, le ayudan a disipar su turbación, a librarse de las últimas cadenas terrestres y a elevarse hacia centros menos oscuros.


En general, el desprendimiento del alma es menos penoso después de una larga enfermedad, teniendo esta por efecto desatar poco a poco las ligaduras carnales. 


Las muertes repentinas o violentas que sobrevienen cuando la vida orgánica está en su plenitud, producen en el alma un desgarramiento doloroso arrojándola en una prolongada turbación. Los suicidas son presa de sensaciones horribles. Experimentan durante años enteros las angustias de la última hora y reconocen con espanto que no han hecho más que cambiar sus padecimientos terrestres por otros más vivos aún. 


El conocimiento del porvenir espiritual y el estudio de las leyes que rigen la desencarnación, son de gran importancia para la preparación a la muerte. Pueden suavizar nuestros últimos instantes y facilitarnos el desprendimiento permitiendo que recobremos antes conocimiento de nosotros mismos en el mundo nuevo en que entramos.


CONSIDERACIONES DE ALLAN KARDEC SOBRE 

LAS SENSACIONES DE LOS ESPÍRITUS


En cierta forma, a través de numerosas observaciones, se tuvo que considerar a la sensación como un hecho. Después de estas consideraciones registradas por Allan Kardec en la Revista Espírita del mes de diciembre de 1858, el Codificador solicita una explicación al Espíritu San Luis sobre la penosa sensación de frío que un Espíritu dice que siente. Ese relato intrigó de tal forma a Kardec, que lo llevó a indagar a San Luis: Concebimos los sufrimientos morales como pesares, remordimientos, vergüenza, pero el calor y el frío, el dolor físico, no son efectos morales, ¿sentirán los Espíritus estas sensaciones?


El Espíritu entonces le respondió con otra pregunta: ¿Tu alma siente frío? No. Pero tiene conciencia de la sensación que actúa sobre el cuerpo. Reflexionando sobre estas informaciones, Kardec nos informa: De eso parece que hay que llegar a la conclusión de que ese Espíritu avaro no sentía frío real, sino un recuerdo de la sensación del frío que había soportado, y ese recuerdo que él considera como realidad, se torna un suplicio. Y el benefactor espiritual enfatiza: Es más o menos eso. Pero quede bien entendido que hay una diferencia, que comprendéis perfectamente, entre el dolor físico y el dolor moral. No hay que confundir el efecto con la causa.


Allan Kardec presenta con su peculiar lucidez el siguiente análisis de este tema, tan útil como necesario para la práctica mediúmnica. El cuerpo es el instrumento del dolor. Si bien es cierto no es su causa primera, sí es, por lo menos, su causa inmediata. El alma tiene la percepción del dolor; esa percepción es el efecto.


El recuerdo que el alma conserva del dolor puede ser muy penoso, pero no puede tener una acción física. De hecho, ni el frío ni el calor tienen capacidad para desorganizar los tejidos del alma, que carece de la facultad de congelarse o de quemarse. ¿No vemos todos los días que el recuerdo o la aprehensión de un mal físico produce el efecto de ese mal como si fuera real? ¿No vemos que hasta causan la muerte?


Todos saben que aquellos a quienes se les ha amputado un miembro suelen sentir dolor en el miembro que les falta. Es verdad que allí no está la sede del dolor, ni siquiera, su punto de partida. Lo que allí sucede es sólo que el cerebro guardó la impresión de ese dolor. Por lo tanto, es lícito admitir que suceda algo análogo en los sufrimientos del Espíritu después de la muerte. 


Un estudio profundizado del periespíritu, que desempeña tan importante rol en todos los fenómenos espíritas; en las apariciones vaporosas o tangibles; en el estado en que se encuentra el Espíritu producido por la muerte; en la idea tan frecuentemente manifestada de que aún está vivo; en las situaciones tan conmovedoras que nos revelan los suicidas, los que fueron víctimas de suplicios, los que se dejaron absorber por los gozos materiales, y tantos otros hechos innumerables, arrojan mucha claridad sobre esta cuestión y dan lugar a explicaciones que se facilitan en forma resumida.


Las sensaciones y percepciones que sienten y que relatan los Espíritus, se efectúan por intermedio del periespíritu, que es el principio de la vida orgánica, pero no el de la vida intelectual, que reside en el Espíritu. Es, además de eso, el agente de las sensaciones exteriores. En el cuerpo, esas sensaciones se localizan en los órganos, que les sirven de conductos. Destruido el cuerpo, las sensaciones se tornan generales. De ahí que el Espíritu no diga que le duele más la cabeza que los pies, o viceversa. Pero, no se deben confundir las sensaciones del periespíritu que se ha independizado, con las del cuerpo. A estas últimas sólo se pueden tomar a modo de comparación, no por analogía.


Liberado del cuerpo, el Espíritu puede sufrir, pero ese sufrimiento no es corporal, aunque tampoco es exclusivamente moral como el remordimiento, ya que se queja de frío y de calor. Tampoco sufre más en invierno que en verano: lo hemos visto atravesar llamas sin sentir ningún dolor. Por consiguiente, la temperatura no les causa ninguna impresión. El dolor que sienten no es un dolor físico propiamente dicho: es un vago sentimiento íntimo que el mismo Espíritu no siempre comprende bien, precisamente, porque el dolor no está localizado y porque no lo producen agentes exteriores; es más una reminiscencia que una realidad, reminiscencia sí, pero igualmente penosa.


Entre tanto, algunas veces, sucede más que eso, como se verá a continuación. Actualmente este tema es de fácil comprensión aún para el ciudadano común, debido al progreso alcanzado por las ciencias psíquicas en el siglo veinte y en el actual. Además, este hecho nos hace reflexionar sobre la increíble capacidad de análisis de Kardec pues, sin contar con los conocimientos que hoy tenemos, logró comprender este tema con nitidez.


Al continuar con las explicaciones, nos esclarece el Codificador: La experiencia nos enseña que como consecuencia de la muerte el periespíritu se desprende más o menos lentamente del cuerpo; que durante los primeros minutos después de la desencarnación el Espíritu no encuentra explicación a la situación en la que se halla. Cree que no está muerto porque se siente vivo; ve el cuerpo a un lado, sabe que le pertenece, pero no comprende que esté separado de él. Esa situación perdura mientras existe algún lazo de unión entre el cuerpo y el periespíritu. Nos dijo cierta vez un suicida: “No, no estoy muerto”. Y agregaba: “Entre tanto, siento que los gusanos me roen.”


 Indudablemente, los gusanos no le roían el periespíritu y menos aún el Espíritu, sólo le roían el cuerpo. Pero como la separación del cuerpo y del periespíritu no era completa, se producía una especie de repercusión moral que transmitía al Espíritu lo que estaba sucediendo en el cuerpo. Tal vez el término repercusión no sea el más apropiado porque puede inducir a la suposición de un efecto muy material. Era más bien la visión de lo que pasaba en el cuerpo, al cual el periespíritu aún se mantenía unido, lo que le causaba la ilusión que él tomaba como realidad. Así pues, en este caso no habría una reminiscencia, porque él en vida, no había sido roído por los gusanos: se trataba del sentimiento de un hecho actual.


Esto demuestra qué deducciones se pueden extraer de los hechos cuando se los observa con atención. Durante la vida, el cuerpo recibe impresiones exteriores y las transmite al Espíritu por intermedio del periespíritu que constituye, probablemente, lo que se llama fluido nervioso. Cuando el cuerpo está muerto, no siente nada más porque ya no están en él el Espíritu ni el periespíritu. Éste, desprendido del cuerpo, siente la sensación, pero como ya no le llega a través de un conducto limitado, esa sensación se torna general.


Ahora bien, como el periespíritu en realidad no es más que un simple agente transmisor, porque es en el Espíritu donde radica la conciencia, lógico será deducir, que si pudiera existir el periespíritu sin el Espíritu, aquel no sentiría nada, exactamente como ocurre con el cuerpo que murió. Del mismo modo, si el Espíritu no tuviera periespíritu sería inaccesible a toda clase de sensación dolorosa. Esto es lo que sucede con los Espíritus totalmente purificados. Sabemos que cuanto más se depuran, tanto más etérea se torna la esencia del periespíritu, de donde se llega a la conclusión de que la influencia material disminuye en la medida en que el Espíritu progresa, es decir, en la medida en que el propio periespíritu se torna menos grosero.


Cuando decimos que los Espíritus son inaccesibles a las impresiones de la materia que conocemos, nos referimos a Espíritus muy elevados cuya envoltura etérea no tiene analogía en este mundo. No sucede lo mismo con los de periespíritu más denso, los cuales perciben nuestros sonidos y olores, pero no a través de una parte limitada de sus individualidades, como les sucedía cuando estaban vivos.


Se puede decir que las vibraciones moleculares se hacen sentir en todo su ser, y de esa manera, les llega al “sensorium commune”, que es el propio Espíritu, pero de un modo diverso, y, tal vez, también, con una impresión diferente, que produce la modificación de la percepción. Ellos oyen el sonido de nuestra voz, pero nos comprenden solamente por la transmisión del pensamiento, sin el auxilio de la palabra. Para apoyar lo que decimos está el hecho de que esa comprensión es tanto más fácil cuanto más desmaterializado sea el Espíritu.


En lo que concierne a la vista, el Espíritu no depende de la luz como nosotros para ver. La facultad de ver es un atributo esencial del alma para la cual la oscuridad no existe. Con todo, esa facultad es más amplia, más penetrante, en las almas de mayor purificación. El alma o Espíritu tiene pues en sí misma la facultad de poseer todas las percepciones. Éstas se obstruyen en la vida corporal por la índole grosera de los órganos del cuerpo; en la vida extracorpórea se van amplificando en la medida en que la envoltura semi material se hace más sutil.

Considerando estas enseñanzas ¿qué viene a ser la idea de la muerte? Pierde todo carácter espantoso. La muerte no es ya más que una transformación necesaria y una renovación. En realidad, nada muere. La muerte no es más que aparente. Tan sólo cambia la forma exterior: el principio de la vida, el alma, permanece en su unidad permanente e indestructible. Más allá de la tumba se encuentra en la plenitud de sus facultades, con todas las adquisiciones, luces, virtudes, aspiraciones y potencias con que se ha enriquecido durante sus existencias terrenas. Estos son los bienes imperecederos de que habla el Evangelio, cuando nos dice: «Ni los gusanos ni las polillas los corroen, ni los ladrones los roban.» Son las únicas riquezas que podemos llevarnos y utilizar en la vida futura.


Entonces, podemos llegar a esta conclusión junto con Kardec: los Espíritus poseen todas las percepciones que tenían en el Tierra, pero en grado más elevado, porque sus facultades no están amortiguadas por la materia. Tienen sensaciones desconocidas para nosotros, ven y oyen cosas que nuestros sentidos limitados no nos permiten ver ni oír. Para ellos no hay oscuridad, a excepción de aquellos que, por punición, están temporariamente en tinieblas.





BIBLIOGRÁFIA

1. KARDEC, Allan. El Libro de los Espíritus. Pregunta 257. Comentario.

2. __________. Ibídem.

3. __________. Ibídem.

4. __________. Ibídem.

5. __________. Qué es el Espiritismo. Capítulo II: Nociones elementales de Espiritismo. Ítem 17: Sobre los Espíritus.

6. __________. Revista Espírita. Periódico de Estudios Psicológicos. Año 1858. Año I. diciembre de 1858. Nº 12. Ítem: Sensaciones de los Espíritus.

7. __________. Ibídem

8. DENIS, LEÓN. En lo invisible. Cap. 17.La última hora.

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