01 octubre 2021

EDUCACIÓN PARA LA VIDA ANTE LA MUERTE




1) Educación para la muerte por Herculano Pires

2) Repaso de los items 149 a 167 El alma después de la muerte. El libro de los Espíritus

3) Repaso de "El temor a la muerte". El Cielo y el Infierno

4) Videos recomendados:

    Desencarnación de Dimas

(2) Desencarnación de Dimas - YouTube

    La vida en el mundo espiritual Chico Xavier/André Luiz

(2) vida después de la muerte Chico Xavier - YouTube


1) EDUCACIÓN PARA LA MUERTE

Estamos en una fase  histórica en que el misterio de la muerte fue resuelto ampliamente y con seguridad. No habrá más posibilidades de duda en lo  relativo a la sobrevivencia de todos los seres vivos al fenómeno  universal de la muerte.


Nada se acaba; la duración de las cosas y de los seres es infinita. Este es un aspecto de la realidad que  estuvo siempre expuesto a la observación humana, probándose  incesantemente por si mismo, desde las selvas hasta las más  elevadas civilizaciones.

 

Estas pruebas llegaron en nuestro tiempo  a un punto decisivo, gracias al desarrollo de las Ciencias,  al esclarecimiento cultural que alejó de las mentes más desenvueltas y capacitadas las dudas creadas por las supersticiones y  por el comercio religioso de la muerte en todo el mundo.

 

A pesar  de esto, la posición de la Ciencia al respecto de la cuestión  permaneció invariable en los últimos siglos, particularmente en los siglos XVIII y XIX. El entusiasmo por las conquistas técnicas, por las victorias en la lucha contra el dogmatismo de la  Iglesia y la esperanza ilusoria de una rápida y fácil explicación  del mundo por las teorías mecanicistas, generaron el materialismo simplista y alegre que Marx y Engels llamarían utópico,  reservando para si mismos la clasificación pomposa y temeraria  de materialismo científico. 


Así también en la segunda mitad del siglo XIX surgía la Ciencia Espírita y se abría para  el mundo una visión más seria y detallada de la realidad total del  Universo. Como acentuó Conan Doyle, a las invasiones inconsecuentes y dispersas de los espíritus en nuestro mundo terreno, sucedía una incursión organizada, dirigida por Espíritus Superiores, con una finalidad clara y definida de revelar la verdad cristiana,  hasta entonces estafada, en su pureza esencial. Solo entonces la muerte comenzó a mostrar a los seres humanos su cara oculta, revelando al mismo tiempo el sentido verdadero de la vida y, como  acentuó León Denis, su pesada responsabilidad.

 

Las prácticas  misteriosas y aterradoras de la preparación de los seres humanos para la muerte fueron difuminándose por las informaciones compiladas por  Denizard Rivail, discípulo y continuador de Pestalozzi, en el desenvolvimiento de una educación para la muerte.

 

Toda la larga fase anterior, envuelta en supersticiones mágicas y misticismo alienante, de los tiempos primitivos hasta la  primera mitad del siglo XIX, fue apenas de preparación dramática, sombría y trágica de la criatura humana para el misterio  insondable de la muerte en que toda la Humanidad estaba sumergida.


Es increíble que las iglesias cristianas se esforzaran tanto, hasta  hoy, para mantener esta situación desesperante en el mundo.


Aunque el Papa Pablo VI, mostrándose preocupado  con su muerte próxima, declaró que nada dice la Iglesia sobre la  muerte, a no ser que sobreviviremos a ella en una forma de vida  misteriosa.


De misterio en misterio, como se ve, los problemas  fundamentales de la vida y de la muerte fueron escapando de las manos de los clérigos. Hoy estos asuntos pasaron hacia el ámbito  de la Ciencia. Mas será la Educación y la Pedagogía que, en  última instancia, cabe hoy la obligación de elaborar los programas de orientación educativa de todos nosotros para el acto de morir.

 

En la didáctica especializada de esta nueva disciplina  resalta, como punto central nuevo campo educativo, el acto educativo. En el se concentra, como en el núcleo del átomo, todo  el poder organizador y orientador del proceso a desarrollarse.


Para René Hubert y Kerchensteiner, el acto educativo es un acto  de amor. En las pesquisas sobre la Educación primitiva, entre los  salvajes, se evidenció que la naturaleza de la Educación es  esencialmente afectiva y amorosa.

 

Esto nos muestra que la Educación para la Muerte no puede ser coercitiva, autoritaria, constreñidora y mucho menos aterrorizadora.

 

Las religiones de la muerte, por lo tanto, se negaron a si mismas al optar por el terrorismo  de las maldiciones y de las amenazas para educar a los seres humanos  en el difícil oficio de morir y de soportar la muerte a su alrededor.

 

Simone de Beauvoir observó, en contacto con materialistas  ideológicamente convencidos, que morir es una necesidad natural del ser humano, que los materialistas temen, principalmente, la  soledad de la muerte. Nada saben, como los religiosos, sobre los  secretos de la muerte. Tendrá que ser por esto que siempre mueren con los ojos abiertos, dejando a los vivos el trabajo de cerrarlos para estar acompañados.


Si los materialistas pudiesen ser filósofos, no les importaría la  soledad de la muerte, puesto que si en ella todo se acaba, no  podría haber soledad. Y será también por esto que no puede  haber una Filosofía materialista.

 

La esencia de la Filosofía es la  libertad y su objeto es ella misma. La Filosofía es la captación  libre de la realidad que nos dará una libre concepción del mundo.


El materialista no es libre, puesto que está preso a la idea fija de que todo es materia.


No es por casualidad que estamos en un mundo tan lleno de conflictos y angustias. Pagamos caro el mundo fantasioso que orgullosamente construimos sobre el mundo natural de la Tierra.

 

Adaptar este mundo humano a la realidad planetaria es tarea  urgente, que cabe a todos y a cada uno de nosotros. El acto educativo, en el proceso de la educación para la muerte, se revela aún más profundo y significativo que en la educación común.

 

Comienza por el llamado de una consciencia esclarecida y madura a las consciencias inmaduras, para elevarse  sobre los conceptos erróneos a los cuales se apegan. Tenemos  que revelar y justificar para estas consciencias, con datos científicos actuales, el mecanismo individual y colectivo de la muerte.

 
Urge hacer comprender al ser humano que la muerte no es un mal, sino  un bien de la naturaleza y una necesidad para el ser  humano. Tenemos que demostrar que el muerto no es un cadáver, sino un ser  inmortal que, al pasar por la vida y la muerte se enriqueció con  nuevas experiencias, adquirió más saber, desenvolvió sus facultades o potencialidades divinas.

 

Tenemos que esclarecer el  sentido de la palabra hasta hoy empleada de manera alienante,  esclareciendo que la condición divina del ser humano es simplemente el producto de una existencia de trabajo, amor y abnegación,  en que la criatura supera, en las vías de la trascendencia, el  condicionamiento animal del cuerpo material y la ilusión sensorial que lo imanta al vivir animal.

 

Tenemos que trascender la sistemática habitual de las escuelas y de las iglesias, que se apegan al  pragmatismo, a las subfilosofias del vivir por vivir, desvendando  el verdadero significado del placer y del amor, como elementos  de sublimación de la criatura humana en las funciones vitales y  genésicas de la especie.

 

El mandamiento del amor al prójimo  ha de ser colocado en plano racional, libre de las amenazas  opresivas y de la maraña de las conveniencias inmediatistas.

Mostrar que el Amor a Dios, la más elevada forma de amor  existente en la Tierra, no se hace con miedo y terror, sino de comprensión; no se dirige a un mito, sino a una Consciencia que  nos impulsa en la práctica de la justicia y de la bondad, sin  discriminaciones de especie alguna.

 

Tenemos que esclarecer  que la muerte está en nosotros mismos y no fuera de nosotros,  que convive con la vida en nosotros. Como enseñaba Buda, “la  muerte nos visita en cada una de nuestras respiraciones”.

 

Tenemos que demostrar que, en verdad, morir es simplemente dejar el condicionamiento animal y pasar a la vida espiritual. La fase más difícil del acto educativo es la que da la comprensión del desapego a los bienes pasajeros del mundo, sin  despreciarlos, como forma de preparación para las actividades de  abnegación amorosa que hemos de ejercer después de la muerte.

 

Mas no tendremos que exagerar las promesas de más allá del  túmulo, puesto que no se promete lo que no se puede dar, sino  enseñar que solo se llevará, en el cambio de la muerte, el bagaje  de las conquistas que se realizan aquí, en la vida terrenal.

 

No  seremos premiados, sino pagados en la otra vida, justamente  pagados por todo lo que demos gratuitamente en esta vida. Esta  enseñanza, acompañada de ejemplos vivos de nuestra vivencia,  demostrará a los educandos que no usamos palabras piadosas,  sino que los convidamos a caminar a nuestro lado, haciendo lo  que hacemos.

 

Tendremos que sustituir las ideas de recompensa por  las de consecuencia. Pero si hiciéramos todo esto sin amor,  pensando apenas en nosotros mismos, nuestros actos no tendrán  repercusión, puesto que nada más hicimos que cumplir con  nuestro deber, en el contrato social y universal de la convivencia  humana.

 

Ninguno hace sin haber aprendido, pero ninguno aprende sin hacer. Así, la reciprocidad de nuestro quehacer nos liga  profundamente a los otros en las redes de la ley de acción y reacción, demostrándonos de manera objetiva y subjetiva que todos precisamos de la ayuda de los demás.

 

La convivencia  humana se entreteje de intereses, desconfianzas, despechos y  aversiones, sobre un paño de fondo en que el amor, la simpatía y  el respeto ofrecen precaria base de sustento. Gran parte de este  tejido de malquerencias recíprocas provienen de motivos ocultos,  provenientes de envidias y celos. Porque unos están mejor dotados que otros y la vanidad humana no permite a los inferiores  perdonar a los más agraciados por la naturaleza o por la fortuna.

 

El problema de la reencarnación explica estas diferencias, muchas veces chocantes, y alienta a los infelices con esperanzas  racionales, demostrándoles que cada uno de nosotros será el  responsable único por su condicionamiento individual. 


Los  seres humanos aprenden a tolerar sus derrotas hoy para alcanzar victorias futuras, y en este aprendizaje se superan a si mismos, modificando el tenor inferior de las relaciones sociales. 


Las pesquisas  científicas actuales sobre la reencarnación hacen parte necesaria  de la educación para la muerte, que en el caso pierde la mayoría  de sus aspectos negativos, transformándose en promesa de  recompensa posible. Al mismo tiempo, sustituyendo las amenazas religiosas absurdas por los socorros de las buenas acciones  en la vida de prueba, que será siempre pasajera, predisponiendo a  las criaturas condiciones espirituales en la vida presente. 


Las  pruebas científicas del poder del pensamiento, que hoy se revela  como forma de comunicación permanente en la sociedad humana, nos demuestra la conveniencia de la conformidad y de la  alegría íntima en las relaciones sociales.

 

El acto educativo, en esta extensión y en esta profundidad,  se torna el más poderoso instrumento de transformación del  ser humano, llevándolo a descubrir en si mismo las más poderosas  fuentes de energía de que podemos disponer en el mundo, y  basta esto para darnos la Nueva Consciencia que apagará en  nosotros todos el fermento viejo del que hablaba Jesús a los  fariseos, los residuos animales de nuestra condición humana.

 

No será con sermones tejidos con palabras mansas y palabrería emotiva, ni con piedad fingida, bendiciones formales del  profesionalismo religioso, promesas de un cielo de delicias al  lado de amenazas de condenas eternas que podremos despertar a  los seres humanos para una vida más elevada.

 

Tenemos que colocar los  problemas humanos en términos racionales, sin contradicciones  amedrentadoras. El ser humano reacciona, consciente o inconscientemente, a todas las amenazas y condenas, y a todas las injusticias  de la sociedad y de las potencias divinas.

 

Hasta hoy, hemos sido tratados como animales en fase de domesticación y reaccionamos intensificando la violencia y la revuelta por toda la Tierra.


De ahora en adelante precisamos pensar seriamente en la educación positiva del ser humano en la vida, con vistas a su educación  para la muerte.

 

El instinto de posesión y las ambiciones del  poder desencadenaron en la Tierra la ola de violencias que hoy nos asombra. Mas el ser humano es racional y puede superar esta  situación desastrosa ante la revelación de las primaveras secretas del amor y de la bondad.

 

En su consciencia está la marca divina  del Creador, en la idea de Dios que Descartes descubrió en las  profundidades de si mismo. En un mundo y en una sociedad en que los estímulos son, en la mayoría negativos, los ejemplos  deplorables, las leyes injustas, las religiones mentirosas entregados al tráfico de la simonía, la moral hipócrita y así por delante,  en que los buenos se hunden en la miseria para que los malos  vivan con las tripas llenas, no habrá condiciones para el desenvolvimiento de las virtudes del espíritu, sino solamente para los  vicios de la carne.

 

El acto educativo, en la Educación para la Muerte, se constituye en un proceso complejo que debe abarcar todas las facultades humanas, para elevarlas al plano de las funciones superiores  del espíritu.

 

Comenzando en el individuo, primera brecha por la  cual se puede inyectar la idea nueva en relación constante con la  muerte, este acto de amor se extenderá a las comunidades, contagiando al mundo.

 

Es lo que Jesús comparó a la acción del  fermento en una medida de harina, para levarla. Es también el  poquito de sal que da gusto a la insipidez del mundo, a través de  aquellos que se dispongan a salarse a si mismos para transmitir a  los otros el estimulo salino. Todas estas cosas no son nuevas, son  viejas, pero en verdad no envejecen.

 

Hace dos mil años Jesús de  Nazaret, carpintero e hijo de carpintero, enseñó al mundo los  principios de la Educación para la Muerte y enriqueció sus  enseñanzas con su ejemplo personal. Ejemplificó la inmortalidad, resucitando en su cuerpo espiritual, el cuerpo bioplasmático que los materialistas descubrieran y que se apresuraron a esconder de la Humanidad.

 

Mas la Educación para la Muerte fue entonces  transformada en las Religiones de la Muerte por los mercaderes  de los templos y el mundo retornó a las tinieblas, apegado a los  mitos y enriqueciendo el panteón mitológico con la imagen del  carpintero crucificado por judíos y romanos en colusión.

 

Nos  cabe ahora, en la antevíspera científica y tecnológica de la Era  Cósmica, disponernos a luchar por la reimplantación de la Educación para la Muerte, que enseñará a los seres humanos a vivir bien para morir bien, o sea, morir conscientes de que no mueren, pues la Ley del Cosmos no es la muerte, sino la vida sin fin,  indestructible en la realidad infinita de la Creación. 


La Hora de la Magia se agotó en las selvas, en los intentos  ingenuos de los seres humanos primitivos, de descubrir y controlar las  leyes naturales, dominando la naturaleza por medios ilusorios y  grotescos.

 

La Hora de las Religiones se escurrió por el cuello del reloj de arena o en las clepsidras goteantes. 


La Hora de la Ciencia desapareció en las minucias de la técnica. 


Mas surgió al final la Hora de la Verdad, en que toda la realidad se transforma en estructuras invisibles, en el polvo atómico y sub-atómico de las  inversiones de la antimateria. Es la Hora Esperada de la Resurrección del Espíritu.



2-3) Repasar los items de la visión espírita sobre la muerte en "El Libro de los Espíritus", "El Cielo y el Infierno" y "La Génesis":






4) Videos recomendados








Bibliografía

- Calle, Ramiro. Enseñanzas para morir en paz.
- Gyampso, Lama Jinpa. Morir y volver a nacer.
- Kardec, Allan. El libro de los Espíritus
- Kardec, Allan. El cielo y el infierno.
- Kardec, Allan, La Génesis
- Oliveira, Therezinha. Ante los que partieron.
- Pires, Herculano. Educación para la muerte.

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Reflexión 18/5/19

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