05 noviembre 2021

LA VOLUNTAD




- Facultad de decidir y ordenar la propia conducta.

- Acto con que la potencia volitiva admite o rehúye una cosa, queriéndola, o aborreciéndola y repugnándola.

- Libre albedrío o libre determinación.

- Elección de algo sin precepto o impulso externo que a ello obligue.

- Intención, ánimo o resolución de hacer algo.


El progreso es, principalmente, el resultado del esfuerzo individual; cuanto mayor sea nuestro ahínco, mejores serán los resultados que se lograrán. El progreso en los Espíritus es el fruto de su propio trabajo, pero, como son libres, trabajan en favor de su adelanto con mayor o menor afán, con mayor o menor negligencia, según su voluntad, acelerando o retrasando su progreso, y, por consiguiente, su felicidad. 

Mientras que unos avanzan rápidamente, otros se entorpecen como holgazanes en los estados inferiores. Son los autores de su propia situación feliz o desdichada, en consonancia con esta frase de Cristo: “A cada uno según sus obras.” El Espíritu que se atrasa no puede quejarse sino de sí mismo, así como aquel que progresa, tiene el mérito exclusivo de su esfuerzo, por eso le da mayor valor a la felicidad que ha conquistado. (KARDEC, Allan. El Cielo y el Infierno. Primera Parte. Capítulo III. Ítem 7)

 

- Allan Kardec: El Libro de los Espíritus. 


120. ¿Todos los Espíritus pasan por la serie del mal para llegar al bien?

“No por la serie del mal, sino por la de la ignorancia.”

 

121. ¿Por qué algunos Espíritus han seguido el camino del bien y otros el del mal? “¿Acaso no tienen libre albedrío?

Dios no creó Espíritus malos; los creó simples e ignorantes, es decir, con tanta aptitud para el bien como para el mal. Los que son malos llegaron a serlo por su voluntad.

 

804 ¿Por qué Dios no le otorgó las mismas aptitudes a todos los hombres?

Dios creó a todos los Espíritus iguales, pero cada uno de ellos ha vivido desde hace más o menos tiempo, y, por consiguiente, han adquirido también mayores o menores logros. La diferencia entre ellos reside en la diversidad de los grados de experiencia adquirida, y de la voluntad con que obran, voluntad que es el libre albedrío. De ahí que unos se perfeccionen con más rapidez que otros, lo que les proporciona aptitudes distintas.  Allan Kardec: El Libro de los Espíritus. 

 

[859a] – ¿Hay hechos que deben suceder forzosamente y que la voluntad de los Espíritus no puede evitar?

“Sí, pero que tú, en el estado de Espíritu, has visto y presentido cuando hiciste tu elección. Sin embargo, no creas que todo lo que sucede está escrito, como dicen. Un acontecimiento suele ser la consecuencia de algo que has hecho mediante un acto de tu voluntad libre, de modo que, si no hubieras hecho eso, el acontecimiento no habría tenido lugar. Si te quemas un dedo, no es más que el resultado de tu imprudencia y el efecto de la materia. Sólo los grandes dolores, los acontecimientos importantes, que pueden influir en la moral, han sido previstos por Dios, porque son útiles para tu purificación y tu esclarecimiento.”

 

860. El hombre, mediante su voluntad y sus actos, ¿puede evitar que tengan lugar acontecimientos que debían ocurrir, y a la inversa?

“Sí, puede hacerlo, en caso de que esa desviación aparente se integre a la vida que ha elegido. Además, para hacer el bien –como debe ser y por tratarse del único objetivo de la vida– puede impedir el mal, sobre todo aquel que contribuiría a un mal mayor.”

 

861. El hombre que cometió un asesinato, ¿sabía, cuando eligió su existencia, que se convertiría en un asesino? 

“No. Sabía que si optaba por una vida de lucha tendría la posibilidad de matar a uno de sus semejantes, pero ignoraba si lo haría, porque el hombre casi siempre delibera antes de cometer el crimen. Ahora bien, el que delibera acerca de algo siempre es libre de hacerlo o no. Si el Espíritu supiera por anticipado que, como hombre, habrá de cometer un asesinato, estaría predestinado a ello. Sabed, pues, que nadie está predestinado al crimen, y que todo crimen, así como cualquier otro acto, es en todos los casos el resultado de la voluntad y del libre albedrío.

 ”Además, vosotros siempre confundís dos cosas muy distintas: los acontecimientos materiales de la vida y los actos de la vida moral. Si a veces existe la fatalidad, es en esos acontecimientos materiales, cuya causa es ajena a vosotros, y que son independientes de vuestra voluntad. En cuanto a los actos de la vida moral, emanan siempre del propio hombre, quien, por consiguiente, siempre tiene la libertad de elección. En relación con esos actos, pues, nunca existe la fatalidad.”

 

Para hacer el bien, se necesita siempre la acción de la voluntad; para no practicar el mal, la mayoría de las veces, basta la inercia y la negligencia (…). Esforzaros pues, para que vuestros hermanos, observándoos, sean inducidos a reconocer que el verdadero espírita y el verdadero cristiano son una sola y una misma cosa, porque todos los que practican la caridad son discípulos de Jesús (KARDEC, Allan. El Evangelio según el Espiritismo. Cap. XV. Item10).

 

Nos cabe ejercitar la disciplina del pensamiento. ¡Querer es poder! El poder de la voluntad es ilimitado. El hombre, consciente de sí mismo, de sus recursos latentes, siente que sus fuerzas crecen en razón directa de los esfuerzos que realice. Sabe que todo lo que desea de bien y de bueno ha de realizarse inevitablemente, tarde o temprano, en el presente o en el transcurso de sus existencias, cuando su pensamiento se haya puesto en consonancia con la Ley Divina. Y es en eso que se confirma la palabra celeste: La Fe transporta montañas. (DENIS, Léon. El Problema del Ser del Destino y del Dolor. Cap. XX La voluntad).

 

Puesto que en la vida social todos los hombres pueden llegar a los primeros puestos, valdría preguntarse por qué el soberano de un país no asciende a general a cada uno de sus soldados, por qué todos los empleados subalternos no llegan a ser funcionarios superiores, o por qué todos los escolares no se convierten en maestros. Ahora bien, hay una diferencia entre la vida social y la vida espiritual: la primera es limitada y no siempre permite ascender todos los grados, mientras que la segunda es ilimitada y deja a cada uno la posibilidad de elevarse al grado supremo.

 



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La voluntad

El Problema del Ser del Destino y del Dolor. Cap. XX. León DENIS.  


Las causas de la felicidad no están en lugares determinados en el espacio; están en nosotros, en las profundidades misteriosas del alma, lo que es confirmado por todas las grandes doctrinas.

"El reino de los cielos está dentro de vosotros", dice Cristo.

El mismo pensamiento está de otra forma expresado en los Vedas: "Tu traes en ti un amigo sublime que no conoces."

La sabiduría persa no es menos afirmativa: "Vosotros vivís en medio de almacenes llenos de riquezas y morís de hambre a su puerta." (Suffis Ferdousis.)

La conocida invitación de Sócrates: “Conócete a ti mismo”.

 

Todas las grandes enseñanzas concuerdan en este punto: Es en la vida íntima, en el despertar de nuestras potencias, de nuestras facultades, de nuestras virtudes, que está el manantial de la felicidad futura.

 

Miremos atentamente al fondo de nosotros mismos, cerremos nuestro entendimiento a las cosas externas y después de haber habituado nuestros sentidos psíquicos a la oscuridad y al silencio, veremos surgir luces inesperadas, oiremos voces fortificantes y consoladoras.

 

Más, hay pocos hombres que sepan leer en sí, que sepan explorar los yacimientos que encierran tesoros inestimables. Gastamos la vida en cosas banales, inútiles: recorremos el camino de la existencia sin saber nada de nosotros mismos, de las riquezas psíquicas, cuya valorización nos proporcionaría innumerables gozos. Hay en toda alma humana dos centros o, mejor, dos esferas de acción y expresión.

 

 Una de ellas, circunscrita a la otra, manifiesta la personalidad, el "yo", con sus pasiones, sus debilidades, su morbilidad, su insuficiencia. Mientras ella sea la reguladora de nuestro proceder, tendremos la vida inferior sembrada de pruebas y males.

 

La otra, interna, profunda, inmutable, es, al mismo tiempo, la sede de la conciencia, la fuente de la vida espiritual el templo de Dios en nosotros. Y solo cuando este centro de acción domina al otro, cuando sus impulsos nos dirigen, es que se revelan nuestras potencias ocultas y que el Espíritu se afirma en su brillo y belleza. Es por él que estamos en comunión con "el Padre que habita en nosotros", según las palabras de Cristo, con el Padre que es el foco de todo el amor, el principio de todas las acciones.

 

Por uno, nos perpetuamos en mundos materiales, donde todo es inferioridad, incertidumbre y dolor; por el otro, tenemos entrada en los mundos celestes, donde todo es paz, serenidad, grandeza. Es solo por la manifestación creciente del Espíritu divino en nosotros que llegamos a vencer al "yo" egoísta, a asociarnos plenamente a la obra universal y eterna, a crear una vida feliz y perfecta.

 

¿Por qué medio pondremos en movimiento las potencias internas y las orientaremos hacia un ideal elevado? Por la voluntad.

 

El uso persistente, tenaz, de esta facultad soberana nos permitirá modificar nuestra naturaleza, vencer todos los obstáculos, dominar a la materia, a la enfermedad. Es por la voluntad que dirigimos nuestros pensamientos hacia un fin determinado. En la mayor parte de los hombres los pensamientos fluctúan sin cesar. Su morbilidad constante y su variedad infinita pequeño acceso ofrecen a las influencias superiores.

 

Es preciso saber concentrarse, poner el pensamiento acorde con el pensamiento divino. Entonces el alma humana es fecundada por el Espíritu divino, que la envuelve y penetra, tornándola apta para realizar nobles tareas, preparándola para la vida del Espacio, cuyos esplendores ella, débilmente, comienza a entrever desde este mundo. Los Espíritus elevados ven y oyen sus pensamientos unos de otros, con los cuales son armonías penetrantes, mientras que los nuestros son, la mayoría de las veces, solo discordancias y confusión.

 

Aprendamos, pues, a servirnos de nuestra voluntad y por ella, a unir nuestros pensamientos a todo lo que es grande, a la armonía universal, cuyas vibraciones llenan el espacio y encantan a los mundos.  La voluntad es la mayor de todas las potencias; es, en su acción, comparable al imán. La voluntad de vivir, de desarrollar en nosotros la vida, atraernos nuevos recursos vitales; tal es el secreto de la ley de evolución.

 

La voluntad puede actuar con intensidad sobre el cuerpo fluídico, activarle las vibraciones y de esta manera, adaptarlo para un estado cada vez más elevado de sensaciones, prepararlo para un mayor grado de existencia. El principio de evolución no está en la materia, está en la voluntad, cuya acción tanto se extiende al orden invisible de las cosas como al orden visible y material. Esta es simplemente la consecuencia de aquella.

 

El principio superior, el motor de la existencia, es la voluntad. La Voluntad Divina es el supremo motor de la Vida Universal. Lo que importa, antes que nada, es comprender que podemos realizar todo en el dominio psíquico; ninguna fuerza queda estéril, cuando se ejerce de manera constante, con vistas a alcanzar un designio conforme al Derecho y a la Justicia.

 

Y lo que tiene la voluntad; es que ella puede actuar tanto en el sueño como en la vigilia, porque el alma valerosa, que para sí misma determinó un objetivo, lo busca con tenacidad en ambas fases de su vida y determina así una cadena poderosa, que mina lenta y silenciosamente los obstáculos.

 

Con la preservación se da lo mismo que con la acción. La voluntad, la confianza y el optimismo son otras tantas fuerzas preservadoras, otros tantos baluartes nuestros opuestos a toda causa de desasosiego, de perturbación, interna y externa. Bastan, a veces, por si solos, para desviar el mal; mientras que el desanimo, el miedo y el mal humor nos desarman y entregan a él sin defensa.

 

El simple hecho de mirar de frente a lo que llamamos el mal, el peligro, el dolor, la resolución con que los enfrentamos, y los vencemos, le disminuyen la importancia y el efecto. Los norteamericanos tienen con el nombre de mind cure (cura mental) o ciencia cristiana, aplicado este método a la Terapéutica y no se puede negar que los resultados obtenidos son considerables. Este método se resume en la siguiente fórmula: "El pesimismo te hace débil; el optimismo te hace fuerte.

 

Consiste en la eliminación gradual del egoísmo, en la unión completa con la Voluntad Suprema, causa de las fuerzas infinitas. Los casos de cura son numerosos y se apoyan en testimonios irrecusables. (Ver William James, Rector de la Universidad de Harvard, L'Expérience Religieuse, pàgs. 86, 87). 

 

Además, fue ese - en todos los tiempos y con formas diferentes - el principio de la salud física y moral. En el orden físico, por ejemplo, no se destruyen los infusórios, los infinitamente pequeños, que viven y se multiplican en nosotros; ganan fuerzas para resistirlos mejor. De la misma forma, no siempre es posible, en el orden moral, apartar las vicisitudes de la suerte, se puede adquirir suficiente fuerza para soportarlas con alegría, sobrepujarlas con esfuerzo mental, dominarlas de tal forma que pierdan todo su aspecto amenazador, para transformarse en auxiliares de nuestro progreso y de nuestro bien.

 

En otra parte hemos demostrado, apoyándonos en hechos recientes, el poder del alma sobre el cuerpo en la sugestión y autosugestión. Nos limitaremos a recordar otros ejemplos aun más concluyentes. Louise Lateau, la estigmatizada de Bois-d'Haine, cuyo caso fue estudiado por una comisión de la Academia de Medicina de Bélgica, hacía, meditando sobre la Pasión de Cristo, correr a voluntad sangre de sus pies, manos y lado izquierdo. La hemorragia duraba muchas horas.

 

Pierre Janet observó casos análogos en la Salpêtrière, en París. Una extática presentaba estigmas en los pies cuando los metían en un aparato. Louis Vivé, en sus crisis, a sí mismo daba la orden de sangrar en horas determinadas y el fenómeno se producía con exactitud.

 

Se encuentra el mismo orden de hechos en ciertos sueños, así como en los fenómenos llamados "birthmarks" o señales de nacimiento.

 

En todos los dominios de la observación, encontramos la prueba que la voluntad impresiona a la materia y puede someterla a sus designios. Esta ley se manifiesta con más intensidad todavía en el campo de la vida invisible.

 

Es en virtud de las mismas reglas que los Espíritus crean las formas y los atributos que nos permiten reconocerlos en las sesiones de materialización. Por la voluntad creadora de los grandes Espíritus y antes que nada, del Espíritu divino, una vida repleta de maravillas se desarrolla y extiende, de escalón en escalón, hasta el infinito, en los confines del cielo, vida incomparablemente superior a todas las maravillas creadas por el arte humano y tanto más perfecta cuanto más se aproxima a Dios.

 

Si el hombre conociese la extensión de los recursos que en él germinan, tal vez quedase deslumbrado y en vez de juzgarse débil y temer al futuro, comprendería su fuerza, sentiría que él mismo puede crear ese futuro. Cada alma es un foco de vibraciones que la voluntad pone en movimiento. Una sociedad es una agrupación de voluntades que, cuando están unidas, concentradas en un mismo fin, constituyen el centro de fuerzas irresistibles.

 

Las humanidades son focos más poderosos que todavía vibran a través de la inmensidad. Por la educación del ejercicio de la voluntad, ciertos pueblos llegan a resultados que parecen prodigios. La energía mental, el vigor del espíritu de los japoneses, su desprecio por el dolor, su impasibilidad ante la muerte, causaran pasmo a los occidentales y fueron para ellos una especie de revelación. 


El japonés se habitúa desde la infancia a dominar sus impresiones, a no dejarse traicionar por los disgustos, por las decepciones, de los sentimientos por lo que pasa, a quedar impenetrable, a no quejarse nunca, a no encolerizarse nunca, a recibir siempre con buena cara los reveses.

 

Tal educación retempla los ánimos y asegura la victoria en todos los terrenos. En la gran tragedia de la existencia y de la Historia, el heroísmo representa el papel principal y es la voluntad la que hace los héroes. Este estado de espíritu no es privativo de los japoneses.

 

Los hindúes llegan también, con el empleo de lo que llaman a "hatha-yoga", o ejercicio de la voluntad, a suprimir en sí el sentimiento del dolor físico. En una conferencia hecha en el Instituto Psicológico de París y que "Les Annales des Sciences Psychiques", de noviembre de 1906, reprodujeran, Annie Besant cita varios casos notables debidos a estas prácticas persistentes.

 

Un hindú poseerá bastante poder de voluntad para conservar un brazo erguido hasta que se atrofie. Otro se acostará en una cama erizada de puntas de hierro sin sentir ningún dolor. Se encuentra este mismo poder en personas que no practicaran el "hatha-yoga".

 

La conferencista cita el caso de uno de sus amigos que, habiendo ido de caza al tigre y habiendo recibido, a causa de la impericia de un cazador, una bala en el muslo, recusó someterse a la acción del cloroformo para la extracción del proyectil, afirmando al cirujano que tendría suficiente dominio sobre sí mismo para quedar inmóvil e impasible durante la operación. Esta se efectuó; el herido tenía plena conciencia de sí mismo y no hizo un solo movimiento. "Lo que para otro habría sido una tortura atroz, nada era para él; había fijado su conciencia en la cabeza y ningún dolor sintió. Sin ser "yogui", poseía el poder de concentrar la voluntad, poder que, en la India, se encuentra frecuentemente."

 

Por lo que se acaba de leer, puede juzgarse cuan diferentes de nosotros son la educación mental y el objetivo de los asiáticos. Todo, en ellos, tiende a desarrollar al hombre interior, su voluntad, su conciencia, a la vista de los vastos ciclos de evolución que se les abren, mientras que el europeo adopta, de preferencia, como objetivo, los bienes inmediatos, limitados por el círculo de la vida presente. Los blancos en que se pone la mira en los dos casos, son diferentes; y esta divergencia resulta de la concepción esencialmente diferente del papel del ser en el Universo.

 

Los asiáticos consideraran por mucho tiempo, con un espanto mezclado de piedad, nuestra agitación febril, nuestra preocupación por las cosas inciertas y sin futuro, nuestra ignorancia de las cosas estables, profundas, indestructibles, que constituyen la verdadera fuerza del hombre. De ahí el contraste sorprendente que ofrecen las civilizaciones del Oriente y del Occidente.

 

La superioridad pertenece evidentemente a la que abarca más vasto horizonte y se inspira en las verdaderas leyes del alma y de su futuro. Puede haber parecido atrasada a los observadores superficiales, mientras las dos civilizaciones hicieran paralelamente su evolución, sin que entre una y otra hubiese choques excesivos.

 

Desde que las necesidades de la existencia y la presión creciente de los pueblos del Occidente forzaran a los asiáticos a entrar en la corriente del progreso moderno - tal es el caso de los japoneses -, se puede ver que las cualidades eminentes de esta raza, manifestándose en el dominio material, podían asegurarles igualmente la supremacía. Si este estado de cosas se acentúa, como es de recelar, si el Japón consigue arrastrar consigo todo el Extremo Oriente, es posible que mude el eje de la dominación del mundo y pase de una raza para otra, principalmente si Europa persiste en no interesarse por lo que constituye el más alto objetivo de la vida humana y en contentarse con un ideal inferior y casi bárbaro.

 

Restringiendo igual el campo de nuestras observaciones a la raza blanca, ahí vamos a verificar también que las naciones de voluntad más firme, más tenaz, van poco a poco tomando predominio sobre las otras. Es lo que pasa con los pueblos anglosajones y germanos. Estamos viendo lo que Inglaterra ha podido realizar, a través de los tiempos, para la ejecución de su plan de acción. Alemania, con su espíritu de método y continuidad, supo crear y mantener una poderosa cohesión en detrimento de sus vecinos, no menos bien dotados que ella, más menos resueltos y perseverantes. América del Norte prepara también para sí un gran lugar en el concierto de los pueblos.

 

Francia es, por el contrario, una nación de voluntad débil y voluble. Los franceses pasan de una idea a otra con extrema movilidad y a este defecto de deben las vicisitudes de su Historia. Sus primeros impulsos son admirables, vibrantes de entusiasmo. Con facilidad emprenden una obra, con la misma facilidad la abandonan, cuando el pensamiento ya va edificando y los materiales se van reuniendo silenciosamente a su alrededor.

 

Por eso el mundo presenta, por todas partes, vestigios medio borrados de su acción pasajera, de sus esfuerzos deprisa interrumpidos. A más de eso, el pesimismo y el materialismo, que cada vez más se extienden entre ellos, tienden también a negar las cualidades generosas de su raza.

 

El positivismo y el agnosticismo trabajan sistemáticamente para borrar lo que restaba de viril en el alma francesa; y los recursos profundos del espíritu francés se atrofian por falta de una educación sólida y de un ideal elevado. Aprendamos, pues, a crear "una voluntad potente", de naturaleza más elevada que la soñada por Nietzsche. Fortalezcamos a nuestro alrededor los espíritus y los corazones, si no quisiésemos ver nuestro país yendo a la decadencia irremediable.

 

¡Querer es poder ¡ El poder de la voluntad es ilimitado. El hombre, consciente de sí mismo, de sus recursos latentes, siente crecer sus fuerzas en la razón de sus esfuerzos. Sabe que todo lo que de bien y de bueno desee, tarde o temprano, se realizará inevitablemente, o en la actualidad o en la serie de sus existencias, cuando su pensamiento se ponga de acuerdo con la ley Divina.

 

Y es en eso que se verifica la palabra celeste: "La Fe mueve montañas." No es consolador y bello poder decir: Soy una inteligencia y una voluntad libre; me hice a mí mismo, inconscientemente, a través de las edades; edifiqué lentamente mi individualidad y libertad y ahora conozco la grandeza y la fuerza que hay en mí. He de ampararme en ellas; no dejaré que una simple duda las empañe por un instante siquiera y haciendo uso de ellas con el auxilio de Dios y de mis hermanos del Espacio, me elevaré por encima de todas las dificultades; venceré el mal en mí; me despegaré de todo lo que me encadena a las cosas groseras para levantar vuelo hacia los mundos felices. Veo claramente el camino que se extiende y que tengo que recorrer.

 

Este camino atraviesa una extensión ilimitada y no tiene fin; para guiarme en el Camino Infinito, tengo un guía seguro - la comprensión de las leyes de la vida, progreso y amor que rigen todas las cosas; - aprendí a conocerme, a creer en mi y en Dios. Poseo la llave de toda elevación y en la vida inmensa que tengo ante mí, me conservaré firme, constante en la voluntad de enoblecerme y elevarme, cada vez más; atraeré, con el auxilio de mi inteligencia, que es hija de Dios, todas las riquezas morales y participaré de todas las maravillas del Cosmos.

 

Mi voluntad me llama: "Hacia el frente, siempre hacia el frente, cada vez más conocimiento, más vida, vida divina " Y con ella conquistaré la plenitud de la existencia, construiré para mí una personalidad mejor, más radiosa y amante. Salí para siempre del estado inferior del ser ignorante, inconsciente de su valor y poder; me afirmo en la independencia y la dignidad de mi conciencia y extiendo la mano a todos mis hermanos, diciéndoles: Despertad de vuestro pesado sueño; rasgad el velo material que os envuelve, aprended a conoceros, a conocer las potencias de vuestra alma y a utilizarlas.

 

Todas las voces de la Naturaleza, todas las voces del Espacio os gritan: "Levantaos y marchad. Apresuraos para la conquista de vuestros destinos" A todos vosotros que os dobláis al peso de la vida, que, juzgándoos solos y débiles, os entregáis a la tristeza, a la desesperación o que aspiráis a la nada, vengo a deciros: "La nada no existe; la muerte es un nuevo nacimiento, un encaminarse para nuevas tareas, nuevos trabajos, nuevas cosechas; la vida es una comunión universal y eterna que une a Dios a todos sus hijos"

 

A todos vosotros, que os creéis abatidos por los sufrimientos y decepciones, pobres seres afligidos, corazones que el viento áspero de las pruebas secó; Espíritus quebrados, dilacerados por la rueda de hierro de la adversidad, vengo a deciros: "No hay alma que no pueda renacer, haciendo brotar nuevos florecimientos. Os basta querer para sentir el despertar en vosotros de fuerzas desconocidas. Creed en vosotros, en vuestro rejuvenecimiento en nuevas vidas; creed en vuestros destinos inmortales. Creed en Dios, Sol de Soles, foco inmenso, del cual brilla en vosotros una centella, que se puede convertir en llama ardiente y generosa.

 

 "Sabed que todo hombre puede ser bueno y feliz; para serlo basta que lo quiera con energía y constancia. La concepción mental del ser, elaborada en la oscuridad de las existencias dolorosas, preparada por la demorada evolución de las edades, se expandirá a la luz de las vidas superiores y todos conquistarán la magnífica individualidad que les está reservada. "Dirigid incesantemente vuestro pensamiento hacia esta verdad: - que podéis venir a ser lo que quisiereis. Y sabed querer ser cada vez mayores y mejores.

 

Tal es la noción del progreso eterno y el medio de realizarlo; tal es el secreto de la fuerza mental, de la cual emanan todas las fuerzas magnéticas y físicas. Cuando hubiereis conquistado este dominio sobre vosotros mismos, no tendréis más que temer los retrasos ni las caídas, ni las enfermedades, ni la muerte; habréis hecho de vuestro "yo" inferior y frágil una elevada y poderosa individualidad"-

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Dios estableció leyes de sabiduría, cuya sola finalidad es el bien. El hombre encuentra  dentro de sí todo lo que necesita para seguirlas, su conciencia le traza el camino, la ley divina está  grabada en su alma y, además, Dios nos la trae a la memoria sin cesar, enviándonos mesías y  profetas, espíritus encarnados que han recibido la misión de iluminar, moralizar y mejorar al  hombre y, últimamente, una multitud de espíritus desencarnados que se manifiestan en todos los  ámbitos. Si el hombre actuase conforme a las leyes evitaría los males más agudos y viviría feliz  sobre la Tierra. Si no lo hace, es en virtud de su libre albedrío, y por eso sufre las consecuencias  que merece (El Evangelio según el Espiritismo, cap. V:4, 5, 6 y ss.).

 

La Génesis. Cap. III. El Bien y el mal (Allan Kardec). 

7.Pero Dios, todo bondad, colocó el remedio al lado del mal, es decir, que el mismo mal  hace nacer el bien. Llega el instante en que el exceso de mal moral se vuelve intolerable y el  hombre siente la necesidad de cambiar. Aleccionado por la experiencia intenta encontrar un  remedio en el bien, siempre de acuerdo con su libre arbitrio, pues cuando penetra en un camino  mejor es por su voluntad y porque ha reconocido los inconvenientes del otro que seguía. La  necesidad le obliga a mejorar moralmente para ser más feliz, como esa misma necesidad le induce a  mejorar las condiciones materiales de su existencia 


 8. Se puede decir que el mal es la ausencia del bien, como el frío es la ausencia del calor. El  mal no es un atributo distinto, como el frío no es un fluido especial: uno es la parte negativa del  otro. Donde el bien no existe, allí, forzosamente reina el mal. No hacer el mal es ya el comienzo del  bien. Dios sólo desea el bien, el mal proviene exclusivamente del hombre. Si existiese en la  Creación un ser encargado del mal, nadie podría evitarlo. Pero la causa del mal está en el hombre  mismo y, como éste posee el libre arbitrio y la guía de las leyes divinas, lo podrá evitar cuando así  lo desee. 

 

14. Los espíritus actúan sobre los fluidos espirituales, pero no los manipulan como los  hombres hacen con los gases, sino con la ayuda del pensamiento y la voluntad. El pensamiento y la  voluntad son, para los espíritus, lo que la mano es para el hombre. Mediante el pensamiento,  imprimen a esos fluidos tal o cual dirección, los unen, combinan o dispersan; forman conjuntos con  determinada apariencia, forma o color; cambian las propiedades de los mismos como el químico las  de un gas o de otros cuerpos, combinándolos de acuerdo a ciertas leyes. Constituyen el inmenso  taller o laboratorio de la vida espiritual.

 

 La Génesis. Capítulo XIV Los fluidos. Cualidades de los fluidos


21. Se podrá decir: Es posible huir de los hombres que se sabe malintencionados, pero,  ¿cómo sustraerse a la influencia de los malos espíritus que pululan a nuestro alrededor y se deslizan  por doquier sin ser vistos?


El medio es muy simple: depende enteramente de la voluntad del hombre mismo, que lleva  en sí el resguardo necesario. Los fluidos se unen por la similitud de su naturaleza: los fluidos  contrarios se repelen; hay incompatibilidad entre los buenos y los malos fluidos, como entre el  aceite y el agua.


 ¿Que se hace cuando el aire está viciado? Se sanea, se depura, destruyendo el centro de las  impurezas, expulsando los efluvios malsanos mediante las corrientes de aire salubre más fuertes.


Ante una invasión de malos fluidos hay que oponer otra mayor de buenos, y como cada uno tiene en  su periespíritu una fuente fluídica permanente, el remedio lo lleva uno mismo. Sólo hay que  purificar esa fuente y darle cualidades que actúen como un repulsivo para las malas influencias y no  como una fuerza de atracción. El periespíritu es una coraza a la que conviene saber templar. Ahora  bien, como las cualidades del periespíritu guardan relación con las del alma, es preciso trabajar en  su mejoramiento, puesto que son las imperfecciones del alma las que atraen a los malos espíritus.


 Las moscas se sienten atraídas por la suciedad, y a ella se dirigen; si se acaba con esos focos  insalubres, las moscas desaparecen. También los malos espíritus se sienten atraídos por la suciedad,  aunque moral, y a ella van. Destruid, por tanto el centro de atracción y se alejarán. Los espíritus  buenos, encarnados o desencarnados, no tienen nada que temer de la influencia de los malos  espíritus.


La Génesis. Capítulo XV. Los Milagros en el Evangelio


11. Estas palabras: “Conociendo en sí mismo el poder que había salido de él”, son  significativas: expresan el movimiento fluídico que se había operado de Jesús a la mujer enferma;  ambos habían sentido la acción producida. Lo notable es que el efecto no fue provocado a voluntad  de Jesús; no hubo magnetización ni imposición de manos. La irradiación fluídica normal bastó para  operar la curación.

 Pero, ¿a qué se debió que la radiación se dirigiera hacia esa mujer y no hacia otros, si Jesús  no pensaba en ella y, además, estaba rodeado por una multitud?

 La razón es obvia: el fluido, considerado como un elemento terapéutico, debe alcanzar al  desorden orgánico para repararlo; puede ser dirigido sobre el mal por la voluntad del curador o  atraído por el deseo ardiente, la confianza o la fe del enfermo. En relación con la corriente fluídica,  el primero actúa como una bomba impelente y el segundo como otra aspirante. A veces es necesaria  la simultaneidad de las dos condiciones, en otras ocasiones sólo basta una; la última es la que operó  en la circunstancia narrada.

  

 Gracias al Espiritismo el hombre sabe de dónde viene, hacia dónde va, por qué está sobre la  Tierra, por qué sufre en esta vida temporalmente y comprende que la justicia de Dios todo lo  penetra.


 Sabe que el alma progresa sin cesar, al pasar de una a otra existencia, hasta el instante en  que logra el grado de perfección necesario para acercarse a Dios.   Sabe que todas las almas tienen un mismo origen, que son creadas iguales y con idénticas  aptitudes para progresar, en virtud de su libre albedrío. Que todas son de la misma esencia, y que  entre ellas la única diferencia es la del progreso alcanzado. Todas tienen el mismo destino y  lograrán igual meta, en mayor o menor lapso, según el trabajo y la buena voluntad que pongan en la  tarea. (La Génesis. Capítulo I. Caracteres de la revelación espírita. Kardec)

 

 

El progreso de los espíritus es fruto de su propio trabajo, pero como son libres, trabajan para su adelanto con más o menos actividad o negligencia, según su voluntad. Adelantan o detienen así su progreso, y por consiguiente, su dicha. Mientras que unos adelantan rápidamente, otros se estacionan durante muchos siglos en rangos inferiores. Son, pues, los autores de su propia situación, feliz o desgraciada, según estas palabras de Cristo: “¡A cada uno según sus obras!” Todo espíritu que queda rezagado, sólo debe culparse a sí mismo, así como al que adelanta le corresponde el mérito de ello. La dicha, que es obra suya, tiene a sus ojos un gran precio. (El Cielo y el Infiero. Capítulo 3. El Cielo. Kardec).

 

Cada existencia es para el alma una nueva ocasión de dar un paso adelante. De su voluntad depende que este paso sea lo más grande posible, el subir muchos peldaños o quedarse estacionada. En este último caso, sufrió sin provecho, y como siempre, tarde o temprano tiene que pagar su deuda y principiar de nuevo otra existencia en condiciones todavía más penosas, porque a una mancha no lavada, añade otra.


(...)Por esta razón, en las encarnaciones sucesivas el alma se despoja, poco a poco, de sus imperfecciones. Se purga, en una palabra, hasta que esté bastante pura para merecer dejar los mundos de expiación por mundos mejores, y más tarde estos para gozar de la suprema felicidad. (El Cielo y el Infiero. Capítulo 3. El Cielo. Kardec.)

 

La reparación consiste en hacer bien a aquel a quien se hizo daño. Aquel que no repare en esta vida las faltas cometidas por impotencia o falta de voluntad, en una posterior existencia se hallará en contacto con las mismas personas a quienes habrá perjudicado y en condiciones escogidas por él mismo que pongan a prueba su buena voluntad en hacerles tanto bien como mal les había hecho antes. (El Cielo y el Infiero. Capítulo 7. Las penas futuras. Kardec.)

 

Cualesquiera que sean la inferioridad y la perversidad de los espíritus, Dios no les abandona jamás. Todos tienen su ángel guardián que vela por ellos, espía los movimientos de su alma y se esfuerza en suscitar en ellos buenos pensamientos, y el deseo de progresar y de reparar en una nueva existencia el mal que han hecho. 


Sin embargo, el guía protector obra lo más a menudo de una manera oculta, sin ejercer ninguna presión. El espíritu debe mejorarse por el hecho de su propia voluntad, y no a consecuencia de una fuerza cualquiera. Obra bien o mal en virtud de su libre albedrío, pero sin ser fatalmente inducido en un sentido o en otro. Si hace mal, sufre sus consecuencias tanto tiempo como permanece en el mal camino. Luego que da un paso hacia el bien, siente inmediatamente los efectos (El Cielo y el Infiero. Capítulo 7. Las penas futuras. El Cielo. Kardec.)





LA VOLUNTAD Y LOS FLUIDOS

 León Denis. Despues de la muerte. Capítulo 32.


Las enseñanzas que debemos a los Espíritus sobre su situación, después de la muerte, nos hacen comprender mejor las reglas según las cuales el periespíritu o cuerpo fluídico se transforma y progresa.

 

 

La misma fuerza que impulsa al ser en su evolución a través de los siglos, a crear por sus necesidades y tendencias los órganos materiales necesarios para su desarrollo, le incita, por una acción análoga y paralela, a perfeccionar sus facultades y a crearse nuevos medios de acción apropiados a su estado fluídico, intelectual y moral.

 

 

La envoltura fluídica del ser se depura, se ilumina o se oscurece según la naturaleza elevada o grosera de los pensamientos que en ella se reflejan. Todo acto, todo pensamiento repercute y se graba en el periespíritu. De aquí nacen consecuencias inevitables para la situación del Espíritu. El alma ejerce una acción continua sobre su envoltura, siendo siempre dueña de modificar su estado por medio de la voluntad.

 

 

 La voluntad es la facultad soberana del alma, la fuerza espiritual por excelencia. Es el fondo mismo de la personalidad. Su poder sobre los fluidos es ilimitado y se acrecienta con la elevación del Espíritu. En el centro terrestre sus efectos sobre la materia son limitados porque el hombre se ignora y no sabe utilizar las fuerzas que están en él. Pero en los mundos más adelantados, el ser humano que ha aprendido a querer, domina la naturaleza entera, dirige a su gusto los fluidos materiales, y produce metamorfosis y fenómenos prodigiosos.

 

 

 En el espacio y en esos mundos, la materia se presenta en estados fluídicos de los cuales sólo podemos formarnos una vaga idea. Del mismo modo que en la Tierra ciertas combinaciones químicas se producen únicamente bajo la influencia de la luz, así en esos centros los fluidos no se unen y no se ligan sino por un acto de la voluntad de los seres superiores.

 

 

La acción de la voluntad sobre la materia ha entrado ya en el dominio de la experiencia científica gracias al estudio proseguido por varios fisiólogos de los fenómenos magnéticos, bajo el nombre de hipnotismo y de sugestión mental. Se han visto ya experimentadores que, por un acto directo de su voluntad, hacer aparecer llagas y estigmas en el cuerpo de ciertos sujetos, hacer salir de ellos sangre y humores, y curarlos en seguida por una volición contraria.

 

 

De modo que la voluntad humana destruye y repara a su gusto los tejidos vivos; puede también modificar las sustancias materiales hasta el punto de comunicarles propiedades nuevas, provocando la embriaguez con agua clara, etc. Tiene también acción sobre los fluidos y crea objetos y cuerpos que los hipnotizados ven, sienten y tocan, que tienen para ellos una existencia positiva y obedecen a todas las leyes de la óptica.

 

 

Esto es lo que resulta de las investigaciones y de los trabajos de los doctores Charcot, Dumontpallier, Liébault, Bernheim, de los profesores Liégeois, Delboeuf, etc., cuya relación puede leerse en todas las revistas médicas.

 

 

Pues bien, si la voluntad ejerce semejante influencia sobre la materia bruta y sobre los fluidos rudimentarios, tanto más fácil será de comprender su imperio sobre el periespíritu, y los progresos o los desórdenes que en él determine, según la naturaleza de su acción, lo mismo en el curso de la vida que después de la desencarnación.

 

 

Todo acto de la voluntad reviste una forma, una apariencia fluídica y se graba en la envoltura periespiritual. Es evidente que si estos actos son inspirados por pasiones materiales, su forma será material y grosera.

 

 

Las moléculas periespirituales, impregnadas y saturadas de estas formas y estas imágenes, se aproximan y se condensan. Al reproducirse las mismas causas, los mismos efectos se acumulan y la condensación se acelera, los sentidos se debilitan y se atrofian, las vibraciones disminuyen en fuerza y en extensión.

 

 

Después de la muerte, el Espíritu se encuentra envuelto en fluidos opacos y pesados que ya no dejan pasar las impresiones del mundo exterior, sirviéndole al alma de cárcel y de tumba. Es el castigo preparado por el Espíritu mismo; esta situación es su obra, y no cesa hasta que el arrepentimiento, la voluntad de corregirse y aspiraciones más elevadas, vienen a romper la cadena material que lo sujeta.

 

 

En efecto, si las pasiones bajas y materiales turban y oscurecen el organismo fluídico, en cambio, los pensamientos generosos y las nobles acciones afinan y dilatan las moléculas periespirituales.

 

 

Sabemos que las propiedades de la materia aumentan con su grado de pureza. Las experiencias de William Crookes han demostrado que la rarefacción de los átomos lleva a estos al estado radiante. 

 

 

La materia, en este estado sutil, se inflama y se hace luminosa e imponderable. Lo mismo pasa con la sustancia periespiritual. Al enrarecerse, su flexibilidad y su sensibilidad ganan; su fuerza de radiación y energía vibratoria aumentan, permitiéndole sustraerse a las atracciones terrestres.

 

 

El Espíritu entra entonces en posesión de nuevos sentidos, con cuyo auxilio podrá penetrar en centros más puros y comunicar con seres etéreos. Estas facultades, estos sentidos que abren el acceso a las regiones felices, toda alma humana pude conquistarlos y desarrollarlos, pues posee sus gérmenes imperecederos.

 

 

Nuestras vidas sucesivas llenas de trabajos y de esfuerzos, no tienen otro objeto que hacerlos florecer en nosotros. Ya en este mundo, vemos estas facultades despertarse en algunos individuos que, gracias a ellas, entran en relaciones con el mundo oculto.

 

 

Los médiums de todas clases están en este caso. Su número aumentará sin duda con el progreso moral y la difusión de la verdad. Puede preverse que llegará día en que la gran mayoría de los humanos se encontrará apta para recibir las enseñanzas de esos seres invisibles cuya existencia negaba ayer.

 

 

 Esta evolución paralela de la materia y del Espíritu, por la cual el ser conquista sus órganos y sus facultades, se construye completamente y se aumenta sin cesar, nos demuestra otra vez la solidaridad que une las fuerzas universales, el mundo de las almas y el mundo de los cuerpos. Nos demuestra sobre todo qué riquezas, qué profundos recursos puede crearse el ser por un uso metódico y perseverante de la voluntad. Esta llega a ser la fuerza suprema, el alma misma, ejerciendo su imperio sobre los poderes inferiores.

 

  

El empleo que hacemos de nuestra voluntad, dirige por sí solo nuestro adelantamiento, prepara nuestro porvenir, nos fortifica o nos rebaja. No hay azar ni fatalidad. Hay fuerzas, hay leyes. Utilizar y dirigir las unas, y observar las otras, en esto se encierra el secreto de todas las grandezas y todas las elevaciones.

 

 

Los resultados producidos alrededor nuestro por la voluntad, trastornan ya la imaginación de las personas de mundo y provocan, la admiración de los sabios. El hipnotismo y la sugestión han producido en este sentido resultados que han sido calificados de maravillosos.

 

 

Todo esto es sin embargo poca cosa al lado de los efectos obtenidos en los centros superiores donde, a las órdenes del Espíritu, todas las fuerzas se combinan y entran en acción.

 

 

Y si, en este orden de ideas, llevásemos más alto nuestra atención, ¿no llegaríamos, por analogía, a vislumbrar de qué manera la voluntad divina, dominando la materia cósmica, puede formar los soles, trazar las órbitas de los mundos, y procrear los universos?

 

 

Sí, la voluntad ejercida en el sentido del bien y conforme a las leyes eternas, lo puede todo. También puede hacer mucho mal. Nuestros malos pensamientos, nuestros deseos impuros, nuestras acciones culpables, corrompen, al reflejarse en ellos, los fluidos que nos rodean, y el contacto de estos produce malestar e impresiones dañinas en todos aquellos que se nos aproximan, pues todos los organismos sienten la influencia de los fluidos ambientes.

 

 

Asimismo los sentimientos de orden elevado, los pensamientos de amor, las exhortaciones calurosas, penetran en los seres que nos rodean, los sostienen y los vivifican. Así se explican el imperio ejercido sobre las multitudes por los grandes misioneros y las almas escogidas, y la influencia contraria de los malvados que podemos siempre conjurar, es cierto, por voliciones en sentido inverso y una resistencia enérgica de nuestra voluntad.

 

 

Un conocimiento más preciso de las facultades del alma y de su aplicación modificará totalmente nuestras tendencias y nuestras acciones. Sabiendo que los hechos y pensamientos de nuestra vida se inscriben en nosotros, y dan testimonio en favor o en contra, fijaremos en cada uno de ellos una atención más escrupulosa. 

 

 

Nos aplicaremos desde ahora a desarrollar los recursos que dormitan en nosotros, a obrar por su medio sobre los fluidos esparcidos en el espacio con objeto de depurarlos y transformarlos para el bien de todos, a crear en torno nuestro una atmósfera límpida y pura, inaccesible a los efluvios viciados.

 

 

El Espíritu que no trabaja, y que se abandona a las influencias materiales, permanece débil, incapaz de percibir las sensaciones delicadas de la vida espiritual. Después de la muerte se siente poseído de una inercia completa, y los campos del espacio sólo vacío y obscuridad ofrecen a sus sentidos embotados.

 

 

El Espíritu activo, preocupado en ejercitar sus facultades por un uso constante, adquiere nuevas fuerzas, su vista abarca horizontes más vastos y el círculo de sus relaciones se ensancha gradualmente.

 

 

El pensamiento, utilizado como fuerza magnética, podría corregir muchos desórdenes, extinguir muchas llagas sociales. Procediendo por voliciones continuas, proyectando resuelta y frecuentemente nuestra voluntad hacia los seres desgraciados, hacia los enfermos, los perversos, los extraviados, podríamos consolar, convencer, aliviar, curar.

 

 

Por medio de este ejercicio se obtendrían no solamente resultados inesperados para el mejoramiento de la especie, sino que se llegaría a dar al pensamiento una sutileza y una fuerza de penetración incalculables.

 

  

Gracias a una combinación íntima de buenos fluidos sacados del inagotable depósito de la naturaleza, y con la asistencia de los Espíritus invisibles, se puede restablecer la salud comprometida, y devolver la esperanza y la energía a los desesperados.

 

 

Por un impulso regular y perseverante de la voluntad, puede llegarse a impresionar a distancia a los incrédulos, a los escépticos y a los malos, conmover su terquedad, atenuar su odio, hacer penetrar un rayo de verdad en el entendimiento de los más hostiles.

 

 

Ésta es una forma ignorada de la sugestión mental, de este tremendo poder del cual muchos se sirven a tontas y a locas, y que, utilizado en el sentido del bien, transformaría el estado moral, de las sociedades.

 

 

La voluntad, ejercida con fluidez, desafía toda vigilancia e inquisición. Opera en la sombra y en el silencio, salva todos los obstáculos y penetra en todos los centros. Mas para hacerle producir todos sus efectos, se necesita una acción enérgica, arranques poderosos y una paciencia incansable.

 

 

Así como la gota de agua taladra lentamente la piedra más dura, así un pensamiento incesante y generoso acaba por insinuarse en el espíritu más refractario.

 

 

La voluntad aislada puede mucho para el bien de los hombres; mas ¿qué no podría esperarse de una asociación de pensamientos elevados, de un agrupamiento de todas las voluntades libres?

 

 

Las fuerzas intelectuales, hoy en día divergentes, se esterilizan y se anulan recíprocamente. Esta es la causa de la turbación y de la incoherencia de las ideas modernas; pero tan pronto como el espíritu humano, conociendo su poder, agrupe las voluntades diseminadas para hacerlas converger hacia el bien, la belleza y la verdad, ese día la humanidad adelantará osadamente hacia las cumbres eternas y se renovará la faz del mundo.

 


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Reflexión 18/5/19

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